Melancolía de la Resistencia

Las vacas contentas

Muy pronto los posthumanos, quizá los hijos de nuestros bisnietos, ya no van a enfermarse, tendrán vidas larguísimas, parirán hijos diseñados a la carta...

Nadie parece tomárselo muy en serio pero estamos a punto de abandonar la era darwinista, ésta en la que la evolución de la especie va atada a las formas y a los ritmos de la naturaleza, para entrar al transhumanismo, la era posthumana, esa en la que la neurociencia será capaz de allanar, digámoslo así, esos desperfectos físicos y mentales que venimos arrastrando de origen los homo sapiens sapiens.

Muy pronto los posthumanos, quizá los hijos de nuestros bisnietos, ya no van a enfermarse, tendrán vidas larguísimas, parirán hijos diseñados a la carta y gozarán de una habilidad física, de una capacidad para el placer y de una exacerbada inteligencia que nos hará ver, a sus ancestros, no como el homo sapiens sapiens que somos, sino como una pandilla de orangutanes.

La neurociencia avanza en esa dirección y esto que voy contando aquí, que puede parecer un cuento chino, se discute ya acaloradamente en las universidades del mundo en inglés. Lea usted los ensayos postdarwinistas del filósofo David Pearce y el debate sobre el transhumanismo que alienta y coordina el filósofo Nick Bostrom, en la Universidad de Oxford; todo está publicado online y a disposición de quien quiera enterarse de cómo será el mundo de nuestros descendientes.

Un ejemplo muy visual: una empresa de nombre Sixth Sense ya tiene el prototipo de un sistema que permitirá a las personas integrar toda la información que hay en la Red en una interfase que funcionará como, efectivamente, un sexto sentido: en un paseo por la calle podremos irnos informando, de momento con unas gafas que desaparecerán en el futuro, de quién es, qué edad tiene y a qué se dedica cualquier persona que se cruce con nosotros, y también sabremos su estado civil, su orientación sexual, su historial amoroso y sus gustos musicales, literarios, culinarios, todo visto en un momento gracias a la información que esta persona ha ido colgando en sus redes sociales a lo largo de su vida. Si esto les parece un capítulo de Black Mirror, busquen la Ted Talk de la compañía Sixth Sense.

La idea, grosso modo, es que nuestra especie está a punto de experimentar un up grade que nos hará mejores, más fuertes, más sanos, más inteligentes y este futuro tan luminoso desemboca, necesariamente, en una apasionante discusión moral sobre la conveniencia de entregar a nuestra especie al posthumanismo.

La oposición de los transhumanistas son los bioconservadores, entre los que están el famoso Fukuyama, y Leon Kass, que advierte: “Convertir a un hombre en cucaracha es tan inhumano como convertirlo en un hombre que sea más que un hombre”.

¿Aspirar a ser posthumano está mal?, pregunto yo, ¿tenemos que permanecer como estamos solo porque hemos sido así toda la vida? El bioconservadurismo considera una aberración enmendarle la plana a la naturaleza pero, si miramos al detalle la historia de nuestra especie, veremos que llevamos siglos avanzando hacia el posthumanismo, hace doscientos años no había ni analgésicos ni anestesia para quitar el dolor y si hoy nos viera un ancestro cazador-recolector, lo que vería es una tribu decididamente posthumana de individuos que viven en ciudades y se desplazan en automóviles, se comunican por teléfono y se curan de una infección mortal con una píldora.

Sobre ese estado de perpetuo bienestar que les espera a nuestros bisnietos, Kass opina: “En su momento triunfal (cuando consiga ser posthumano) el hombre prometéico se convertirá en una vaca satisfecha”. La idea es guasona pero conviene no perderla de vista porque la mansedumbre generalizada de la especie puede ser una de las consecuencias del posthumanismo.

Quizá, efectivamente, nos espera un futuro de vacas contentas y ese panorama dispara la discusión a otro nivel: sería mucho más fácil para los Estados lidiar con un pueblo así. ¿Y no estamos ya un poco así?  

El punto fino de la discusión es el alcance del posthumanismo, que sería deseable solo si todos los habitantes del planeta tuvieran derecho a ese upgrade, de otra forma las desigualdades se acrecentarían de manera monstruosa. La idea de los transhumanistas es que el upgrade será general y que nuestros descendientes vivirán en una noocracia, bajo una autoridad regida por un intelecto global, en un solo país más allá de las fronteras y de los Estados, dentro de una colectividad de gente tecnológicamente modificada y feliz.

De todas formas, en esa democracia genética que nos espera, habría gente con más dinero, y con más poder, que otra, y aquí es donde entraría en juego la naturaleza humana: ese iluminado que dispondría, para su propio beneficio, de la mansedumbre de las vacas contentas.