Melancolía de la Resistencia

Ese radiodifusor que fui

Cuando yo hacía radio la música venía en aquellos grandes círculos negros (que hoy ya solo usan los nostálgicos y los DJ) y el locutor, mientras hablaba al micrófono sostenía, con el dedo pulgar, el disco que ya estaba montado en la tornamesa.

La semana pasada estuve presentando, en diversos medios de comunicación, mi nueva novela, y el periplo me llevó por varias cabinas de radio de la Ciudad de México. Cada vez que entro a una cabina de radio se desata en mi interior el fantasma de aquel radiodifusor que fui, aunque quizá más que fantasma se trate de un demonio, de una especie de electricidad que me hace conducirme como si todavía hiciera programas de radio, como si no llevara quince años sin practicar ese quehacer maravilloso que consiste en sentarse a hablar dentro del marco mágico que establecen dos canciones. Esta sensación, esta electricidad, es mucho más poderosa cuando la cabina está en el DF, la ciudad donde hice radio durante más de diez años, y se aligera cuando la cabina está en otra latitud. Además en México suelen entrevistarme amigos míos, ex colegas con los que coincidí hace años en alguna cabina o en algún proyecto radiofónico, y eso acicatea a ese fantasma, a ese demonio. Cuento esto para ilustrar la familiaridad que me arropa cuando entro a hablar en alguna cabina de radio de la ciudad, y aprovecho para hacer notar lo mucho que ha cambiado la forma de hacer radio, no tanto en el resultado que se oye al aire, como en los usos y costumbres del locutor en la cabina, muy distintos de los de aquella radio, digamos, manual, que hacía yo en, pongamos, 1986. En aquellos años el CD no se había adoptado plenamente en las estaciones de radio del DF; en la estación en la que tenía mi programa convivían los cartuchos, los discos LP, y una minoría de CD’s que poco a poco fueron imponiéndose pero que, a causa de la irrupción de los soportes digitales, tuvieron una vida breve dentro de las cabinas, comparada con las décadas completas de gloria en solitario que tuvieron los discos LP, aquellos grandes círculos de acetato negro. Cuando yo hacía radio la música venía en aquellos grandes círculos negros (que hoy ya solo usan los nostálgicos y los DJ) y el locutor, mientras hablaba al micrófono sostenía, con el dedo pulgar, el disco que ya estaba montado en la tornamesa, para soltarlo en el momento en que anunciaba la canción. Como las canciones tenían soporte físico, había que almacenarlas en una discoteca que ocupaba una habitación completa llena de estanterías. En alguna de las remodelaciones que se hizo en aquella estación, uno de los problemas logísticos importantes que tuvo que resolver el arquitecto era, precisamente, el del espacio que iba a contener la música, los miles y miles de discos que teníamos. Al perder la música su corporeidad, su presencia física, al volverse una criatura etérea se acabó ese problema de espacio, y hoy a quién pone música en la radio, le basta con una tableta, con un iPod o con su teléfono; en estos dispositivos cabe más música que en la habitación donde teníamos los discos en 1986. En aquella época, la única vía de comunicación directa con los radioescuchas era el teléfono, o las cartas de papel enviadas por correo, en cambio hoy quién hace un programa de radio está expuesto, para bien y para mal, al fuego cruzado de las peticiones, sugerencias y opiniones que salen en tumulto por mail, twitter, facebook y un largo etcétera. Cuando digo “para mal”, pienso en que antes teníamos ese tiempo, que hoy se aplica a la retroalimentación, para reflexionar, en la soledad de la cabina, sobre lo que íbamos a decir al final de la canción. La cabina en la que yo trabajaba estaba a unos catorce metros, desdoblados en dos pasillos de siete, de la discoteca; como en mis programas reinaba la improvisación, y la música se iba decidiendo sobre la marcha, según el humor del que me ponía la canción que estaba sonando, contaba con los tres o cinco minutos que duraba la pieza, para recorrer los catorce metros, caminando o corriendo según el caso, y elegir el disco que iba a poner a continuación. El despliegue físico que imponía aquella forma de hacer radio, generaba un estrés añadido al que de por si tiene el performance radiofónico, un estrés que hoy pueden ahorrarse los locutores del siglo XXI, que tienen toda la música que pueden desear, y más, en la palma de la mano. Aunque hace más de quince años que no hago radio, todavía hoy, algunas noches, tengo un sueño recurrente y angustioso: sueño que corro aquellos catorce metros para buscar un disco que no encuentro, y que oigo con angustia, mientras busco desesperadamente qué poner, como se va acabando la canción que está al aire y como la estación de radio, ese monstruo al que están oyendo decenas de miles de personas, se queda en silencio porque no he encontrado el disco a tiempo.