Melancolía de la Resistencia

La venganza de las vacas

El anunció de la OMS viene a redondear la narrativa moral de la carne de vaca, de cerdo, de cordero, de las criaturas con ojos, porque asocia, de manera muy judeocristiana, la acción de comer carne al castigo.

La alarma sobre la carne roja que hace unos días emitió la Organización Mundial de la Salud, es una invitación para reflexionar sobre los terrores que acobardan a nuestra especie a estas alturas del siglo XXI. En el siglo anterior el terror colectivo se dedicaba al SIDA, a la bomba atómica, a la Guerra fría y en alguna ocasión a la Guerra de los Mundos, que con tanto éxito narró, por la radio, Orson Welles. El terror que desató Orson en 1938, gracias a la obra de H.G.Wells, era a la invasión de los extraterrestres que venían a conquistar el planeta Tierra. Este terror puede parecer de otro tiempo, puede incluso descalificarse como un miedo pueril, pero hace unas semanas Stephen Hawking, de cuyo rigor científico nadie duda, no descartó ni la vida en otros planetas, ni la invasión extraterrestre que, se esmeró en recalcar, nos dejaría sometidos, y en calidad de colonia, a una civilización más sofisticada del espacio exterior. Curiosamente este terror, explicado por el intachable científico, no tuvo el menor efecto en la población civil, seguramente porque es una posibilidad donde escritores y cineastas han hurgado hasta la saciedad, y de tanto hacérnosla ver han conseguido esterilizarla.

Pero el terror a la carne que desató hace unos días la OMS, es de otra naturaleza, porque plantea la muerte personal, no la de todo el planeta, y porque se trata de un miedo que tiene un pernicioso andamiaje moral. La OMS ha venido a decir que comer carne en exceso aumenta el factor de riesgo de tener cáncer de colon o de recto. También ha clasificado las carnes, poniendo la procesada, la que lleva conservantes y aditivos, como la de más riesgo.

En realidad la OMS no ha dicho nada nuevo, el riesgo ya se conocía pero, y de aquí es de dónde se dispara el terror, ahora lo hemos conocido de manera, digamos, oficial. La discusión va para largo, los expertos proponen cantidades saludables, tantos gramos de carne para que no se exponga al peligro quién la come. La dinámica se parece a la sobrevino cuando se descubrieron, y publicitaron, los riesgos de comer sal o azúcar, o los peligros de beber alcohol. No han tardado nada en salir las tablas de la carne, que son de la misma naturaleza que las de las bebidas alcohólicas: si tomas tantas copas te estás poniendo en riesgo, si tomas una sola el vino puede ser benéfico para el organismo, etcétera.

Pero la carne tiene una narrativa moral, producto de ese andamiaje que había escrito más arriba, que no tienen las bebidas alcohólicas. En este milenio hay una conciencia de la naturaleza, de la fauna y de la flora, que no había existido nunca en Occidente, no de forma tan masiva, y es a causa de esta conciencia, por ejemplo, que la fiesta de los toros se va desvaneciendo, las plazas se van reconvirtiendo en centros comerciales y que la gente que maltrata un animal ahora se va a la cárcel, como es el caso reciente de ese señor español que mató a golpes a su caballo. A partir de esta nueva conciencia ha crecido exponencialmente el número de personas vegetarianas en Occidente, y los restaurantes y comercios que los abastecen. Un sector del mundo vegetariano no consume carne roja porque considera inadmisible comerse una criatura con ojos, que mira el mundo igual que lo haces tú. Yo, a pesar de ser rabiosamente carnívoro, encuentro ese argumento vegetariano perfectamente válido, la vida se manifiesta por los ojos y también los estados de ánimo, como sabe cualquiera que tenga un perro o, por poner un ejemplo estrictamente personal: dejé de ir a la plaza el día en que me fijé en los ojos de los toros.

El anunció de la OMS viene a redondear la narrativa moral de la carne de vaca, de cerdo, de cordero, de las criaturas con ojos, porque asocia, de manera muy judeocristiana, la acción de comer carne al castigo. Desde este punto de vista lo que acaba de hacer este organismo internacional es convertir, de manera oficial, el comer carne en pecado mortal. Por fortuna nos salvan los peces, que también tienen ojos y, de momento, no son sospechosos de producir enfermedades mortales.

Al hilo de la narrativa judeocristiana, el caso de la carne cancerígena se parece al del SIDA, ese síndrome cuyo desenlace mortal quedó inmediatamente asociado, en la imaginería religiosa popular, con el pecado de la homosexualidad.

Pero lo de la carne cancerígena va más allá del pecado y de la culpa, va mucho más lejos, llega hasta esa zona de nuestra prehistoria, que seguimos arrastrando en algún lugar del cerebro, donde se barajaban los fundamentos de la especie, donde quién la hacía la pagaba, donde el que a hierro mataba a hierro moría.