Melancolía de la Resistencia

Los sapiosexuales

La sapiosexualidad es un filtro que, en el mejor de los casos, allana el camino hacia el otro, pero sobre todo nos hace ver que seguimos atrapados en la vieja batalla entre la carne y el espíritu.

Dentro de la selva contemporánea de las identidades sexuales, en la que cada orientación tiene, digámoslo así, su etiqueta, empieza a tomar fuerza la rama de los sapiosexuales.

Sapio es saber en latín, por ahí van los tiros de la sapiosexualidad, que engloba a todo aquel, o aquella, cuyo punto de ignición (sexual) se localiza en la inteligencia del otro, y en la suya propia, claro, pues de otra forma no podría distinguir esa inteligencia que tanto la, o lo, excita.

Al sapiosexual le interesa más la inteligencia que el cuerpo que la contiene, esa es la teoría que se presta a más de una confusión porque, como bien sabrá usted, la inteligencia no es una capacidad integral, no existen las personas absolutamente inteligentes porque la inteligencia se reparte por sectores, hay quien tiene mucha inteligencia para resolver operaciones matemáticas y una inteligencia nula para las humanidades, como hay quien es un geniecillo de las finanzas y sin embargo carece de inteligencia emocional, y así sucesivamente. Esto viene al caso porque una chica sapiosexual, la comediante Teresa Sheffield, declaró hace unos días en un artículo del diario The New York Times que, dentro del espectro de la sapiosexualidad, a ella le gustan aquellos que poseen “comedic intelligence”, que se antoja traducir como “inteligencia comédica” pero, como el palabro no existe, diremos obedientemente: inteligencia para la comedia. Como puede verse la sapiosexualidad tiene tantas ramas como el árbol mismo de la inteligencia y esto puede ser un conflicto en el momento en que dos sapiosexuales se encuentran en el mundo tridimensional, en la vida real, sentada una al lado del otro (suponiendo que simultáneamente sean heterosexuales) en la barra de un bar.

Menciono el mundo tridimensional porque la sapiosexualidad nació en el mundo bidimensional que palpita en las pantallas, es una de las opciones que ofrecen las páginas de ligoteo como OkCupid o Tinder, donde la gente que busca pareja la encuentra, de manera virtual, y luego la enfrenta en el mundo real, en una cita como las de toda la vida. No se trata propiamente de una cita a ciegas, puesto que ya se conoce el espantajo cibernético del otro, pero desde luego los chascos abundan, ni las caras ni los cuerpos son, al final, lo que una foto favorecedora prometía, y también es verdad que hay factores que no se revelan hasta el momento del tête à tête: la forma en que el cuerpo del otro se acomoda y se desplaza por el espacio, el calor que despide, la manera en que mira, el estilo con el que improvisa sus frases, el tempo de su discurso, los diversos colores de su voz, ese movimiento que hace para acomodarse el pelo detrás de la oreja que resulta decididamente estremecedor.

El cliente de estos portales puede elegir relacionarse exclusivamente con sapiosexuales, escoge esta opción que se ofrece entre otras muchas, y de esta forma acota el territorio: terminará, teóricamente, con alguien a quien le interesa más la inteligencia que el cuerpo de su pareja.

Podría pensarse que a esta opción se apuntan los menos agraciados físicamente, pero el artículo del que hablaba más arriba presentaba fotografías de sapiosexuales francamente guapos. Al ver esas fotografías pensé que quizá la sapiosexual emblemática sea Marilyn Monroe, que teniendo todos los atributos para ser sexual a secas, aparece en una fotografía leyendo a Joyce (en traje de baño, eso sí), y según cuentan tenía en su librero a Whitman, a Flaubert, a Dostoievski, y en su cama al escritor Arthur Miller.

Los sapiosexuales, dice la teoría, acaban en la cama como todo el mundo con la excepción, supongo, de los que tienen exacerbado el sapio. Se trata de una opción sexual que puede combinarse, y complicarse, hasta el infinito; a la variedad de inteligencias que puede uno encontrarse hay que añadir la paleta de etiquetas sexuales, que es cada vez más generosa: se puede ser heterosexual, homosexual, bisexual, transexual, transgénero, pansexual, y sapiosexual al mismo tiempo.

La sapiosexualidad es otra etiqueta. No perdamos de vista que en el siglo XXI la de la etiqueta es una industria que crece desmesuradamente: quien no tiene una no existe.

La sapiosexualidad es un filtro que, en el mejor de los casos, allana el camino hacia el otro, pero también nos escatima ese camino, que a veces tiene cosas interesantes, pero sobre todo nos hace ver que seguimos atrapados en la vieja batalla entre la carne y el espíritu; al final todo es cuestión de proporciones, de porcentajes, de ese equilibrio que, una vez hallado, puede prescindir de las etiquetas.