Melancolía de la Resistencia

El vaquero de Marlboro

DarRell Winfield era el protagonista de esos anuncios que decían: “venga donde está el sabor. Marlboro”. Murió a mediados de enero, a los 85 años, y con él se fue un icono de nuestra juventud, y un porcentaje incuantificable de nuestra imbecilidad.

Hace unos días murió Darrell Winfield, un hombre cuyo nombre no dice absolutamente nada, porque la celebridad le venía de su aspecto, de los anuncios de televisión, y de esas enormes fotografías vaqueras que había en las avenidas, entre 1968 y 1989, que decían: “venga donde está el sabor. Marlboro”. Darell Winfield era el protagonista de esos anuncios, su cara ajada por las ventiscas de la pradera, sus fotogénicas patas de gallo, su gesto adusto y su bigotazo rubio, se convirtieron, durante más de dos décadas, en los elementos del vaquero perfecto. La compañía Philip Morris había intentado, desde 1954, dar con el vaquero ideal, tenía un destacamento de ojeadores en Wyoming, una región donde abunda el fenotipo del cowboy, que durante varios años fue proveyendo modelos, que fueron apareciendo en los anuncios con éxito relativo. Según la revista The Economist, el papel del vaquero de Marlboro lo hicieron, en épocas sucesivas, el entrenador de un equipo de futbol americano de la Marina, un actor secundario de culebrones policiacos de televisión, un ex beisbolista que vivía de planta en el New York Athletic Club y no había fumado nunca en su vida (esto merece una explicación que daré en un momento) y hubo otro que era modelo y que, como le tenía pánico a los caballos, había que subirlo con un mecanismo de cuerdas y poleas y posarlo delicadamente sobre el animal, para que pudieran hacerle la fotografía, pues en esa época no había, claro, ni bluescreen ni Photoshop. La explicación que debo dar es para lectores jóvenes, que empezaron a leer en el siglo XXI y que seguramente no recuerdan que en el salvaje siglo XX, los vaqueros de los anuncios de Marlboro salían fumando descaradamente en la televisión; no solamente había un cigarrillo humeante, sino que el vaquero aspiraba el humo con una nociva y perniciosa delectación, mientras una voz engolada nos invitaba a los espectadores: “venga donde está el sabor”. Esto, contado desde el milenio de la obsesión por la salud, parece grotesco, pero los jóvenes de aquellos años, digamos que de la segunda mitad de los años setentas, caíamos en el hechizo del vaquero que fumaba, o de algún otro modelo fumador; por ejemplo, la generación de mi padre fumaba para parecerse a Humphrey Bogart, y la mía fumaba Camel para parecerse a Martin Sheen, en la película Apocalypse now, cuando va en ese barquito buscando al coronel Kurtz, sudando a mares a causa del calor tropical y, de pronto, enciende un Camel sin filtro que empieza a fumarse con una delectación desesperada. He escrito la parrafada anterior en masculino no porque sea un machote, sino porque tengo la impresión de que, a la hora de caer bajo el hechizo de un vicio, las mujeres son más cautas mientras que los hombres nos comportamos generalmente como imbéciles. Lo que vieron en Darell Winfield los ojeadores de la Philip Morris fue un vaquero canónico pastoreando al ganado en una pradera, un vaquero de verdad, casado con una hija de vaquero de la misma región, que fumaba cigarrillos. “Quiero a ese hombre”, dicen que dijo el jefe en cuanto le presentaron las fotografías, porque en el vio no solo al vaquero, sino el ideal de hombría estadunidense, es decir, universal. Y aquí ya entramos en un terreno pantanoso, ¿por qué, en el siglo XX, un hombre era más hombre si fumaba? La respuesta es francamente deprimente: porque eso nos decían en el cine y en la televisión, igual que a los hombres de finales del siglo XIX y principios del XX les decían, en novelas y periódicos, que tener barriga era un signo de respetabilidad. En suma, y para no darle más vueltas: porque somos imbéciles. La imagen que proyectaba Darell Winfield en los anuncios de Marlboro, era la del hombre solitario, la del vagabundo de las praderas que duerme a la intemperie, ahí donde lo sorprende la noche y que al día siguiente, muy temprano, se calienta un café en una maltrecha jarra metálica. Pero resulta que Darrell era un hombre muy gregario con una tumultuosa vena social, tenía una familia a la que volvía cada noche y los sábados jugaba a las cartas con sus amigos entre tragos y sonoras carcajadas y, desde luego, cigarrillos. A propósito de las carcajadas, no está de más contar que los jefes de la compañía tabacalera le exigían, durante todos los años en que estelarizó los anuncios de Marlboro, que mantuviera una pétrea seriedad porque, cuando se reía, se parecía peligrosamente a Ronald Reagan y no querían que se mosquearan los fumadores demócratas. Darrell Winfield murió a mediados de enero, a los 85 años, y con él se fue un icono de nuestra juventud, y un porcentaje incuantificable de nuestra imbecilidad.