Agua de azar

Camus en la portería

Todos, pero sobre todo Memo Ochoa, son hoy el hombre silencioso, el primer hombre del que hablaba el Nobel, que puede levantar la frente al sol con la dicha de haber cumplido precisamente con lo que tenía que hacer.

Pocos saben que Albert Camus jugaba de portero en canchas llaneras de polvo y pólvora en Argelia. Se cuenta que el futuro Nobel eligió cuidar las porterías para evitar el desgaste de suelas que implicaba jugar cualesquier otra posición en la cancha. Nació hace poco más de 100 años, hijo de Catalina —analfabeta y sorda— y Lucien, alsaciano que se volvió pied-noir o colono en Argel luego de que Alemania se anexó Alsacia como botín de la guerra franco-prusiana.

Francisco Guillermo Ochoa Magaña nació en 1985 en Guadalajara, y el día de hoy podría sustituir en la punta de la Columna de la Independencia del Paseo de la Reforma de la Ciudad de México al Ángel de Oro (oficialmente llamada Victoria Alada) de no ser porque le falta busto. Ochoa, de melena en rulos, diadema existencial y guantes milagrosos, paró por lo menos cuatro goles cantados al mareado equipo brasileño, por lo menos dos docenas de arterias cardíacas en las gradas de ambas aficiones y paró también siete autobuses en carreteras anónimas del Amazonas y, sí, también paró el tiempo. Ante un cabezazo que parecía mechón extendido de los pelos en pico de Neymar, Ochoa voló en cámara lenta, en blanco y negro, recostado en el aire y ese milisegundo se volvió siglo en el instante de silencio con el que evitó el último milímetro que convertiría la trayectoria del balón no solo en gol, sino en reelección instantánea para Dilma Rousseff, vida eterna para Lula o Pelé y cíclico desahucio para millones de esperanzados mexicanos.

En estricta etimología, Brasil no empató con México pues, a contrapelo del sabor dulce que queda en la saliva de los verdes que hoy jugaron de rojo, los verdeamarelhos han de deglutir la amarga realidad del rancio tufo de la vergüenza e integridad con la que miles de brasileños que no entran a los estadios declaran su hartazgo y enfado ante el millonario despilfarro en estadios a contrapelo de carencias en servicios públicos o el trillonario equipo de estrellas que —por lo menos hoy, ante México— se vio mareado y en muchos lances superado por 11 mexicas que salieron a jugar sin la presión de la samba por obligación.

Albert Camus decía que todo lo que sabía de moral lo había aprendido en las canchas del futbol. El hombre que al recibir el Premio Nobel en Estocolmo no cumplía aún los 45 años de edad y tuvo a bien evocar a “todos esos hombres silenciosos, que no soportan en el mundo la vida que les toca vivir más que por el recuerdo de breves y libres momentos de felicidad, y por la esperanza de volverlos a vivir”. Pocos días después de volver de Suecia, Camus le envió una carta de verdadera gratitud a su maestro de primaria por haberle enseñado a leer y a escribir. Decía Camus que el futbol le ayudó a comprender la resignada aceptación de que perder no te convierte en basura humana, tanto como ganar no te convierte en un dios.

El portero Ochoa se perfilaba a jugar toda su vida profesional en el nefando equipo América de la Ciudad de México, si no fuera porque decidió aceptar una humilde oferta del Ajaccio, equipo colero de la liga francesa que acaba de descender a la Segunda División a pesar del buen trabajo —poco reconocido— del hoy héroe de México. Se ha publicado que, hasta ayer, el contrato de Guillermo Ochoa valía apenas cinco millones de euros. Comparado con los 100 millones de euros que costaría negociar la compra de Iker Casillas, del Real Madrid, lo de Ochoa no es que sea barato sino revelación del milagro con el que amanecerá mañana, pues ya se habla de que el Liverpool y Arsenal de Inglaterra, el Milán o Inter de Italia, o incluso algún equipo de la millonaria liga española ya han lanzado ofertas para verlo volar con sus colores.

Estamos ante un hombre silencioso, o silenciado, pues Ochoa no fue agraciado con aparecer en ninguno de los millonarios anuncios publicitarios de bancos, pan de caja, mayonesas, zapatos, teléfonos o rastrillos, patrocinadores oficiales de la Selección Mexicana de Futbol. Es más: como todos los jugadores que llegan al Mundial sobreexplotados en su trabajo (los futbolistas de Europa juegan hasta 85 partidos al año), la ronda de sus ingresos (así sea cotizada en millones de euros) no tiene comparación alguna con la danza que acapara la FIFA, organización omnímoda que calcula ingresar más de cuatro mil millones de dólares con el numerito en Brasil, donde solo se ha comprometido a gastar 400 millones en los premios que conceda a los países participantes.

Hoy en Brasil 23 hombres silenciosos reciben planteamientos tácticos y ordenamiento deportivo de boca de su entrenador, Miguel Herrera, el técnico peor pagado del Mundial 2014. Todos, pero sobre todo Memo Ochoa, son hoy el hombre silencioso, el primer hombre del que habla Albert Camus, que puede levantar la frente al sol con la dicha de haber cumplido precisamente con lo que tenía que hacer. Hacer lo que hay que hacer, que se dice fácil y saborear los libres y breves momentos de felicidad, con la convencida esperanza de volver a vivirlos.

j.f.h.l.1962@gmail.com