Melancolía de la Resistencia

Los vampiros

El ébola nos ha enseñado que los vampiros son peor de lo que nos habían contado, no nos convierten en sus pares por contagio, después de mordernos con sus afilados colmillos, nos infectan y nos provocan una hemorragia que nos manda al otro mundo.

La otra noche veía, en un noticiario canadiense de televisión, la entrevista que le hacían a un sobreviviente del ébola, esa enfermedad de origen, hasta donde se alcanza a vislumbrar, africano que tiene al mundo occidental al borde de la histeria. El sobreviviente contaba, con una frialdad desconcertante, su experiencia; no diré que este hombre disfrutaba de su tormentosa narración, pero sí se notaba que por fin le había llegado el momento de obtener algún rendimiento de los dolores y las inenarrables hemorragias que lo habían asolado en la década de los años setenta. La narración fue escalofriante, excesiva y solo parcialmente útil. Su utilidad consistió en que a los televidentes nos quedó claro que del ébola se puede salir airoso.

Conviene no perder de vista, sin el ánimo de minimizar la gravedad de la situación, la cantidad de plagas que han asolado a la humanidad, en los escasos catorce años y medio que lleva este siglo: la enfermedad de las vacas locas, que se contagiaba a través de los filetes, las arracheras y los T.bones, e inmediatamente después la gripe del pollo, más ubicua y aérea, seguida de la del cerdo. Recordemos que la reacción, no muy razonada, frente a las vacas locas, fue dejar de comer carne y, frente a la gripe del pollo, correr a comprar la vacuna que fabricaba un laboratorio que, por cierto, hizo su agosto. Al final la humanidad sobrevivió a estas tres plagas, y nunca sabremos si lo hizo gracias a la pericia de los gobiernos para controlar la epidemia, o porque, en realidad, no se trataba de un asunto tan grave. Tampoco queda claro si la humanidad se ha vuelto más infecciosa y enfermiza en el siglo XXI, o si es que ahora, por la forma y la velocidad con que se esparce la información, nos enteramos de infecciones y enfermedades en las que antes nadie reparaba.

Basta ver la forma en que han transportado a los contagiados de ébola, en España y en Estados Unidos, para sospechar que el procedimiento tiene un alto porcentaje de histeria, o quizá es el elemento dramático, el teatro que necesita la población para sentirse debidamente protegida. El ébola se contagia al entrar en contacto con los líquidos corporales de una persona infectada, para evitar el contagio basta con no acercarse, no hace falta ese despliegue de policías, de patrullas, ni ese ejército de individuos vestidos como si fueran a atender la fuga de un reactor de energía nuclear.

En el momento en que escribo estas líneas, sentado en una mesa en Toronto, Canadá, palpita la idea, en los medios de comunicación y en la opinión de las personas, de que sería conveniente cancelar los vuelos a los países africanos donde se ha manifestado con más violencia el ébola. La misma idea palpita en Estados Unidos y en Europa: cerrar las fronteras para evitar la expansión del virus. Si pensamos en el repunte nacionalista que experimentan hoy los países europeos, en la tendencia, cada vez mayor, a encerrarse dentro de su país y a rechazar, cada vez con más encono, al inmigrante, al que llega de fuera; la inquietud de suspender los vuelos a estos países africanos adquiere otra dimensión. El primer mundo herméticamente aislado del resto de los países es un tema que, hasta hoy, es territorio de la ciencia ficción. Del montón de obras que lo han abordado, voy a elegir una muy reciente, una muy mala película pero sumamente ilustrativa: Elysium (Neill Blomkamp, 2013), con el anabólico Matt Damon y una inquietante Jodie Foster, en un papel de ministra despiadada que induce al espectador a simpatizar con el masoquismo. En esta película se cuenta la historia de un barrio rico de, me parece, Los Ángeles, que se establece en una península flotante, a varios kilómetros de la Tierra; los pobres, los que se quedan abajo, tratan todo el tiempo de llegar a Elysium, de colarse en esa lujosa urbanización para disfrutar de lo que no tienen, sobre todo, para curarse de sus enfermedades, porque los habitantes de Elysium, que tienen muchos recursos, pueden curarse de cualquier cosa y viven muchos más años que los pobres de la Tierra.

El ébola no es, desde luego, ciencia ficción, pero su origen sí es tremendamente literario; lo que hasta hoy se sabe es que viene de los vampiros, de sus excrementos, es decir, que estos personajes de novela sí son, en contra de lo que se nos ha dicho desde los tiempos de Drácula, nuestros enemigos. El ébola nos ha enseñado que los vampiros son peor de lo que nos habían contado, no nos convierten en sus pares por contagio, después de mordernos con sus afilados colmillos, nos infectan y nos provocan una hemorragia que nos manda al otro mundo.