Melancolía de la Resistencia

El punto de vista

A nadie le interesa reflexionar sobre su pequeñez porque al mando de una pantalla, en la que comparece todo el universo conocido, lo que se experimenta es una estimulante omnipotencia.

La escritora Joan Didion cuenta que cada vez que viaja en avión pasa la mayor parte del tiempo mirando por la ventanilla. Mientras el resto de los pasajeros dormita, ve películas o lee un libro, ella va observando todos los detalles del territorio que sobrevuela. Lo que hace Didion es rescatar una actividad que ha caído en desuso, y que fue muy importante en los primeros días de la aviación: la gente se subía al biplano con la intención de ver el mundo desde arriba, de disfrutar de ese punto de vista que nos obliga a reflexionar sobre nuestra pequeñez.

Pero hoy la tendencia es precisamente la contraria: a nadie le interesa reflexionar sobre su pequeñez porque al mando de una pantalla, en la que comparece todo el universo conocido, lo que se experimenta es una estimulante omnipotencia.

Hace unos meses, pensando en lo que hace Joan Didion cuando viaja en avión, hice un vuelo de Barcelona a Estrasburgo mirando todo el tiempo por la ventanilla. A mitad de la ruta sobrevolamos una zona de los Alpes en donde las paredes montañosas están llenas de pliegues y hendiduras; dentro de estas, asfixiadas por los taludes de piedra, hay pueblitos de unas cuantas casas, a los que se llega, según observé desde el avión,
por unos caminos angostos y escarpados. Unos meses más tarde, por alguna razón que seguramente desató mi atenta observación de aquellos asfixiantes pueblitos, me encontraba en un automóvil que avanzaba por uno de esos escarpados y angustiosos caminos, rumbo a un festival literario. En Francia, en casi cada pueblo hay festivales literarios y librerías enormes y bien surtidas. Así que de pronto me vi en medio de ese entorno que había visto unos meses atrás, con aprensión, desde la ventanilla, desde un punto de vista colocado a 10 mil metros de altura. La sensación de estar 48 horas en un pueblo asfixiado entre dos taludes de piedra, al que solo toca el sol unos minutos al día, cuando logra colar un rayo por la abertura que ocupa la carretera, merece otro artículo; pero, antes de regresar al punto de vista, que es el tema de estas líneas, quisiera hacer notar la particularidad de ese pueblo en los Alpes que tiene un sol que ni lo baña ni lo ilumina, sino que llega por la carretera. ¿Cómo vive un pueblo con un sol que se comporta como un médico, o como un agente viajero?, ¿qué hubiera sido de Quetzalcóatl de haber nacido en ese pueblo alpino?

En la noche, mientras observaba el talud que estaba frente a la ventana de mi habitación de hotel, pensé que la angustia que me provocaba ese pueblo estaba conectada con el punto de vista que había tenido hacía unos meses, a 10 mil metros de altura, desde la ventanilla del avión; si hubiera volado leyendo un libro, o viendo una película, mi angustia hubiera sido menor pero me hubiera perdido de esa sensación que lo pone todo en una morbosa y saludable perspectiva.

En un artículo que escribió hace 25 años, Claude Levi-Strauss reflexionaba sobre lo mucho que cambió la idea que se tenía de las civilizaciones prehispánicas en cuanto pudo sobrevolarse en avioneta el territorio donde estaban asentadas. Las fotografías aéreas de esas zonas, el punto de vista de pájaro, dio a los arqueólogos una idea muy precisa de la dimensión que tenían aquellas ciudades, y a partir de esta idea, de esa perspectiva aérea, ajustaron los datos sobre la población que había y sobre la extensión de los cultivos que alimentaban a esa población.

El punto de vista cambió, o más bien se hizo más amplio, cuando comenzamos a ver el mundo desde un globo, desde un zepelín o un biplano, desde un jet y luego desde un satélite; ahora, en el siglo XXI, el rizo ha vuelto a rizarse con esos astronautas, que viven en una estación espacial, y que cuelgan continuamente fotografías en sus cuentas de Twitter (@AstroSamantha, @AstroTerry, @Astro_Alex…). La perspectiva del planeta que nos regalan cada día esos astronautas es uno de los privilegios que tenemos los habitantes de este milenio. Hace un rato me asomé a sus cuentas, como se asoma Joan Didion por la ventanilla del avión, y vi el asombroso sobrevuelo nocturno que hace la estación espacial sobre Europa, y que termina, graciosamente, en el tacón de la bota de Italia. También vi una fotografía del ojo de un reciente huracán, tomada desde esa altura, en la que puede verse un inquietante agujero que se enrosca sobre sí mismo como la cuerda de un tornillo, en el centro de un espeso banco de nubes. Y una más, que me impresionó por su sencillez, o mejor, por lo mucho que ignoraba de esa sencillez: la de un volcán visto desde el cielo.