Melancolía de la Resistencia

Ozawa y Murakami

Leonard Bernstein cuenta, antes de empezar a dirigir el concierto para piano número 1 de Brahms, por qué ha tenido él que adaptarse a la forma de tocar del pianista Glenn Gould. El director explica al público que abarrota la sala que, a veces, cuando el solista es muy talentoso, como era precisamente el caso, el director tiene que plegarse a su estilo y a su tempo: “Estoy fascinado, muy contento por esta nueva mirada sobre esta obra múltiples veces interpretada porque, además, hay momentos en los que la interpretación de Mr. Gould se impone con asombrosa convicción y frescura”.

Esto que dijo Leonard Bernstein, y que está grabado en un disco, lo recuerda Seiji Ozawa, el talentoso director de orquesta japonés que en esa época, 1962, era el asistente de Bernstein. La historia está en un libro de Murakami, en el que el escritor conversa con el director en un plan que invita a Ozawa a divagar sobre su oficio, y a revelar aspectos de su quehacer que, normalmente ignora el aficionado a la música clásica. Al ser un director japonés de formación europea aprendió, desde su primer trabajo en Estados Unidos, que la interpretación y la grabación de discos es distinta de un lado y de otro del mar: (para grabar un disco) “ponen los micrófonos demasiado cerca de los instrumentos; todo el mundo lo hace en Estados Unidos. En cambio el maestro Karajan prefería capturar el sonido general de la orquesta”. Ozawa fue alumno de Karajan y su observación acaba proponiendo un interesante punto de vista sobre aquel país: en Estados Unidos importan mucho más la fuerza y la eficacia de cada nota que el tumulto sonoro que producen las notas cuando están lejos del instrumento que las emite y, que al ir viajando por el aire, y mezclándose unas con otras, generan un sonido matizado que ya no es propiamente una nota detrás de la otra sino el todo sonoro de la obra. En Estados Unidos, extendiendo la observación de Ozawa, sacándola del contexto musical hacia el plano sociológico, se opta por controlar la unidad, el individuo, antes que gestionar a la colectividad.

Seiji Ozawa ha sido durante varias décadas el director de la Orquesta Sinfónica de Boston, y ha dirigido también la de Toronto, San Francisco, Chicago y algunas otras y, además, tiene una prestigiosa academia. Las conversaciones que tuvo con Murakami (Absolutely on music, Bond street books, 2016) son una larga disertación sobre la cotidianidad de este director que, seguramente porque estaba con su amigo escritor, habla siempre desde una sugerente intimidad. Nos cuenta, por ejemplo, que cuando llegó a dirigir la Sinfónica de Boston no pudo grabar en disco las obras que quería, sino una serie de obras francesas que le servían para “vender la orquesta” y, gracias a esa venta, mantener llena la sala. Cuando habla de su relación con los músicos cuenta que cada orquesta tiene su forma de discurrir, algunas son sólidas, otras simétricas, otras están más preocupadas por el balance, pero todo director ejerce eso que Ozawa denomina “mind-set”. “¿Mind-set?”, pregunta Murakami, a lo que Ozawa responde: “Cada uno de los músicos de la orquesta, desde el que está enfrente de ti hasta el último de la fila, está pensando, ‘soy yo el que está haciendo que esto funcione’, ‘yo soy el número uno’, y entonces entre todos desatan una tormenta”.

Más adelante, mientras oyen un concierto de Brahms, Ozawa revela cómo es que el sonido de los instrumentos de viento en las orquestas no se corta nunca, es una línea continua que nos hace pensar que el músico nunca interrumpe el flujo de aire para respirar; ¿cómo lo hacen?, pregunta el escritor y Ozawa responde: “Cuando la primera flauta interrumpe para coger aire, la segunda flauta continua la nota, de esta forma no hay interrupción. Es así precisamente como lo escribió Brahms. Los cornos operan de la misma forma”. Más allá de la música clásica, espoleado por la curiosidad de Murakami, Ozawa revela su gusto por el jazz y su pasión por el blues, que lo llevaba, en la época en que dirigía a la Sinfónica de Chicago, a manejar su coche dos o tres noches a la semana, hasta la zona de los antros donde tocaban las bandas de blues.

De su maestro Karajan cuenta que se sabía de memoria cada una de las notas de las obras que dirigía y que tenía los ojos permanentemente cerrados, no tenía nunca contacto visual con sus músicos, ni con la partitura que tenía en el atril. Esta información lleva a Murakami  a preguntarle a Ozawa cuál es, entonces, la utilidad del director al frente de la orquesta: “Durante la ejecución de la obra —dice el director— no importa cómo muevas la batuta. Lo que de verdad importa es cómo mueves la batuta durante los ensayos, mientras preparas a la orquesta”.