Melancolía de la Resistencia

La sucia realidad

A las imágenes que evaden la sucia realidad Byung-Chul Han las llama “imágenes domesticadas”. Un ejemplo de éstas son las que producen los turistas, que tienden “a desterrar la terrible realidad mediante imágenes” idealizadas.

Según el filósofo coreano Byung-Chul Han, los japoneses hacen fotografías de forma compulsiva para que la ciudad que están visitando coincida con la imagen de esa ciudad, hermoseada y mediatizada, que han visto en revistas, en páginas de internet, en el cine o en la televisión. Pero Han va más allá e identifica el llamado síndrome de París, que "designa una aguda perturbación psíquica que afecta sobre todo a los turistas de Japón. Los afectados sufren de alucinaciones, desrealización, despersonalización, angustia y síntomas psicosomáticos como mareo, sudor o sobresalto cardiaco". Como puede suponerse, el filósofo llamó así a este desvarío turístico, antes de los recientes atentados terroristas, porque hoy el síndrome de París, como la palabra Bataclán, nos remite instantáneamente a ese viernes negro. En fin, todos esos síntomas sufren los pobres japoneses, o cualquiera que dedique su viaje a una ciudad a hacer fotografías, al experimentar el desnivel que existe entre lo que se mira y su versión hermoseada en las fotografías; por esto, siguiendo el hilo reflexivo de Han, el turista se siente orillado a regresar esa ciudad a su versión original que es, de acuerdo con su experiencia particular, la fotografía. Quizá los mareos y el sobresalto cardiaco que apunta el filósofo coreano sean una exageración, pero es cierto que, por poner otro ejemplo de ciudad muy vista, cuando se visita Manhattan por primera vez, se tiene la sensación de que ya se ha estado ahí, cuando lo que sucede es que la hemos visto infinidad de veces en películas y en fotografías.

"Las fotos bonitas como imágenes ideales blindan a estos turistas frente a la sucia realidad", escribe Byung-Chul Han, y quizá habría que añadir que la ciudad es un organismo con vida propia, llena de situaciones azarosas que escapan a nuestro control y que, cuando la capturamos en fotografías, se convierte en un organismo perfectamente controlable. Lo mismo pasa a pequeña escala, por ejemplo, con las reuniones de amigos, los días de campo o las comidas en un restaurante, que una vez que han quedado fijadas en una imagen adquieren una dimensión que no tenían cuando estábamos ahí, inmersos en la sucia realidad.

Woody Allen es un especialista en rodar escenas íntimas dentro de restaurantes entrañables, casi en todas sus películas sale uno de mesas pequeñas, con manteles blancos, platos de pasta, copas de vino a medio beber y una media luz acogedora. Uno quisiera comer siempre en restoranes como los que salen en sus películas pero, por desgracia, no existen; aún cuando estén ahí, en la misma esquina de Manhattan que vimos en la película, y aunque tengan los mismos manteles, los mismos platos de pasta y las mismas copas a medio beber, carecen del resplandor, de la magia que les da la fotografía: aquel restaurante, fuera de la película de Woody Allen, queda también inmerso en la sucia realidad.

A estas imágenes que evaden la sucia realidad Byung-Chul Han las llama "imágenes domesticadas". "La fuerte diferencia entre la imagen ideal de París, que los japoneses tienen antes del viaje, y la realidad de la ciudad, que se desvía completamente de la imagen ideal. Se puede suponer que la inclinación coactiva, casi histérica, de los turistas japoneses a hacer fotos representa una reacción inconsciente de protección, que tiende a desterrar la terrible realidad mediante imágenes". Estas reflexiones las hace Byung-Chul Han en un ensayo titulado Huida a la imagen, que parte de esa idea de Roland Barthes que decía que "vivimos según un imaginario generalizado", de acuerdo con el canon que, sobre la realidad, han establecido miles de imágenes. Es curioso que Barthes, que murió en 1980, hacía esta reflexión antes del internet, que ha multiplicado, de manera exponencial, la cantidad de imágenes que forman el imaginario al que se refería.

Todavía a más pequeña escala que los restaurantes, el imaginario que proponía Barthes opera en actos tan íntimos como un beso. Me parece que antes del cine, las parejas no se besaban apasionadamente en la boca, no habían sido instruidas por esa enorme colección de imágenes de besos ardientes que tienen las películas. Esos besos de cine son perfectos, nunca, por más que nos esforcemos, podremos dar un beso de ese nivel; y lo mismo pasa en el siglo veintiuno con el imaginario porno que circula en la red: las cabriolas que hacen los profesionales del sexo están muy lejos de lo que hace una pareja, digamos, estándar, en su habitación. Quizá a este nivel tan íntimo la perfección de las imágenes ya no sea tan deseable, y resulte mucho más atractivo sumergirse en la sucia realidad.