Escribir

En ráfagas ocasionales o en constantes ataques de culpa, a muchos nos asedia la pregunta ¿por qué escribo? Llega como aliciente de autoestima y a veces se responde como espejo de obviedad, y a menudo es el enigma sin solución que alarga las madrugadas en insomnios de voz alta. Cada día son más las personas que se acercan a los escritores para confiarles sus ganas de escribir, la necesidad imperiosa de poner en tinta no solo las vivencias de un viaje reciente que no merecen perderse en la amnesia, sino las ideas y sentimientos que llevan en la piel como páginas inéditas de una biografía que merece compartirse con prójimos, próximos o extraños, y cada día son más los escritores que veo desde abajo —no sin cierta envidia o recrecida admiración— que campean por las páginas de sus obras, rampantes y a toda pluma, sin necesidad de preguntarse el por qué de sus andanzas.

El gran Pete Hamill, periodista de prosas perfectas y novelista de un Nueva York que se lleva en el alma con solo leerlo, acostumbra una cátedra de sobremesa donde aconseja a todo aspirante a escritor que se preocupe por responder en sus párrafos —ya sean de crónica, ensayo, reportaje o, incluso, en cuentos y novelas de ficción— a las preguntas básicas de Quién, Qué, Cómo, Dónde y “solo de vez en cuando, con mucho tacto, Por Qué”. Esta teoría, que podríamos llamar del Desdoblamiento de las W’s (por sus iniciales en inglés: Who, What, HoW, Where… y ese Why), coincide con las enseñanzas de don Luis González cuando guiaba a todo imberbe microhistoriador por los laberintos del oficio aconsejándole nunca dejar sin tinta los Qué-Cómo-Dónde ni mucho menos los Quién-Paraquién-Quiénes, y tenerle mucho cuidado a fardar que uno descubre los Porqués. Sobra decir que don Luis era Maestro (con mayúscula) no solo en el tacto con el que evitaba los Hubieras, sino incluso cuando los permitía como divertimento de sobremesas (“¿Qué hubiera pasado si a Obregón no lo asesina León Toral? ¿Qué hubiera pasado si Hidalgo entra a la Ciudad de México?, el ¿qué hubiera pasado si los aztecas llegan a Cádiz antes que Cortés a Coatzacoalcos?”, e incluso el “hubiera” que inspiró un texto de Octavio Paz...). Pero así como los Maestros aconsejan, a Uno le sorprende la recurrente pregunta de ¿por qué escribo? con el honesto afán por apuntalar una vocación y explicar los entresijos de una voluntad.

Decía George Orwell que uno escribe principalmente por cuatro razones:

1) Puro egoísmo. “Deseo de parecer astuto, que se hable de Uno, ser recordado después de muerto, venganza contra quienes dudaron de nosotros en la niñez, etc.”

2) Entusiasmo estético. “Por el placer del impacto sonoro de los sonidos, la firmeza de la buena prosa o el ritmo que conlleva una buena historia”.

3) Impulso histórico. “Deseo de ver las cosas tal como son, verificar datos y preservarlos para su uso en la posteridad”.

4) Sentido político. “Deseo de dirigir al mundo en un cierto sentido, alterar la idea de cierto tipo de sociedad, etc.”

Digamos que estoy de acuerdo y confieso que hay mañanas en que quiero cuajar un ensayo para que la plebe deje circular a las personas sin estorbar con tanta saliva e intransigente agresividad, o que hay días que me late cuajar una crónica del más reciente viaje en Metro para que nadie lo olvide dentro de 100 años cuando el trayecto de Coyoacán al Zócalo pueda hacerse por ósmosis, y luego hay días en que me entretengo horas y días que se vuelven meses corrigiendo el mismo cuento de siempre, con el delicioso afán de que suenen mejor sus palabras hiladas y quitarle adjetivos con el caprichoso gusto de que todo eso puede convertirse en una obra maestra, y no niego el egoísmo ocasional de saber que escribo no para vengarme de nadie, sino para cumplirle mi palabra a una Maestra adorable, Mrs. Elaine Grabsky, quien me regaló mi primera libreta y me indicó en el intacto bosque de mi infancia el claro remanso de que hay un lugar —en papel— donde, ya sea con dibujos o con palabras, todos podemos escribir ya para siempre el alivio a las más negras incertidumbres y miedos de nuestras vidas al lado de las páginas donde quepan todos los sueños y deseos como somos capaces de echar a volar.

Uno escribe sabiendo que el sortilegio no se completa hasta que alguien, alguno, cualquiera, todos, otros, Nadie… o Ella nos lee. Uno escribe sabiendo que, a diferencia de los buzos de pozos profundos, los pilotos supersónicos, las peinadoras de salón y los cirujanos estéticos, el escritor de veras escribe dudando de lo escrito y vale más quien escribe en gerundio: escribiendo, que es como alabar a quien ama amando y lee leyendo, por encima de quienes fardan todo en pretérito presuntuoso y dan por hecho lo que en realidad se construye construyendo, hilando cada silaba que ha de volverse palabra, para intentar reflejar y refractar un rostro entre tantas caras, un solo nombre entre tantos anónimos, una vida que se va leyendo párrafo a párrafo, conformando las páginas de un calendario que, de no vivirse así, se vuelve monótono video en tercera dimensión del tedio más aplastante. Uno escribe para que las imágenes se vuelvan intangibles y, luego, palpables en la palabra que las evoca, intentando ser verso aunque nos resignemos a ser prosa de todas las noches donde vamos narrando tramas de personajes que se vuelven eternos y entrañables, o desenlaces que quizá contrasten con las conclusiones de la realidad de todos los días. Uno escribe porque estamos solos y porque, en realidad, no estamos solos, sino acompañados en el páramo constante de una página blanca al día, la hoja que vuela para confirmar que vuelve el otoño, hojas en amarillo, naranja, ocre de vientos fríos en un bosque inmaculado donde un niño sueña que escribe los ojos que lo miran, el largo abrazo y la conversación interminable como la cabellera negra donde me llueve la noche.