Melancolía de la Resistencia

La vida loca

Ya resulta ocioso decir que la humanidad no tiene memoria y que tropieza dos, tres, cinco veces con la misma piedra, pero de todas formas sorprende cómo la dinámica de la especulación financiera falla cíclicamente.

En el año 1931 hubo en Nueva York una invasión de vendedores de manzanas. En cada esquina había un hombre de traje, corbata y sombrero, que ofrecía manzanas de una caja de madera, delante de un cartel donde podía leerse: Unemployed: buy apples (Desempleado: compre manzanas). Aquellos vendedores eran producto de la crisis económica que azotaba entonces a Estados Unidos, eran hombres que habían perdido sus trabajos en la bolsa, en la banca, en la administración pública. El periodista español Julio Camba llegó a vivir ese año a Nueva York, una ciudad que lo deslumbró desde que puso los pies en ella y a la que bautizó como “la ciudad automática”. Los vendedores de manzanas llamaron tanto la atención de Camba que, apenas unos días después de haberse instalado en la ciudad, se puso a investigar el origen del fenómeno, y descubrió que la cosecha de manzanas en Nueva Inglaterra había sido inusualmente copiosa y, no sabiendo qué hacer con tanta fruta habían repartido el excedente entre la legión de desempleados que trashumaba, de traje, corbata y sombrero por las calles de Manhattan. La venta de manzanas fue, efectivamente, un respiro para esos hombres que, por culpa del célebre crack bursátil de 1929, se habían quedado en la calle. Era ese periodo negro que hoy se conoce como La gran depresión. Julio Camba apunta que la venta callejera de manzanas era tan próspera que muy pronto la mafia, los racketeers dice coquetamente, se adueñaron de ella. Pronto se dio cuenta Camba de que la gran mayoría de las personas, el limpiabotas, el policía, la recamarera del hotel y desde luego los hombres que vendían manzanas, habían perdido dinero en el crack de la bolsa de 1929. Lo cual quería decir que no se necesitaba tener mucho dinero (puesto que el limpiabotas y la recamarera habían invertido) para acceder al juego de la especulación financiera. Camba reflexiona: “La Bolsa de Nueva York admitía toda suerte de boquillazos y, al facilitar de este modo la compra de acciones, la demanda aumentaba y, al aumentar la demanda, las acciones subían, y todos ganaban y, como ganaban, compraban más acciones, y las acciones volvían a subir, y las gentes volvían a ganar, y el globo se iba dilatando y, cuanto más se dilataba el globo, ascendía aún mucho más alto, y nadie pensaba en el reventón inevitable”. Esto lo escribió el periodista en 1931, en el diario español al que servía de corresponsal, pero podría haber sido escrito a propósito del Lunes negro en 1987, o del más reciente crack bursátil del 2008. Ya resulta ocioso decir que la humanidad no tiene memoria y que tropieza dos, tres, cinco veces con la misma piedra, pero de todas formas sorprende cómo la dinámica de la especulación financiera falla cíclicamente, una y otra vez, llevándose por delante un montón de gente inocente, sin que nadie intervenga, de verdad, para impedir que vuelva a suceder. En fin, sobre esto se ha escrito profusamente y hay incluso algunas películas que hurgan en ese gran, arbitrario e insondable agujero negro que es la Bolsa de Valores. En esta nota de periódico que escribió Camba en 1931 nos cuenta, sorprendido, del remedio que proponen las autoridades financieras del país para salir de la Gran depresión, que es, sencillamente, gastar más: “en Francia se haría una campaña a favor del ahorro. Aquí, les parecerá a ustedes absurdo, pero se preconiza, en cambio, el despilfarro. ‘Para que la prosperidad vuelva —decía un letrero que he visto ayer en el cine— hay que poner en circulación mil millones más de dólares. Que cada ciudadano aumente en un dólar sus gastos del día, y la crisis estará resuelta inmediatamente’. Ya desde entonces el conservadurismo europeo se sorprendía del arrojo y el desparpajo económico de los estadunidenses, y esta situación permanece hasta nuestros días: Estados Unidos supera sus crisis económicas gastando, mientras Europa pretende resolverlas ahorrando. Esta es una de las fracturas que separan al viejo mundo del nuevo e implica dos maneras radicalmente distintas de ver la vida. “Si las gentes no pudieran arruinarse aquí de la noche a la mañana, tampoco podrían enriquecerse de la mañana a la noche”, escribe Camba, con gran agudeza, desde las calles de Nueva York, y su observación alumbra un elemento esencial para entender porque cíclicamente la Bolsa sufre un colapso: porque el crack es el reverso de la fortuna, y cada vez que llega la gran depresión, hay quienes se arruinan en la noche para que otros se hagan ricos en la mañana, en ese juego millonario donde, más que la ciencia económica, intervienen el azar, el albur, la vida loca.