Agua de azar

Decíamos ayer

Este periódico ha sido mi casa desde que se fundó, y agradezco profundamente que se me permita volver, y que ahora cada jueves sea de nuevo jueves leído por escrito y por dibujado.

Al salir de un injusto encierro de cinco años en los calabozos de la Inquisición, el fraile Luis de León escribió en las paredes de su celda los motivos por los que fue preso, y afirmaba que era sabio retirarse del mundo malvado, ni envidiado ni envidioso. Había sido acusado de traducir sin paráfrasis los encendidos párrafos del Cantar de los Cantares y de preferir el texto hebreo de las escrituras sagradas por encima de la versión latina de San Jerónimo, aprobada por el Concilio de Trento. Purgó los cinco años, y al volver a su cátedra en la Universidad de Salamanca retomó la lección ante los alumnos diciendo Dicebamus hesterna die (“Decíamos ayer”), como si nada había pasado.

Esta columna se empezó a publicar hace quince años, y el pasado octubre decidí entregar un “Hasta luego” por razones que no sé explicar bien. No tuve que pasar un lustro en la cárcel para intentar —sin éxito— alejarme del malvado mundo, buscando en toda sombra la posibilidad de encontrarme. Los meses sirvieron para confirmar que no suscito envidia alguna ni soy envidioso. Como “Preciso me encontrar”, la canción que canta Cartola —esa samba de saudade que, de tan triste, alegra el alma—, creo que necesitaba caminar, mirar el paisaje o su interior… y sonreír para no llorar. Quería ver el amanecer escribiendo otro libro de cuentos, otro de ensayos y por fin una nueva novela que le debo a tanto fantasma. Canta Cartola que si acaso preguntan cuándo alguien anda caminando sin rumbo en la celda más íntima, habrá que responder que uno va de nuevo, en busca de otro encuentro de quién sabe qué, pero viendo los ríos correr con más agua de azar, oír los pájaros cantar… y sonreír para no llorar de nuevo la soledad del silencio.

Este periódico ha sido mi casa desde que se fundó, y agradezco profundamente que se me permita volver, y que ahora cada jueves sea de nuevo jueves leído por escrito y por dibujado. Gracias por así encontrarme para cantar de nuevo la música del azar y la rara sincronía de las coincidencias, proclamar la sinceridad de todos mis signos de admiración y, sí, de vez en cuando, denostar a los que creen tener siempre la razón en todo, plagiarios impunes o mentirosos que no hacen con ello literatura sino abusos constantes en este mundillo malvado que está intacto. Me honra reaparecer en un albero de papel que no merece volverse amarillo entre otros columnistas que transpiran el ejemplo diario de denunciar lo denunciable, reprobar lo reprobable y anunciar lo que merece la pena ver, oír, saber y conversar.

Decíamos ayer que en México no merecen amnesia los desaparecidos en medio de tanta mentira, ni desdén los miles de muertos que se suman a diario, no porque “la sociedad esté enferma de violencia”, como asegura quién sabe qué genio como excusa para sugerir las distracciones de siempre. Decíamos ayer que en México se suman cada día más síntomas siniestros de una sutil forma de la censura —más cercana al fomento de la ignorancia que al bozal de los tiempos pasados— manifiesta como murmullo de hartazgo en quienes prefieren distraerse con la noble causa de esterilizar a los perros callejeros, por encima de aliviar el hambre de seres humanos que piden limosna en las esquinas. Quieren hipnotizarnos con el placebo de un carísimo poema sinfónico o la enésima telenovela imbécil para hacernos de la vista gorda ante injusticias evidentes, abusos demenciales. Decíamos ayer que es hoy cuando habrá que poner en la balanza el exorbitado gasto en evaluar a miles de maestros, sin haber invertido ni la mitad de ese empeño en su formación, y decíamos ayer que es hoy cuando rindan cuentas los que gozan de viáticos irracionales, casas imperdonables, licencias inexistentes y becas injustificadas por absoluta falta de necesidad.

El hombre ya sin nombre vuelve al museo de su querencia y espera el abrazo donde no importa si la musa de mármol sigue inalcanzable, sin manos para repetir la primera caricia y quizá ya sin voz para volver a la conversación de por sí ininterrumpida. Vuelve intacto al silencio quien aprende a conversar mejor consigo mismo, y al quitarse el sombrero deja volar invisibles los versos que quedaron pendientes, los párrafos futuros y las páginas que son la verdadera arma invencible ante el imperio de los necios, pero también la más entrañable herramienta para la memoria que nos honra y la imaginación que nos libera. Simplemente por eso: he vuelto.

jorgefe62@gmail.com