AMARRES

Ronda Uno y camisa de fuerza

Los decepcionantes resultados de la Ronda Uno encierran varias explicaciones. Una parte corresponde a la mano de Dios: los precios internacionales del petróleo, y otra a la del hombre: los errores y el optimismo desmesurado de los funcionarios encargados de la operación.

El gobierno ha tomado en cuenta la trampa conceptual en la que pudiera caer —pero que no va a suceder— de echarle demasiado la culpa a la mano de Dios. Si todo el magro desenlace proviene de esa mano, existe el riesgo de que ésta persista. Es decir, si los precios del petróleo siguen caídos o se desploman aún más debido a la llegada de cargamentos iraníes, en las siguientes rondas las mismas causas surtirán los mismos efectos.

Ahora bien, si la proporción es más o menos mitad y mitad, importa corregir los posibles errores de cálculo u optimismo. Quienes saben de esto ya han subrayado las razones que explicarían el bajo número de bloques otorgados: pedir demasiadas garantías de inversión, elevar en exceso la “toma fiscal” de Hacienda, licitar primero los bloques menos atractivos, guardando the best for last.

Pero quizás haya un problema más interesante detrás. Ex directores de Pemex me han explicado que la reforma energética de EPN descansaba en una premisa central: Pemex se iba a reformar, a volver más competitiva, transparente y eficiente gracias al cambio del entorno o del contexto. Mayor competencia interna a través de la licitación de bloques, mayor competencia externa a través de la participación en operaciones fuera de México obligaría a Pemex a reformarse. La reforma no preveía un cambio interno porque vendría por añadidura. No era absurdo el planteamiento pero quizás no haya sido tan acertado.

Hace seis años, Aguilar Camín y yo propusimos, junto con muchos más, que la reforma energética debía centrarse en dos aspectos: permitir la inversión privada minoritaria, como accionistas, y la salida a Bolsa de Pemex, tanto en México como en NY, para obligar a la paraestatal a transformarse. Por razones técnicas y políticas, la gente no entendería que hubiera accionistas extranjeros, aunque fueran minoritarios —se desechó esta idea que seguramente fue vista como una ocurrencia de dos neófitos en la materia—. Hoy no sé si nuestra idea siga pareciendo tan absurda, y si la alternativa que se escogió se vea como la más genial de todas. Hoy, que la reforma energética puede funcionar, pero atrayendo muchísimos menos recursos que los previstos e imponiéndole a Pemex una transformación mucho menor que la esperada, tal vez nuestras ocurrencias no eran tan absurdas.