Cuévano es Guanajuato

Un fantasma recorre los callejones y vías subterráneas de una vieja ciudad colonial que parece que acaba de amanecer. Parece una tontería informar a los lectores que Cuévano es al fin Guanajuato, pero se impone el subrayado porque hace una década, por no decir dos o incluso tres, mentar referencias de la gran literatura de Jorge Ibargüengoitia en Guanajuato acarreaba el riesgo de algún ofendido, algún personaje retratado en sus novelas o cualquier aludido posible se sintiera con derecho a denostarlo y demeritar sus historias, sus crónicas e incluso sus obras de teatro. Hoy en medio de un Festival Cervantino que merece ya aplauso y elogio desde los primeros pasos de su nueva e impecable organización, celebro que el fantasma de Jorge Ibargüengoitia ya rompió el recato hipócrita de algunas que se creían buenas conciencias, la censurita necia de los ardidos y abre el milagro de cada día tener algún nuevo devoto lector como lo prueba el alud de fieles que acudieron al homenaje que Letras Libres organizó en su honor con quien vuelve a tomar la Alhóndiga, sin granaderos.

Quiero celebrar los ochenta y cinco años de eterna vida de Jorge Ibargüengoitia, sin importar que a finales de este mismo año tenga que lamentar que se cumplen ya tres décadas de su lamentable fallecimiento. Quiero celebrar cada uno de sus cuentos perfecta conjunción de chiste y chisme, sus crónicas incandescentes, sus novelas indispensables, sus artículos mordaces plenos de sarcasmo, ironía e ingenio, sus obras de teatro, sus ojos, papada, sombra, voz y cada uno de sus párrafos de la mejor manera posible: leyéndolo y cada quién, a su manera, externando las razones de una deuda múltiple.

Mi primera deuda de sincera gratitud con Ibargüengoitia radica en la revelación de su irreverencia ante el pretérito. No en balde, una de las primeras y buenas reseñas que se publicaron sobre Pueblo en vilo, la obra maestra de mi maestro Luis González y González, la escribió precisamente Ibargüengoitia, por lo que, como lector y discípulo, debo mucho al entrañable escritor que nos confirmó que todos los héroes se ven mejor sin el bronce de sus estatuas, que nos enseñó que no todo lo grandote es grandioso y también nos hizo imaginar vívidamente al Padre de la Patria azotando de madrugada las puertas de un burdel o el merengue tropical que tanto agria a cualesquiera de los tiranos latinoamericanos que se creen eternos y absueltos y a todos los Revolucionados de hace un siglo enfangados en un desmadre de mentiras épicas y traiciones institucionales.

Celebro de Ibargüengoitia sus novelas que releo como si reviviera la época en que visitábamos las librerías esperando sus nuevos libros.

Soy de la idea que las muchas perfecciones envidiables que cuajó en Estas ruinas que ves (incluyendo sus dos finales), Dos crímenes y Las muertas transpiran —entre la admiración y la envidia— una contagiosa adrenalina por escribir, más allá del placer de su lectura. Celebro hoy, como siempre, que Dos crímenes sea tan perfecta novela, tal como la reseñó Octavio Paz en su momento y me atrevo a importunar al fantasma de Truman Capote para afirmar que Las muertas, al abrevar del expediente verídico de las Poquianchis, es tan obra maestra como A sangre fría, entreverando bajo la sombra de la novela las virtudes y recursos de la crónica y el reportaje.

De literatura en periódicos también supo Ibargüengoitia marcar grandezas. Como un Chesterton de Coyoacán era capaz de escribir como navegación accidentada en altamar el viaje en pesero hasta el Zócalo de la Ciudad de México y como un Stevenson, perdido en islas del lejano Pacífico, nadie como Ibargüengoitia para detectar en cualquier aeropuerto europeo que ese misterioso fulano que lleva pantalón verde, calcetines naranjas y mocasines gastados no es que sea un polaco disfrazado con la ya clásica combinación de los nacidos en Moroleón, Guanajuato, ¡sino que se trata, efectivamente, de un paisano despistado que precisamente nació en Moroleón, Guanajuato!

Un fantasma recorre Guanajuato entre brumas de bochorno y noches de niebla fría: es el amasijo de todos los Festivales Cervantinos pasados, todos los Entremeses y la primera canción que cantó la Estudiantina en ronda etílica como para remolcar un tractor... es el fantasma de un Jorge entrañable que se enamoró de una mujer en San Miguel de Allende, que supo cultivar con ella una amistad inquebrantable más allá del tiempo y la distancia, el mismo que escribe en madrugadas como esta sin pluma pero al paseo, mirando pasar los párrafos de vidas ajenas tan próximas, las palabras que conversan los demás tan prójimos y la sonrisa inquebrantable del paisaje tan propio. Ibargüengoitia era un quijotesco inventor de mundos imposibles que sabía mirar las muchas imposibilidades del mundo y ya era hora de que su clara sombra iluminase sin trabas los escenarios de su inspiración que en algún ayer lo habían querido desterrar.