Agua de azar

Cartas de vida

No siempre cuajan los días con la pluma que uno se reserva para lo que llaman “arte”, y entonces la mirada del escritor se concentra en la pluma que reserva para el trajín cotidiano, resistiéndose a la tentación de dar un paseo.

Todos los días, a la misma hora, cumplido el ritual —que no rutina—, llega a su escritorio el escritor. Cuando no en la comodidad garantizada por ciertos hoteles, es en su propia casa donde llega a instalarse en su escritorio, habiendo desayunado lo que es debido, más la primera dosis necesaria de cafeína. Casi todos los días de corbata, pero indudablemente todos los días en silencio (reservando al mínimo los comentarios o elogios para quien le sirve el desayuno); casi todos los días bugambilias como testigos en el jardín y algún jarrón con flores amarillas e indefectiblemente dos plumas sobre el escritorio: una, reservada para el trabajo, o eso que llaman la obra, y la otra, que puede incluso variar de punto fino a mediano, para la firma de cheques, pagarés, recados, notas al margen y, sobre todo, cartas. El poeta encara este paisaje todos los días guiado con el memorizado, más bien tatuado, mantra de que todas las mañanas —así haya una sonrisa correspondida o el milagro de un beso— uno se ha de encarar a sí mismo, mirarse a sí mismo con o sin espejo, hablarse en silencio y encarar el proyecto de un día más que ha de escribirse, aún sin determinar cuál de las plumas ha de ser empleada para intentar sobrevivir la ingente y urgente vocación que profesa.

Luego sucede que el escritor queda como atrincherado en un burladero invisible, y el escritorio es el solitario ruedo de albero impecable donde impera el silencio, y uno desearía que salga por la puerta de toriles la misma prosa que invadió la madrugada o el instante exacto de una crónica que quedó inconclusa. En realidad el escritor sueña con que ha de salir del incierto túnel de la inspiración o la memoria de cada día eso que llaman un poema, pero es tan de vez en cuando, tan milagroso ese instante, que la mayoría de las veces brota prosa, quizá un ensayo que vale la pena tantear y probarlo —aunque parezca pleonasmo—, y en ocasiones el cuento, el relato corto que se va desgranando conforme avanzan las horas, y también, de vez en cuando, la madrépora incontrolable que llamamos “novela”. Pero no siempre cuajan los días con la pluma que uno se reserva para lo que llaman “arte”, y entonces la mirada del escritor se concentra en la pluma que reserva para el trajín cotidiano, resistiéndose a la tentación de dar un paseo, tomar más café, distraerse en una conversación, memorizar las flores… y de pronto, la lista de los correos debidamente anotados con nombre, fecha, incluso hora en que han ido llegando a esa suerte de buzón donde el escritor irá tachando los ya leídos, los ya contestados e incluso, los que quedan pendientes.

El escritor retratado en estos párrafos se llamó Rainer María Rilke, y la minuciosa lista de su correspondencia ha sido estudiada y catalogada por Ulrich Baer, gambusino amoroso que navegó más de siete mil cartas del archivo de Rilke y conoce cada uno de los días de su biografía para así confeccionar el libro Letters on Life (The Modern Library, Nueva York, 2006), cuya traducción urge pues la útil antología que se ofrece en estas páginas apenas aparece en inglés por primera vez, y sería de lesa imaginación dejar sin español y sin eñes los muchos párrafos y pasajes, paisajes y pétalos, pendencias y ponderaciones que escribiera Rilke, el prolífico corresponsal de cartas en tantos días en que dejaba de lado la pluma fuente de la tinta ocre para la poesía y enarbolaba la pluma rápida de la reflexión instantánea —la prosa de la literatura bajo presión, como dice Villoro—, los recados y los pensamientos que dispensaba a todo aquel que se atreviera a enviarle una carta. Rilke contestaba a todo aquel que le escribiera con el corazón en la mano, con la intención de realmente entrelazar una conversación con el inmenso poeta y no solo el adulador constante, el detractor por oficio, el ocasional curioso o el espontáneo impertinente.

Ya en su poesía como en los largos párrafos de muchas de sus cartas, así como en la única novela que intentó cuajar, Rilke es el escritor que transpira en cada una de las palabras que va hilando con esmero preocupaciones o reflexiones en torno a temas trascendentales, el telón mismo de la existencia de cada uno en cada quién, pero entretejido cada uno de ellos con la mirada sobre lo cotidiano e inmediato, lo que podrían llamarse las enormes minucias que veía Chesterton con lupa licuadas por obra de Rilke en un cántaro donde parece hablar Sócrates. “¿Quién soy? ¿Por qué de pronto te vuelves distante? ¿Cómo es capaz ese Otro de destilar en su saliva tanta ira y malversación?”, preguntas existenciales ligadas a la tersura de un aroma, las sílabas casi impronunciables que se recitan en silencio los labios de un beso, los senderos sombreados por árboles que no necesariamente declaran su nombre, el vaho que parece cubrir como terciopelo invisible un campo recién nevado o el murmullo incesante de las olas a la orilla del mar.

Letters on Life abre con un espléndido prólogo que en realidad merece el título de estudio introductorio, si no fuera mejor decir que es un retrato hiperrealista de la vida y la obra de Rilke de frente, tres cuartos, perfil, a colores y en sepia, sus detractores en vida y luego en un supuesto revival polémico durante la década de los sesenta, cuando se le tachaba de “no comprometido”, “antisocial”, y “paladín de la soledad”. Para quienes lo descubrimos a través de alguna de las muchas ediciones de Cartas a un joven poeta, cualesquier ofensa o diatriba que se lance en contra de Rilke va directamente al cajón del olvido, pues cada uno de los lectores de esas cartas sabe que las escribió precisamente para quien las lea, personalizada la magia de quien llega todas las mañanas al escritorio, cumplido el ritual —que no rutina— de intentar cuajar algún párrafo que tenga arte, y se distrae con el méndigo correo electrónico que amanece rebosante y uno va tachando los pendientes y corresponsales con la ilusión de corresponderles como Rilke, con largas cartas donde también se puede ejercer el oficio de escritor, la vocación de poeta, la profesión de narrar, sabiendo que lo otro precisa de paz y sosiego, sobre todo tiempo inoculado con la inevitable culpa y presión, que incluso en periodos de indolencia o estancamiento pueden sentirse bajo la piel del artista como ánimos en ebullición, párrafos por venir, inspiración efervescente que ha de cumplir todos los días con el ritual, como quien empieza la primera semana del año entre la urgencia por abrazar la más bella flor y macerar los párrafos urgentes de cada día.