Agua de azar

Archipiélago de azar

Es inevitable: a falta de encontrarme con el fantasma de Malik Bendjelloul, escribo entonces estos párrafos como despedida para Philip Roth, quien ha decidido retirarse de la escritura.

Estocolmo se asienta sobre 14 islas, allí donde el lago Mälaren se confunde con el mar Báltico y se forma como mancha sobre una piel de agua el archipiélago más grande del mundo con más de 24 mil islas, rocas que parecen flotantes e islotes donde todas las aves vuelan en confusión constante con los largos meses de la noche invernal y las cortas madrugadas que empiezan a las 10 en primavera, y empiezan a clarear antes de las tres en que amanece, y ya nadie sabe ni qué cantar. Quizá por eso, Suecia es ilusión que se duerme, mas no pesadilla a padecer.

Vine en busca de las huellas de Malik Bendjelloul y encontré no más que una respetuosa neblina de silencio. Nadie quiere opinar sobre su inextricable y ya inapresable razón para decidir su propio final. Afortunadamente, no hay vitrinas para los chismes ni tribunas para conjeturas necias; solo se habla de la grandeza que alcanzó Malik con sus documentales, la fama con la que lidió desde que era un popular actor en una serie de televisión cuando era adolescente, y la efervescencia que prometía su carrera cuando ganó el Oscar por su documental Searching forSugarman. Es inevitable resignarme a que se ha ido de este mundo como personaje de August Strindberg, el poeta, dramaturgo, cuentista, articulista, fotógrafo nacido en 1849, y muerto aquí en Estocolmo en 1912. En sus obras de teatro, tal como en muchos de sus relatos, pero sobre todo en su novela La habitación roja, los personajes de Strindberg son los únicos últimos poseedores de la verdad de sus acciones, la decisión de sus voluntades y el misterio de sus posibles destinos. En La habitación roja, Arvid Falk es un joven que renuncia a la vida burocrática para intentar convertirse en novelista, navegar el embate contra una realidad que no le gusta a través de las palabras, la imaginación al servicio de la voluntad, la invención como plan de evasión. Párrafos en ristre, la novela de Arvid Falk sale de la roja habitación como combate al mundillo de las mentiras, al tedio implacable de la resignación ante el mutismo, contra lo inamovible y ante las confusiones de las madrugadas con sus insomnios cortos.

Es inevitable: a falta de encontrarme con el fantasma de Malik Bendjelloul, escribo entonces estos párrafos como despedida para Philip Roth. El gran novelista de Estados Unidos ha decidido cumplir hoy con lo que había prometido desde 2012: retirarse de la escritura, no volver a escribir ya más, luego de publicar 31 novelas, quién sabe cuántos cuentos y otros párrafos sueltos. No es común que un escritor se mire al espejo y confiese ante los demás que se han agotado las madrugadas de sus tintas, que eso que llaman inspiración se ha anquilosado en aburrimientos sin solución y que prefiere navegar los días con persianas que eviten la confusión de sus horarios. Roth había deslumbrado a todos sus lectores desde su primer libro, y quizá tenían razón quienes detectaban ya cierto cansancio en sus tramas y ciertas repeticiones o absurdos en los perfiles de sus personajes más recientes. Nada comparable a los enredos que desenredaba su personaje Nathan Zuckerman en esa novela titulada Pastoral americana, que narra los dolores y desencantos de Seymour Levov, apodado nada menos que El Sueco, por su cabello exageradamente rubio y su atlética complexión de deportista triunfador.

Uno camina por las calles de Estocolmo y ve los rostros que parecen pintados al óleo en murales de constante triunfo, la limpia palidez de las pieles y el entorno como de maqueta donde solo falta la gigantesca mano que apareciera de pronto para mover los vagones de los trenes, acomodar las velas de los barcos, alinear los muelles donde no se ve basura por ningún lado. Como una inmensa casa de títeres, las torres medievales de los templos, la sincronía de los guardias reales, los caballos que no llevan manchas en las ancas y el vuelo perfecto de las gaviotas. Seymor Levov, ElSueco de la novela de Roth, vive la tragedia de ser el padre de una ideologizada muchacha llamada Merry, quien decide tirar una bomba en 1968 como protesta contra la guerra de Vietnam y el gobierno de Lyndon B. Johnson. La novela narra entonces el resquebrajamiento de la Pastoral americana, la que, pudiendo creerse que es apacible sinfonía, se vuelve pesadilla de desencantos, el paso del tiempo, la imaginación al pudrir.

Al final, parece una metáfora del cineasta que elige despedirse de la vida decidiendo él mismo su muerte, a pesar de todo lo que prometía su carrera habiendo ganado el Oscar con su genial documental en el que narra la búsqueda de un fantasma, el rescate de un cantante que todo mundo daba por muerto y que él encontró intacto en el abandonado olvido del que lo salvó Malik Bendjelloul precisamente con su documental. Parece metáfora del personaje Arvid Falk, de Strindberg, que decide desde el primer párrafo de la novela que lo narra despedirse de la vida burocrática y lanzarse al incierto mar de convertirse él mismo en novelista, entre todos los raros archipiélagos de un mundo manchado por tantas mentiras. Parece metáfora de un personaje apodado El Sueco, quien decide abandonar la vida cómoda que llevaba para intentar cubrir la vergüenza y las culpas de una hija que decidió dedicarse al terrorismo, desatando un desastre donde parece que todos resultan traicionados: maridos por esposas, esposos por amantes, verdades con mentiras… y parece metáfora de un gran escritor como Philip Roth, quien ha decidido colgar su pluma, guardar la máquina de escribir, olvidarse del procesador de palabras y aceptar que se han agotado las fuentes de su inspiración para esperar —en medio de una madrugada que quizá resulte más corta de lo que cree— el amanecer de una nueva trama, una novela que le llegue de pronto como si fuera el amanecer.

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