Melancolía de la Resistencia

Los idólatras

Aldous Huxley señalaba, como una patología social a observar, la “idolatría tecnológica”; decía que era más “ingenua y primitiva” que la idolatría política o moral, porque sus fieles “creen que su redención y liberación dependen de objetos materiales”.

Equipado con un espectroscopio y un reflector de sesenta pulgadas, un astrónomo llega a ser, en lo que concierne a su vista, una criatura sobrehumana; y, como naturalmente hay que suponer, el conocimiento que posee esta sobrehumana criatura es muy diferente, así en cantidad como en calidad, del que pueda adquirir un simple contemplador de estrellas con sus ojos meramente humanos". Esta idea, sobre las ventajas que ofrece la tecnología, la escribió Aldous Huxley en 1945, en su ensayo La filosofía perenne, que es un libro en donde trata de conciliar todas las filosofías, las de oriente y occidente, las del norte las del sur, en un solo sistema de pensamiento.

Cuando escribió este libro Huxley vivía en California, que entonces era el punto donde confluían las filosofías de una y otra orilla del océano Pacífico, y empezaba a consolidarse ese entusiasmo explosivo por La India, el Budismo, Lao Tse y el I Ching que tanto iba a entusiasmar, por ejemplo, a los Beatnicks y a los Beatles.

El libro de Huxley era apenas un tanteo en esa filosofía escorada hacia lo místico que hoy se estudia con mucha seriedad y que entonces parecía más otra de sus obras literarias.

El espectroscopio, que registraba la radiación electromagnética, y el reflector de sesenta pulgadas, convertían al astrónomo, según el escritor, en una "criatura sobrehumana". Si la modesta tecnología de 1945 era capaz de convertirnos en criaturas superiores, ¿qué pensaría Huxley de la tecnología del siglo XXI, que no solo está al alcance de los especialistas, como aquel astrónomo, sino que se ha extendido al ámbito, digamos, doméstico? Lo que podía ver, y saber, del cielo, aquel astrónomo, hoy lo sabe y lo mira en una app de su teléfono cualquier adolescente ocioso.

Ese discreto asombro que sentía Huxley frente a la tecnología lo llevaba a reflexionar sobre sus peligros, ya veía desde entonces que el mundo iba a cambiar dramáticamente, "el progreso tecnológico, al paso actual, quita sentido a todo proyecto político, por ingenioso que sea", escribió con gran tino; basta pensar lo que sería hoy de un político al margen de la tecnología; de las nuevas tecnologías tendríamos que decir para establecer el abismo que, en este campo, se ha abierto en los últimos setenta años.

En 1945 la tecnología era el espectroscopio, el radar, y todos esos inventos que iba introduciendo la Segunda Guerra Mundial, más la radio, que era el medio masivo de comunicación que reinaba entonces. Ante ese panorama tecnológico, que desde nuestro tiempo parece francamente pírrico, Huxley señalaba, como una patología social a observar, la "idolatría tecnológica"; decía que era más "ingenua y primitiva" que la idolatría política o moral, porque sus fieles "creen que su redención y liberación dependen de objetos materiales". También sostiene que le parece una ingenuidad pensar que "podemos gozar todas las ventajas de una tecnología complicada, desproporcionada y en progreso constante, sin tener que pagar por ellas con compensadoras desventajas". Y todavía va más allá: "la idolatría tecnológica es la religión cuyas doctrinas son promulgadas, explícitamente o por inferencia, en las páginas de anuncios de nuestros diarios y revistas". ¿Exageraba Aldous Huxley?, seguramente sí, y además su punto de vista sobre la tecnología tenía algo de platónico, miraba a la materia, a los objetos materiales que son el soporte de la tecnología, con un repelús judeocristiano. Pero al margen de su visión exagerada, su diagnóstico sobre nuestra relación con la tecnología es muy agudo, como no podía ser menos tratándose del autor de Un mundo feliz. Las "compensadoras desventajas" que traen las ventajas tecnológicas son muy palpables en el siglo XXI y van desde el cambio radical, no siempre positivo, en la convivencia entre las personas hasta el impacto que empieza a tener la tecnología en la salud de la población, por ejemplo, en los años que ha aumentado la esperanza de vida, un avance indiscutible que generará un desequilibrio múltiple en países con bajo índice de natalidad, como los europeos, donde se vislumbra un futuro lleno de viejos.

Tampoco podemos tomar a la ligera esa idea suya de que la idolatría tecnológica es la nueva religión, cuya doctrina se esparce, no en periódicos y revistas como en 1945, sino por cualquier aparato que tenga pantalla. Huxley ni se imaginaba (no era tan exagerado) que iban a adoctrinarnos desde el aparato que cargamos todo el tiempo en el bolsillo. Basta ver las colas que se hacen, cada vez que aparece un nuevo modelo de teléfono, afuera de la Apple Store, ese nuevo templo, para pensar que Huxley no estaba muy equivocado.