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Tanhuato: ¿de quién la carga de la prueba?

Prácticamente todo se ha dicho sobre las aparentes contradicciones de las autoridades a propósito de la hecatombe de Tanhuato. Destacan la desproporción entre las armas recogidas y los cadáveres encontrados; entre los muertos y los heridos, y entre los muertos de un lado y del otro. No existe razón para descreer a priori las versiones del gobierno, pero es un hecho que éstas, hasta ahora, no se han visto respaldadas por pruebas “contundentes”, como diría Monte Alejandro Rubido.

Convendría agregar a estas presuntas paradojas dos motivos de incredulidad por parte de observadores, familiares, ONG y medios de comunicación. El primero involucra el multicitado déficit de credibilidad que agobia al gobierno de EPN. Después de Tlatlaya, Apatzingán, de las revisiones a la baja de las cifras económicas, de los escándalos de corrupción, es evidente que existe una brecha entre lo que el régimen dice y lo que la sociedad cree. La sociedad no siempre tiene la razón en su escepticismo, y en ocasiones el gobierno dice la verdad aunque la gente no lo crea (quizás el caso de Ayotzinapa). Pero en vista de la innegable vigencia de ese déficit, la carga de la prueba le corresponde a la autoridad, no a la sociedad. No bastan las declaraciones de Rubido, Galindo, ni de otro funcionario. Para que sea creíble la explicación, necesita acompañarse por investigaciones independientes de los medios, de ONG, de la CNDH y de varias otras instancias. La presunción de inocencia ya no existe para este gobierno, como no lo ha existido para otros en México.

Subsiste la pregunta de qué hacía un destacamento de varias decenas de efectivos, con varios vehículos y hasta un helicóptero en el Rancho del Sol. No es insostenible la versión de que un aparente dueño del predio solicitó ante el Ministerio Público que lo desocuparan unos maleantes que realizaban actividades sospechosas; tampoco la tesis de que uno de los vehículos de la Policía Federal que circulaba por la carretera cercana recibió disparos desde otro vehículo y lo persiguió. Lo que no queda claro es por qué había una concentración de tal fuerza en un lugar tan abandonado y por qué se empleó de inmediato, en lugar de esperar como lo hizo el FBI en Waco hace más de 20 años en Texas. El uso de la fuerza, sus efectos y su rapidez no terminan de empatar con el objeto del uso de la fuerza. No es imposible que sí concuerde, pero hasta ahora el gobierno no ha dado una explicación que disipe las dudas que su comportamiento anterior ha suscitado.