AMARRES

Esfuerzo fútil y quizá contraproducente

No sé si la explicación ofrecida por Angélica Rivera baste para calmar las aguas agitadas por el escándalo denunciado por Aristegui/Noticias y Proceso. Tampoco tengo la certeza de que la venta de la casa, tal cual, sea un bálsamo suficiente para cerrar y luego cicatrizar la herida autoinfligida por la Presidencia a su programa de gobierno. Y menos aún intuyo si la información de estos días y los subsiguientes alcance para reparar los graves e innegables daños provocados en los mercados internacionales por la debilidad o inexistencia del estado de derecho en México. A nosotros nos duele más Tlatlaya y Ayotzinapa; a ellos, la licitación cancelada del tren México-Querétaro.

Sí sé que uno de los resultados más variopintos de esta crisis reside en la conducta de los medios de información nacionales. En caso de tener razón quienes pensamos, desde 2000, que la alternancia o las reformas sin la fundación de un estado de derecho en México —a diferencia del estado de orden del viejo sistema— no surtiría los efectos deseados, pudimos decir también que sin medios masivos de comunicación profesionales, independientes e imaginativos, la transición no prosperaría. El balance de estos meses ni es alentador ni habla bien del éxito del esfuerzo que realizamos muchos, dentro y fuera del gobierno, a este respecto durante ya casi 15 años.

En el caso Tlatlaya, el papel de los medios mexicanos fue patético. Con algunas muy contadas excepciones, nadie le entró al toro, por una sencilla razón: se trataba del Ejército, y eso no se toca. En la tragedia de Iguala, el comportamiento fue mejor, pero todavía de país bananero (de nuevo, con salvedades): poca investigación, mucha denuncia, mayor ruido de la comentocracia que de los periodistas investigativos. Pero en torno a la llamada Casa Blanca, nos volamos la barda.

Dos dolorosas paradojas: la prensa extranjera publicó muchos más reportajes, artículos y comentarios sobre el tema que los medios impresos nacionales. Las radios se esmeraron más, las televisoras menos aún. Y a la investigación inicial, meritoria por valiente, pero estridente y superficial,  no siguió nada: ni profundizar con expertos fiscales, de función pública o de licitaciones, ni buscar a los chinos o a los concursantes que no se presentaron, ni cómo se indemniza a otros artistas al terminar sus contratos, ni en qué consisten los conflictos de interés posiblemente análogos en otros países. Parecía absurdo: todo el mundo hablaba del tema, muchos columnistas prestigiados lo comentaban, las radios se desbordaban de llamadas, en las redes sociales se volvía viral, pero con la excepción de muy pocos diarios, nos ensordeció el silencio.

No existe manera de saber si se trató de autocensura o de deseos emanados de Los Pinos, o se juntaron el hambre con las ganas de comer. Sí podemos concluir que además del lamentable espectáculo, se trató de un esfuerzo fútil, y quizás contraproducente. Normalmente las redes sociales funcionan cuando las relevan los medios masivos; no suelen influir por sí solas. Pero esta no es una regla férrea: a veces sí, a veces no. Se me hace que en esta ocasión, no.