AMARRES

Crisis, por corrupción y derechos humanos

Recular y rectificar cuando las cosas salen mal es un atributo que pocos políticos poseen. Entender por qué salieron mal es una condición necesaria para evitar repeticiones. Peña Nieto y su equipo hacen muy bien lo primero y muy mal lo segundo. Ya les está costando, y les va a costar más.

Desde el Estado de México, durante su campaña, y en Los Pinos, Enrique Peña Nieto ha dado marcha atrás en varias ocasiones, enderezando rumbos equivocados. Con el candidato original al gobierno del Estado de México, con las primeras reacciones a los eventos de la Ibero, con la reforma energética inicial y nonata, con Lady Profeco, con Tlatlaya, con Ayotzinapa, y ahora con el tren a Querétaro, las autoridades han mostrado agilidad para desistir de proyectos o posiciones simplemente erróneas o francamente absurdas.

Pero en ninguno de estos casos, ni en otros más, han buscado un intercambio de opiniones, análisis e incluso de conocimiento de hechos confusos con la sociedad mexicana. Es imposible saber si esos intercambios se han producido dentro del estrecho y homogéneo grupo gobernante. No serviría de mucho. Las razones de los errores cometidos difícilmente pueden ser transparentes para quienes los cometen. Aun en el seno de esos pequeños círculos, es factible que los errores no sean vistos como tales, y que el paso atrás se considere una concesión táctica, tal vez provisional, ante críticas o dudas ruidosas pero insustanciales.

En ausencia de un verdadero diálogo entre el Presidente, sus tres o cuatro colaboradores cercanos, e interlocutores lejanos y compenetrados de determinados temas, se antoja altamente probable que cierto tipo de errores sigan sucediendo. Me limito a dos ámbitos: corrupción y derechos humanos.

No tengo la menor idea si hay más corrupción en este sexenio que en los anteriores. Me han tocado rumores falsos y negativas indignadas a lo largo de los últimos 25 años; no les hice caso. Sí siento que hay más escándalo y mayor sensación de robo que antes: en licitaciones, gasto, excesos y contratos corruptos. Estoy seguro que por buenas y malas razones hay más sensibilidad social al respecto. Por lo poco que ha hablado Enrique Peña Nieto sobre la corrupción, parece tratarse de un asunto ajeno a su atención o interés. Seguirán entonces los osos como el tren y varios más.

Los derechos humanos nunca le han sentado bien al PRI; en el Estado de México, en particular, no les suelen gustar. El haber cercenado todo vínculo entre los derechos humanos adentro y afuera, otorgándoles una baja prioridad tanto en el ámbito nacional como en el internacional, iba a generar una crisis interna agudizada por la proyección externa. La crisis llegó antes de lo esperado. Si los peñistas no lo piensan bien, solos y con los que se dedican a estos temas, la van a volver a regar. Espero que no sea con las confesiones de los asesinos de Cocula; ojalá los hayan blindado y soporten los inclementes proyectores que sobre ellos colocan ya los padres de Ayotzinapa.