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Andrés Iduarte “Cuanto pensé lo dije, cuanto dije lo sostuve”

Mi comadre “Coqui” de Villahermosa me regaló un libro en edición de lujo, tal vez el autor jamás pensó en una edición así, sus letras más bien buscaban ediciones rusticas. Aprecio y mucho el tesoro que alberga este obsequio y les comparto un extracto con el firme sueño que algunos lo busquen.

““La farsa indigenista era más cruel. Los directores –salvo don Joaquín, huraño y disgustado- declaraban siempre que “estaban con los postulados de la Revolución”, y eran de los que creían, de dientes para afuera, que “que hay que darle al indio la razón, aunque no la tenga”. No nos enseñaron nunca que en México, por ser el indio la base de la pirámide social, quedaban identificadas su defensa y la defensa del hombre explotado. Se nos decía que había que exaltarlo por indio y no por oprimido, y se quería fundar en su nombre, como tantas veces se ha hecho, un concepto vacuo y patriotero: la lucha contra el criollo. Solo que los discursos se les derrumbaban a los falsos lideres cuando veían la cara sonrosada de los hijos de los jefes norteños, estudiantes de mi escuela. Lo tremendo para la farsa indigenista era que entre los nuevos mandones también había blancos.

Pero lo maravilloso fue cuando los directores, cuidándose de darse pisto de revolucionarios, trajeron de Oaxaca a dos muchachos indios, para que estudiaran en su colegio y “se hicieran hombres”. Eran dos zapotecos observadores y empeñosos. Pronto figuraron entre los mejores alumnos. Nosotros los queríamos mucho, y con un poco de compasión porque no había fiesta a la que pudieran faltar, ya fuera baile, o distribución de premios, o apertura de cursos… Los sentaban siempre en el proscenio, vestidos de manera llamativa, y tenían que soportar las frases de los oradores oficiales: “Vosotros, la raza madre, seréis reivindicados…”, “al protegeros, ponemos bajo nuestra bota trescientos años de teocracia, oscurantismo y barbarie…” y otras cosas del mismo estilo. El orador inevitablemente, aludía a las bondades de los dueños del colegio, a quien calificaba de verdaderos “revolucionarios, protectores de los indios como el dulce Bartolomé de las Casas…” Desde entonces conocí el embuste político, la mentira provechosa. Porque los dos oaxaqueños, tan luego se iban los invitados, volvían a ser los criados y desquitaban sus gastos lavando hasta los escusados. Los dos muchachos eran, para el segundo director, los mejores sirvientes: No se les pagaba y servían de trampa pública.  ¡Y viva la Revolución…!

El cinismo de la niñez mexicana, como el de sus padres, era mayor en México que en Tabasco. Lo advertí en el Colegio Mexicano. En el Colegio Doctor Hugo Topf no podía darme cuenta de él: mis compañeros de internado eran hijos de provincianos, en general de profesionistas o rancheros de Veracruz y Oaxaca, y los alumnos externos, salvo excepciones, eran de posición modesta. En el Colegio Mexicano mis compañeros hacían la vida de sus familias, generalmente ricas o acomodadas, y estaban imbuidos de su ambiente. En la capital, como centro del país, de los triunfadores, de los más “vivos”, culminaba el apetito de tener y el deseo de aparentar. Los niños eran el reflejo de ella, repetidores de lo que oían y de lo que veían. 

Yo no tenía automóvil. Este hecho fue la piedra de toque. Los alumnos sabían que mi padre era magistrado. Un día “el babilonio” -un niño a quien así habíamos apodado, sencillamente porque babeaba- me llamó: -¿Que te pica “Babilonio”...?

           -¿Cómo es que no tiene automóvil, “Fosforo”, y tu papá es magistrado...?

           - Porque mi papá es honrado.

           - ¡Que honrado ni que nada…! Tu papa si no roba, es que es pendejo…

“El Babilonio contaba, como yo, trece inocentes años.””

Los tiempos cambian, la educación no, el libro se llama “Un niño en la Revolución Mexicana” y lo escribió ANDRÉS IDUARTE.