El pez soluble

La estrella polar

Era 1980 cuando Gabriel García Márquez se acercaba a la librería El Parnaso, de Coyoacán, a husmear en la mesa de novedades literarias pero, sobre todo, en los exhibidores de discos que tenían maravillas que venían de Europa y que Germán Toyos, el gerente de entonces, cuidaba y mimaba para que el escritor, que era cliente de la tienda, tuviera de dónde escoger.

Yo, que era entonces un joven que quería ser escritor, y además amigo del gerente, me apostaba ahí durante horas, al lado de los discos, a esperar a que llegara Gabo, un acontecimiento capital que se anunciaba con anticipación pues, en el momento más inesperado, veíamos venir, a lo lejos, a un hombre de andar pausado que caminaba por mitad la calle, abajo de la banqueta, que se escoraba hacia la derecha cuando oía, o presentía, que venía un coche, y que era el mismo García Márquez que entraba en la tienda y hablaba con Germán de música y yo, que lo había esperado tanto, durante tantas semanas y hasta meses, me quedaba mudo, no sabía qué decirle al autor de todas esas novelas que, desde entonces, me parecían la estrella polar, la cauda luminosa que debía seguir si quería ser escritor.

Una cauda en la que entraban los Buendía, el coronel infeliz, esos hombres que en plena calle ponían a asolear sus testículos y el andar de venada de la entrañable Fermina Daza. Aquella época la recuerdo como los años en que vi ir y venir a García Márquez de una manera, digamos, teatral, porque yo siempre era el espectador, sin el valor suficiente para inventarme, con cualquier pretexto, una conversación con él, porque era un escritor al que admiraba con una devoción irrepetible, que me hacía leer y releer y aprenderme de memoria párrafos enteros de sus novelas, y también repasar su vida de escritor canónico, con su capítulo en París, buscándose trabajosamente la vida, cuando París era París y ser escritor era abrazar un oficio de locos, porque antes de Gabo era difícil pensar que un escritor en español podía ganarse la vida solo escribiendo.

También entonces me parecía apabullante su vida en Barcelona, su manera de imponer su estilo y su cosmogonía literaria, su atmósfera y sus colores, su luz, en un país como España, cuadriculado por el realismo hermético que dejó la posguerra, pero sobre todo me impresionaban sus libros, me dejaban boquiabierto, me permitían contemplar, en toda su extensión, ese territorio salvaje e indómito que es la literatura y que García Márquez controlaba a placer, lo reformaba y lo reinventaba, lo hacía elástico, líquido, hacía circular con tanta facilidad las palabras que al final, una legión de jóvenes que queríamos ser escritores acabamos persiguiendo las palabras como lo hacía él, inventando historias, escribiendo libros.

Cada lector tendrá su opinión particular, su óptica sobre los libros de García Márquez; para mí han sido, como he dicho más arriba, la estrella polar, la luz, la evidencia de que la ficción no solo cabe en la vida real, sino que es uno de los pilares que la sostienen.