Pensamiento andante

Si me pongo Wiki puedo avalar que Jesús Silva-Herzog Márquez nació en esta Ciudad de México hace exactamente 48 años, que estudió derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México y una maestría en ciencia política por la Columbia University of New York. Puedo agregar que me consta que ha sido profesor-investigador en la misma Columbia de Manhattan y en la entrañable Georgetown University de Washington, D.C., donde también anduvo su pensamiento por los distinguidos pasillos del Woodrow Wilson Center for International Scholars.

Puedo también corroborar que Silva-Herzog Márquez es actualmente catedrático de tiempo completo en uno de mis Alma Mater que se llama Instituto Tecnológico Autónomo de México y que le alcanza el tiempo para ser lúcido e infaltable columnista del periódico Reforma y del programa de alto debate político Entre tres, de Tv Azteca, y autor que siempre celebro de El antiguo régimen y la transición en México, La idiotez de lo perfecto y las dos hermosas ediciones bajo el sello de DGE-Equilibrista de Andar y ver, hasta hoy dos cuadernos que antologan los ensayos breves de Silva-Herzog, a quien quiero abrazar en este párrafo como felicitación por tantas buenas páginas que suma con los años, porque le guardo afecto imbatible y porque celebro de veras su ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua (sin saber qué sillón o qué letra le debe corresponder a un sabio paseante como él y sin saber si se ha de lograr la anhelada y utópica Contra-Conquista de la Península Ibérica, pues de seguir cumpliéndose el Protocolo de Correspondencias, este nuevo académico con toda la barba que no usa, pero de frac, partiría plaza en Madrid como honra de México, y eco, más no clon, de uno de los mejores embajadores que hemos enviado a la Villa y Corte).

Desde que Alfonso Reyes tuvo la buena ocurrencia de metaforar al ensayo como “el centauro de los géneros literarios”, muchos acartonados prosistas insípidos han optado por cabalgar sus párrafos al paso cansino de las palabras en tedio, incluso quizá trotando o de vez en cuando rayándose con una idea grandototota, pero pocas son las plumas coetáneas, contemporáneas, actuales que montan al ensayo con la razón en ristre y con las riendas de las palabras con todas sus etimologías sueltas y libres. Pocas plumas de prosa que vuela como crin al vuelo y que llevan además la armadura del pensamiento que camina, capaz de moverse de lugar para no anquilosarse o enquistarse en necias posturas que caducan.

Hablo de quien, por encima de las cuadrículas, piensa como centauro de ajedrez: de una idea a otra, y luego izquierda o derecha, o bien de un argumento a su posible refutación, y de allí pa’lante o pa’atrás, pero siempre en movimiento pensante, ponderando las aristas del tablero, sopesando todos los cuadros. Hablo de quien piensa sin tener que debatir a gritos, sino el que habla con la voz en sosiego precisamente porque está pensando y porque lleva la duda constante en el ceño fruncido o en los ojos que entrecierra para armar un vocablo o dudar de un exabrupto. Hablo de quien —parafraseando a Ortega y Gasset— va nutriendo cuadernos con letras que hablan de paisajes palpables y libros ajenos, vocablos indecibles o en desuso, ideas en ebullición, reflexiones al vuelo, los telones de las culturas y los manteles de la civilización, las tramas y los personajes que son de pantalla y las personas que nos apantallan de vez en cuando, la música en vivo, y luego es el mismo escritor que, ya que vio y anduvo, asume la cátedra o el ensayo de largo aliento, más allá de los recorridos de cercanías para abrir travesías por donde la reflexión quizá no se había atrevido a cabalgar.

Uno aprende de los libros que nos dieron patria y de las lecturas que alguien nos señaló, como no queriendo la cosa, en la mesa de las novedades de las librerías. Uno aprehende los paisajes de matrias que nos son entrañables y las partituras de la música que memorizamos como tatuajes sobre la piel. Uno aprende en la conversación más que en la confrontación a gritos, y creo fielmente en los maestros que predican con el ejemplo, con libros en la mano y el honesto afán por ayudar a pensar al Otro con el imperio de la palabra, los paseos que duran hasta el atardecer y los párrafos que se profesan con la cara en alto. Uno aprende de lo que se escucha claramente porque el interlocutor habla sin mentiras ni la tibieza engañosa de la hipocresía, y uno aprende por el atrevimiento de reconocer rasgos propios y palabras previamente balbuceadas en silencios en el habla y el rostro de quien nos habla de frente.

He repetido muchas veces como credo de sincera gratitud que, habiendo tenido muchos profesores, se me concedió contar con valiosos aunque pocos Maestros (con mayúscula), de veras los de a deveras, y sumo al kárdex de mis créditos inconclusos la sutil maestría de amigos en donde no se estorba la admiración con el afecto. Amigos que sin la amenaza calificativa sugieren lecturas y luego escuchan las ocurrencias, incluso encauzándolas a un puerto de lógica conclusión o de éticas obligaciones o de equilibrio legal para todas las partes que resultan participantes en cualesquier tormenta de las ideas. Hablo de quien revela erudición sin necesidad de caer en la pedantería, y de quien sabe del inmenso valor del silencio o de las pausas por encima del estertor inútil o el volumen que aturde, los trazos que afinan un óleo porque lo definen más allá de los brochazos que en realidad emborronan la tela, la pantalla o la página. Hablo de quien lee sin dejar de mirar lo que se mueve y escucha en la calle y que rompe la necia resistencia de todo aquel que lo critica precisamente porque no lo ha leído o no lo conoce.

Hablo de Jesús Silva-Herzog Márquez, de cuyo abuelo leí con tanta devoción sus mil páginas con las que, al menos, logré que se me aumentaran las dioptrías… que también consta que nuestros padres fueron amigos de luengas carcajadas y muchas cosas serias… y que yo no dejo de presumir ahora con recrecido orgullo que un amigo tan querido sea merecidamente nombrado Académico de la Lengua precisamente por la luminosa sapiencia de su pensamiento andante.