AMARRES

Pero ¿qué necesidad?

Más allá de los méritos del nuevo ministro de la Suprema Corte, y de sus posibles desventajas, detecto un enigma detrás de su designación. La decisión de Peña Nieto de colocar a Eduardo Medina Mora en la SCJN ha dividido a columnistas colegas de un mismo diario; a colaboradores de los mismos noticiarios de radio; a los participantes de las mismas mesas redondas en televisión de paga; a académicos de las mismas instituciones; a abogados, juristas y magistrados; a senadores del PAN; a legisladores del PRD; y, sobre todo, a un círculo rojo ya crispado. Las razones para provocar esta polarización no son evidentes.

Aun suponiendo que Medina Mora reúna los atributos para ocupar su cargo, y que ninguno de los defectos que se le asignan sea tan graves, no parece que la única persona en todo México que pueda reunir esas virtudes y desprenderse de esos vicios sea el ex embajador en EU. Nadie niega que sea un hombre de bien; que haya colaborado con tres presidentes sucesivos; que haya tenido una carrera de abogado corporativo destacada, y que tenga una relación personal con el actual Presidente. ¿Pero era el único que revestía estas características?

He escuchado tres explicaciones de esta aparente aberración. La primera: EPN decidió imponerlo porque necesita contar con un voto incondicional en la SCJN para después de 2018; EMM es el que más confianza le inspira. Aunque EPN haya dado varias muestras de visión estratégica durante sus dos años en la Presidencia, creo que esto rebasa sus cálculos normales. Segunda: contar con un voto para los temas que llegaran a la Corte referentes a las reformas aprobadas durante los dos años de gobierno. No es imposible, pero no es seguro que un solo voto cambie la correlación de fuerzas entre los 11 miembros de la SCJN. Es cierto que a fin de año podrá Peña nombrar a dos magistrados más, pero no es obvio que ambos sean tan cercanos a él.

La tercera, a saber que EMM fue nombrado como premio a ciertos poderes fácticos a los cuales es afín, puede ser cierta. Entonces se trató de un mal cálculo. Una cosa es premiar a instancias importantes pagando un precio razonable, y otra muy distinta es hacerlo cuando el precio pagado supera al previsto. Podríamos resumir entonces todo este desaguisado con dos frases del filósofo de Juárez: “¿Qué necesidad?” y “No vale la pena”.