Agua de azar

Cero más uno

Saviano, desde la sombra, no honra a los miles de ciudadanos que, hartos de tanta mentira, plusvalía, corrupción y delincuencia precisamos empatar el rompecabezas con la otra parte del entramado cocainómano.

Confiesa Watson —en más de un párrafo de íntimo afecto— su preocupación por la adicción a la cocaína de su infalible amigo Sherlock Holmes; el más grande detective de todo los tiempos (hasta el sol de hoy) no puede dejar de inyectarse su dosis de cocaína al siete por ciento en esa jeringuilla que pulsa como si fuese el arco del violín con el que también va deshilando las tramas de los casos criminales más difíciles. Parecería que el Dr. Watson confirma el consejo que nos viene bien a todos: hay que bajarle tres rayitas al nivel de nuestras intolerancias, al grado de nuestros enojos, pero también a la efervescencia de nuestras euforias o la ebullición de nuestros entusiasmos instantáneos. Es decir, así como hay que mitigar la ira que nos puede provocar la necedad de un borracho de sobremesa, así también hay que aprender a ecualizar la algarabía de adrenalina que también llega a nublarnos la vista.

Dice un escritor que admiro mucho más allá de la necesidad de tener que citarlo por su nombre que el género del ensayo —más bien, la lectura de un buen ensayo— debería sentirse como cuando uno visita un museo y, extasiado ante un óleo inconmensurable, de pronto se deja guiar por el susurro del amigo que nos acompaña, el que señala con el índice un mínimo detalle del cuadro que había pasado desapercibido (por nuestro entusiasmo inicial) y con pocas palabras es capaz de señalar no solo el sentido del cuadro mismo sino algunos elementos que nos ayudan de veras a digerirlo todo. Se minimiza la dosis del subidón inicial y con un remanso del mismo sabor en la saliva, uno sale del museo con el cuadro tatuado en la retina y con suficientes argumentos como para armar una sobremesa de verdadera reflexión en la comida que merece ese amigo-ensayo que nos ha iluminado un sendero.

Confieso que leí Cero, cero, cero. De cómo la cocaína domina al mundo, de Roberto Saviano (Anagrama, 2014) con una taquicardia hipnótica desde la primera línea. Valga la metáfora: el lector esnifa desde la primera línea la ominosa carga de un electrocardiograma que parece sismógrafo, adentrándose en el remolino imparable de una droga que acelera todos los sentidos, multiplica los planos de la realidad… sabiendo que se convierte en la celda solitaria de muerte, el drenaje profundo de la peor dependencia, un mercado mundial de horror y muerte.

Leí el libro con la admiración mercadotécnica de un periodista que vive a salto de mata, que puso en jaque su vida y la de todos sus allegados con su primer libro Gomorra (miles de ejemplares vendidos, documental al canto, premios y reconocimientos en fila), que abría las compuertas con valentía y atrevimiento sobre los muchos velos que cubren el espanto de todas las mafias, los cadáveres en containers de barcos que vemos anclados en puertos apacibles, el entramado que rompe con el romanticismo o la supuesta honra de las familias adscritas a la Camorra, la Cosa Nostra, eso que llama mob o mafia. Precedido por esa aura de ser el Rushdie del periodismo, uno lee a Saviano y parecería que nadie se había atrevido a denunciar y desvelar la cloaca internacional del mercado de la cocaína como lo hace aquí, amparado con el salvoconducto de su invisibilidad, su pasaporte de proscrito y sus ganas al parecer honestas por echarse a perder la vida ya sin remedio buscando un remedio a las mentiras y a la pesadilla real de los decapitados, los precios del gramo, las rutas de comercio, la captura del Chapo, la muerte de Kiki Camarena, el mapa de Colombia, los campesinos que trabajan con paciencia los hoyos de la goma con el heredado folclor de sus abuelos que cultivaban amapolas para convertirlas en el opio que aliviaba los dolores de tantos soldados en las trincheras.

Cero, cero, cero es un largo ensayo-crónica, bien escrito e hilado que va desde los capítulos intercalados de lo que realmente siente el que se mete coca por la nariz hasta lo que realmente vive el incauto apresado en las redes de su comercio. Es un libro que ayuda —una vez más— a narrar la nómina de todos los capos, los nombres propios y los apodos, sus territorios, Don Neto y Caro Quintero, Pablo Escobar Gaviria, El Mayo Zambada, El Chapo Guzmán, El Señor de los Cielos… y también los muchos párrafos espeluznantes y sanguinarios de los llamados Zetas, la posible explicación de las autodefensas colombianas y mexicanas, la enfermedad mental de los Templarios, los afanes de LaFamilia michoacana, los minicárteles, los maxicentros de distribución, los mapas de esa nieve nefanda… y todo a partir de que a Saviano le brindan la oportunidad de oro, la dosis al siete por ciento de escuchar de primera mano testimonios de los involucrados como un testigo protegido de lujo: invisible, protegida su vida por las amenazas que recibe desde que publicó Gomorra, Saviano se adentra con ayuda de información privilegiada en el polvo blanco y uno esperaría que su libro se atreviera a narrar lo que realmente no se ha narrado.

Aquí entra entonces el cero más Uno: el amigo (que es además el autor al que no quiero citar por su nombre) que, habiendo leído el mismo libro, me aclara de sobremesa muchas líneas que mi entusiasmo no me permitía ver. Como quien habla en ensayo, o aclara crónicas con raciocinio y mesura, mi amigo me ayudó a sumar Uno a Cero, cero, cero: el Uno que debería ser todo lector de sus páginas para no quedarse en el entusiasmo a secas y leer así este libro con la debida reserva de varias verdades. Roberto Saviano aprovecha la heroica labor de muchos periodistas que han dado su vida para intentar no solo informar sino denunciar a la generalizada red de traficantes, políticos corruptos, empresarios lavadores, familias enteras empapadas en el negocio de miles de millones de dólares que en el fondo no giran en torno a una droga milagrosa que solo precisa de regulación utópica, sino que giran en torno a un infierno de muerte y verdadera podredumbre social, global, generacional. El Uno que es lector, Uno mismo que debe sopesar que Saviano desde la sombra no honra a los miles de ciudadanos que, hartos de tanta mentira, plusvalía, corrupción y delincuencia precisamos empatar el rompecabezas con la otra parte del entramado cocainómano: la parte de la inmensa y cada vez más creciente demanda del mercado estadunidense, de cómo ese polvo que genera tanta criminalidad, bestialidad y desahucio en México se vuelve silencio con tan solo cruzar la frontera más grande del mundo, más bien la única frontera que existe entre un país en vías de desarrollo (o medio desarrollo, o promesa de comercio o paladín de petróleo) y EU, potencia mundial. Sin Uno y los Otros, el libro de Saviano suma cero.

jorgefe62@gmail.com