Intersticio

Caminar sin cuerpo

Qué será el caminar sino el cambio de perspectiva que, según nuestra mente, se da casi como el cambio de toma que vemos en cualquier película.

Toma “A” para charlar con algún amigo, toma “B” para trabajar y así se nos van los días, forrados de imágenes inconexas que mañana tendrán menos sentido que la nada de hoy. No nos detenemos a reflexionar ni reflexionamos mientras las prisas nos empujan a no tener tiempo para nada, ni siquiera para el trayecto.

Adelantamos el reloj en nuestros sueños esperando aparecer teletransportados en la siguiente junta y así en lo que toque, la reunión con el cliente, la visita al banco o la fila del supermercado. Bajamos del coche y nos desconectamos obviando la única actividad que nos exige los cinco sentidos. 

Podríamos decir entonces, parafraseando a Le Breton, que caminamos sin cuerpo. ¿Suena imposible? Él lo compara con nadar sin agua. En el mundo de las prisas no respiramos profundo y mucho menos hacemos consciente la caminata.

No sabemos si los zapatos nos aprietan sino hasta el final del día, no recordamos por dónde pasamos, no disfrutamos el estiramiento de  los músculos en cada braceo y cada zancada. Pensamos sin pensar y caminamos sin cuerpo por que podríamos nadar sin agua. 

“Andar reduce la inmensidad del mundo a las proporciones del cuerpo” . Caminar podría ser el proceso del trayecto o parte de él. Sean dos tres cuadras o kilómetros hay que andarlos respirando y viendo hacia adentro para luego llegar al destino un poco cambiado.  

“Pensar vagabundo” para regresar siendo otro, como escribió Fadanelli.

Recordar que “La cultura de la marcha” a la que se refiere Debray, “calma la angustia de lo efímero”. Hacer consciente el camino nos recuerda que seguimos vivos y que podemos cambiar de dirección, parar, seguir, respirar y pensar. Mientras eso no suceda, seguiremos siendo cuerpos aturdidos y sin voluntad que aprendemos en vez de desaprender y andaremos en vez de desandar lo andado. 


@jorgeruvao