Melancolía de la Resistencia

El pirata del "boom"

El perfil de Tola que dibuja el libro de Xavi Ayén es más bien oscuro; Félix de Azúa opina: “Era un tipo listísimo que, tras su fracaso en Barcelona, se dedicó a la industria pirata en México; imprimía libros sin derechos en el desierto, en Puebla.

El periodista catalán Xavi Ayén acaba de publicar un grueso libro (Aquellos años del boom, RBA, 2014), cuyo corazón son los años que vivieron García Márquez y Vargas Llosa en Barcelona y la gestación, a la sombra de la agente literaria Carmen Balcells, de eso que se llamó el boom de la literatura latinoamericana. Ayén hace una emocionante investigación, que a ratos apabulla, sobre los personajes de aquél fenómeno que tuvo a Barcelona como centro y de sus repercusiones en la literatura latinoamericana que, antes del boom, era vista con cierto desdén. Ayén propone su lista de escritores del boom, que puede discutirse, pero sobre todo saca a la luz una explosiva trama de personajes secundarios, editores, correctores, empresarios, novias y amigotes, entre los que se encuentra el editor peruano Fernando Tola, que de ser el brazo derecho de Carlos Barral en Barcelona, pasó al pueblo de Santa Rita Tlahuapan, donde fundó la editorial Premiá, que forma parte de la biblioteca de cualquier lector mexicano serio, que venga cargando sus libros desde el remoto siglo XX. En esa venerable editorial leímos, por ejemplo, El buen soldado, de Ford Madox Ford, en la traducción de Sergio Pitol, o Sentimiento del tiempo, de Ungaretti, traducido por Tomás Segovia, o el célebre De lo espiritual en el arte, de Kandinsky, o el tremendamente manoseado, y no siempre bien comprendido Tao Te King. Todos estos libros los editaba Tola en Santa Rita Tlahuapan, con la ayuda de un grupo de campesinos, que echaban la mano después de sus faenas agrarias, y de su mujer Margarita Millet, que había sido secretaria de Carlos Barral en Barcelona y cuyo lugar de nacimiento, Premiá de Mar, dio el nombre a la editorial. Mientras Xavi Ayén entrevista a Margarita para redondear su investigación, nota que en el libro de Carlos Barral que hojea hay una página arrancada y le pregunta al respecto: “Me la arrancó Fernando (su marido), que era muy celoso, porque consideró que la dedicatoria de Barral era demasiado efusiva”. Fernando Tola trabajaba en Barral editores, que fue la editorial que agrupó a los autores del boom y que un buen día quebró de manera estrepitosa, entre otras cosas por su proyecto de expansión hacia Latinoamérica, que tenía a México como plataforma de lanzamiento, representado por Fernando Tola, que era el hombre de confianza de Carlos Barral y uno de los hombres más influyentes de la literatura que se publicaba entonces en Barcelona, de autores como García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar, Donoso, Bryce, etcétera. El perfil de Tola que dibuja el libro de Xavi Ayén es más bien oscuro; Monserrat Sabater declara: Tola “contribuyó a arruinar la editorial (...) Barral lo colocó después en la distribuidora Enlace, que lo envió de delegado en México, episodio que también fue horroroso”. El escritor Félix de Azúa opina: “Era un tipo listísimo que, tras su fracaso en Barcelona, se dedicó a la industria pirata en México; imprimía libros sin derechos en el desierto, en Puebla. Era estupendo, pero una catástrofe como gerente”. El editor de Anagrama, Jorge Herralde, cuenta que fue él quien, en un viaje a México, descubrió las oscuras maniobras de Tola, gracias a que el chofer de este le enseñó las “facturas que demostraban que Tola hacía impresiones piratas de los libros nuestros que funcionaban bien y se quedaba el dinero para él”, y añade que con su mujer “y unos inditos, se puso a imprimir por su cuenta, estuvo quince o veinte años imprimiendo libros sin derechos”. “Éramos corsarios, no piratas”, se defiende la mujer de Tola, mientras Bryce Echenique, desde su casa en Lima, asegura que Tola arruinó a Barral, y la escritora española Rosa Regas remacha: “era una buena persona, pero uno de esos tipos que rompe todo lo que toca”. Carlos Barral describía así a su colaborador: “Tenía un aspecto magnífico, un porte elegantísimo que remataba con el uso de espléndidos ponchos oscuros y otras prendas ligeramente extrañas, y aparentaba una dureza muy cinematográfica y americana (...) era abstemio, horrendo consumidor de Coca-Colas y nervioso fumador”. Bryce Echenique, que también tiene lo suyo, añade oscuridad a los foscores de Tola; cuenta que la primera edición de Un mundo para Julius, que hizo Barral, salió con “setecientas ochenta y tantas erratas espantosas”, que “fueron introducidas aposta por peruanos que trabajaban con Barral. Yo diría que fue Fernando Tola”. De manera que buena parte de las lecturas de una legión de mexicanos del siglo pasado, viene de Santa Rita Tlahuapan, de la imprenta de aquel pirata que tuvo a bien enseñarnos a Kandinsky y el Tao Te King.