Agua de azar

Ayer, el mundo de Hoy

Stefan Zweig no tuvo más consolación que el inexplicable valor triste de suicidarse en Brasil, quizá convencido de que se perdería en el vacío; pero él y sus libros no se esfumaron en el vacío: lograron el don mayúsculo de habitarlo.

Tres veces me han arrebatado la casa y la existencia, me han separado de mi vida anterior y de mi pasado, y con dramática vehemencia me han arrojado al vacío, en ese ‘no sé a dónde ir’ que ya me resulta familiar”. Con estas líneas empieza Stefan Zweig El mundo de ayer. Memorias de un europeo (El Acantilado, 2001), el recuento de su memoria desde una desoladora habitación de hotel en Brasil. Su rostro ahora se me aparece como si me viera al espejo, tan familiar y afín al de todos los escritores de todos los tiempos que han portado bigote y que saben usar chalecos cargados con plumas fuente. Como Fernando Pessoa, que fue uno y muchos, Zweig menciona en sus memorias la triste resignación de sentir que “Mi Hoy difiere tanto de cada uno de mis Ayer —mis ascensiones y mis caídas— que a veces me da la impresión de no haber vivido una sola sino varias existencias, y todas ellas, del todo diferentes”. Arrojado al vacío de los horrores que poblaron la primera mitad del siglo XX, Zweig contempló en vivo las derrotas de la razón, el triunfo de los odios, el ascenso ridículo y terrible de fascismo en Italia, el franquismo en España, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, “sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea”.

Para quienes acostumbran quedarse sentados en las salas cinematográficas para ver los créditos de las películas con ganas de aplaudir, como se acostumbraba antes, llama la atención que al finalizar Grand Hotel Budapest, el director Wes Anderson declara que la joya que acabamos de ver es un homenaje a la obra entera de Stefan Zweig. Cientos de espectadores salen entonces de las salas oscuras a la luz de las librerías en busca de un título que no existe, pues Zweig no escribió ningún libro titulado como la película, pero sí todo el ánimo que la subyace. El cinéfilo se recuerda entonces lector y abre el maravilloso biombo de un mural en prosa, todas las magníficas biografías que firmó Zweig y todas sus maravillosas novelas, en ese mundo de ayer cuando era un autor prolífico y feliz, leído por millones de miradas en casi todos los idiomas. Era el coleccionista minucioso de partituras originales de Bach a Chopin, y amigo íntimo de Joseph Roth y Sigmund Freud, a quien acompañó hasta su tumba con una elegía que llevaba escrita y guardada en el otro bolsillo de su chaleco. Zweig, el cosmopolita que podía narrar los movimientos de los dedos de un hombre que juega al ajedrez como si jugara con el destino de todos los hombres, y el autor de una carta lanzada al buzón de una absoluta desconocida para retratarla en tinta ocre, y el sabio ponderador del paso de los tiempos, de la lenta desaparición del mundo que habitaba.

Para consuelo de los fascinados con la película Grand Hotel Budapest, aclaremos que el director Wes Anderson ha publicado La sociedad de las llaves cruzadas, en alusión a la secreta hermandad que sostienen hasta el día de hoy todos los conserjes de los grandes hoteles (los venidos a menos y los que siguen candelabro en popa), los que consiguen fresas frescas bañadas en chocolate a las tres de la mañana para acompañar el champán que pide la musa cansada y los que guardan en absoluta discreción las travesuras de los duques que llevan encerrados tres días en la suite nupcial. El director nos guía en su libro sobre los párrafos y desánimos de Zweig que impregnan su película y por eso, hoy soy botones del conserje invisible que bolea los zapatos que dejo al lado de la puerta todas las noches, y soy el lector que celebra que una película pueda salvar del abismo y de la amnesia a un escritor de veras: Stefan Zweig, arrojado al vacío por pertenecer a un mundo que quedó aniquilado por el tráfago del terror y por la instalación de las incongruencias; Zweig, expulsado de la vida y quemados sus libros, refugiado en el enloquecido exilio del Brasil, confiesa que “en mi habitación de hotel no dispongo de un solo ejemplar de mis libros, ni de apuntes, ni de carta de un amigo”, y envuelto en la amarga tristeza que desfila ante su memoria se pone a relatar el recuento de sus días: El mundo de ayer. Duele imaginar su desesperación al no poder consultar sus libros en los estantes, al ver de lejos el desmoronamiento de Europa, al atestiguar la silente amnesia que empezó a envolver a sus obras.

Zweig no tuvo más consolación que el inexplicable valor triste de suicidarse en Brasil, quizá convencido de que se perdería en el vacío; pero él y sus libros no se esfumaron en el vacío: lograron el don mayúsculo de habitarlo. Como sucede con los escritores admirables, con los autores que de verdad logran hablar a través de sus páginas, con los que destilan literatura hasta en los momentos del más callado silencio, está vivo en sus páginas, andante en la imaginación y presente en la memoria porque, como escribe Muñoz Molina, “Tal vez Stefan Zweig ha vuelto porque los años lo han convertido en nuestro contemporáneo”. Expulsado de su casa, de su país, de su mundo. Alejado de sus lectores y condenado a la huida desesperanzada. Desolado en la soledad de un hotel donde sea, Zweig camina entre las sombras de hoy y sus libros no han perdido un ápice de actualidad. Vitalidad y regusto. Confirmo que Zweig ocupa un espacio, habita el vacío, en el estante de los libros entrañables y en la cotidiana presencia de un semejante.

j.f.h.l.1962@gmail.com