Agua de azar

Cubetazo de agua helada

No puedo negar la razón de aquellos que señalan la ironía de la ocurrencia en un mundo donde hay cientos de miles de sedientos al filo del abismo.

A menudo, la ignorancia se manifiesta de tan buenas maneras que genera reacciones encomiables, incluso volviéndose motor de buenos propósitos. La incertidumbre sobre cualquier asunto pendiente —sin llegar a cuajar en ignorancia absoluta— puede suscitar reacciones similares al despertar la buena voluntad del incauto o bien, lo contrario: fertilizar ramilletes de estupideces imaginarias que alteran incluso su conducta. Hace algunos años a alguien se le ocurrió apoyar la lucha contra el cáncer testicular que llegó a atentar contra la vida del ciclista Lance Armstrong (y de paso, sin pedales, con la anatomía de quien esto escribe), y millones de hombres de buena voluntad, mujeres solidarias y niños como esponjas de todas las causas nobles empezaron a portar en sus muñecas la amarilla pulsera de plástico que los sincronizaba no solo con la causa, sino con la supuesta contribución de un granito de arena en forma del costo de la pulsera que sería directamente depositado en un tubo de ensayo de algún inmenso laboratorio samaritano dedicado a la investigación y descubrimiento milagroso del remedio para ese cáncer. Estuve tentado a empulserarme, hasta que conocí a un vividor ingenioso que había logrado clonar miles de pulseras amarillas esparciendo la bienaventuranza por muchos rincones de Guanajuato y engrosando no una, sino tres cuentas bancarias a su nombre.

Ahora somos testigos de que se ha propagado con notable velocidad y popularidad eso que en inglés se llama IceBucket Challenge, y que ya tradujimos como el Reto del Cubetazo de Agua Helada, por el que, en videos que se suben de manera intermitente en las redes universales de internet, observamos a todos los famosos posibles vaciándose ellos mismos una generosa porción de agua helada (algunos con pedazos de hielo) sobre sus cabezas en una suerte de autoinmolación samaritana para despertar la conciencia del mundo y obtener merecidos fondos para la lucha contra la esclerosis lateral amiotrófica. Según consta, las “reglas” de esta noble causa emergente definen que aquel que se tira el cubetazo de agua helada sobre su cabeza, una vez empapado y con el debido temblor, lanza en voz alta el o los nombres de las personas famosas, políticos de prestigio, cantantes de moda, modelos de pasarela, jugadores de la Champions League o empresarios multimillonarios a los que el ensopado reta para que hagan lo mismo; quien se niega a bañarse a sí mismo con un chapuzón instantáneo de agua helada contrae entonces la tácita obligación de donar cien dólares a la Asociación Norteamericana de Esclerosis Lateral Amiotrófica o bien, tan solo donar un dólar y pasarle el reto a otro puñado de potenciales embajadores famosos para la causa.

Celebro que al día de hoy se confirma que la ocurrencia ha logrado recaudar alrededor de 15 millones de dólares para la citada asociación, y todo lo que se haga en pro de erradicar esa enfermedad que se llevó entre sus garras nada menos que a Lou Gehrig, hombre de hierro, pero no puedo negar la inmensa razón que tienen todos aquellos que han señalado la surrealista ironía de la ocurrencia en un mundo donde hay cientos de miles de sedientos al filo del abismo no solo en las sabanas del África ardiente, sino en las colonias populares de la Ciudad de México, donde el imperio azucarado de los refrescos pretende paliar la sequía con envases que llevan nuestro nombre.

Celebro que la gringada haya cundido y que la asociación de aquel país haya logrado incrementar sus ingresos para la investigación contra ese mal terrible: durante el mismo periodo (29 de julio-18 de agosto) del año pasado habían recaudado 1.8 millones de dólares, que parecen minucia contra los 15.6 millones de dólares que llevan sumados en ese mismo periodo (29 de julio-18 de agosto) de este año, pero me parece suprema ironía que millones de incautos ciudadanos de otras latitudes asuman el reto sin compromiso de donativo alguno, filmándose en calzones para beneplácito del ocio inútil de microvideos dizque chistosos. También me parece notable que Lady Gaga, Cristiano Ronaldo, Mark Zuckerberg o Ricky Martin hayan evitado desprenderse de cien dólares y asumido el helado chapuzón (aunque no niego que muchos de los famosos contribuyeron con su lana, nada comparable a sus ingresos netos, no obstante haberse inmolado en agua helada) y también me parece elegante que el presidente Obama haya declinado el chapuzón y consta que donó un billete de cien dólares y que se dice que retó a la Hillary Clinton, quizá para espabilarla un poco… Pero es inevitable el asombro que se desprende con la descontextualización de toda la ocurrencia y además, el torrente inevitable del azar.

Así, Corey Griffin —uno de los pioneros en impulsar el Ice Bucket Challenge— era un ingenioso joven estadunidense que quiso solidarizarse con su mejor amigo, Pete Frates, víctima de esclerosis lateral amiotrófica, cuya familia y amigos inventaron a coro el reto. Antier, a las dos de la madrugada, Griffin tuvo a bien subirse a la azotea de un edificio en Nantucket donde se ubica la heladería Juice Guys. Desde allí, se lanzó al mar (aunque algunos informan en este mar de noticias a medias, verdades inventadas y retos inconcebibles, que en realidad estaba buceando de madrugada) y no hubo salvavidas que pudiera resucitarlo. Se desconoce si el joven Griffin realizaba una ocurrencia instado por algún reto instantáneo o si el agua del azar congelado haya diagramado en su destino una irónica sentencia resolutiva, no solo para él, sino para millones de incautos y sonrientes famosos que, virtiéndose, convirtiéndose y divirtiéndose con un reto globalizado, inexplicablemente confirman que, a veces, la realidad nos sorprende como un cubetazo de agua helada.

j.f.h.l.1962@gmail.com