Melancolía de la Resistencia

Los changos

Los macacos de Berbería se mueven libremente por los árboles del peñón, pero también por sus calles, sus plazas, por los toldos de los restaurantes y los techos de los automóviles.

Gibraltar es una rareza. Es un peñón dentro del territorio español que pertenece a Inglaterra. Esta anomalía, propia de los tiempos de los grandes imperios, tiene su equilibrio a unos cuantos kilómetros de distancia, en Ceuta y Melilla, dos ciudades que, aún cuando están en Marruecos, son territorio español. Como la narrativa histórica de estas dos anomalías está, a disposición de quién se interese por el tema, en cualquier enciclopedia, pasaré directamente a los changos de Gibraltar, que son una rareza dentro de la rareza.

El peñón está lleno de unos monos africanos conocidos técnicamente como macacos de Berbería; en 1975 había 17 mil 500 ejemplares y hoy quedan 8 mil. Como Gibraltar es el único territorio europeo en el que hay changos en libertad, los contrabandistas de animales se llevan a las crías del peñón para venderlas en otros países, por esto es que la población se ha reducido tanto en los últimos cuarenta años. Estos macacos de Berbería se mueven libremente por los árboles del peñón, pero también por sus calles, sus plazas, por los toldos de los restaurantes y los techos de los automóviles, y como valor añadido poseen una exaltada vena social que los lleva a convivir con los turistas, porque los nativos ya no se dejan camelar por los macacos. Hace unos días una turista británica de nombre Melissa Hart, presentó una denuncia por la agresión sexual de uno de estos changos, en la comisaría del Peñón. El agresor le brincó encima y al tiempo que soltaba unos gritos dignos del rey de la selva, le arrancó el sujetador y comenzó a tocarle lascivamente los pechos. La policía no pudo levantar el acta porque Melissa, la víctima, fue incapaz de señalar a su agresor, que es idéntico a los otros miles de monos que pueblan el peñón.

Cabe preguntarse si esa conducta es propia de los macacos o si la han aprendido de los humanos, de alguno de esos infelices que abusan de las mujeres y que, sin sospecharlo, dan un ejemplo tóxico a los changos, que al ser muy listos y casi parientes nuestros, aprenden muy rápidamente.

A pesar de sus tropelías, sexuales o simplemente vandálicas, los changos del Peñón gozan de un enorme prestigio que descansa en una leyenda: el día que desaparezcan de la isla, Gibraltar dejará de pertenecer a Inglaterra. Aunque la leyenda es poco razonable, durante la Segunda Guerra Mundial, en un momento en el que se temió por la vida de los changos, Winston Churchill mandó importar cientos de ejemplares para asegurar su subsistencia en el Peñón.

Cuando me preguntaba si la agresión sexual a la turista inglesa era un acto que el macaco había copiado de un humano, recordé la historia del chimpancé que tenía el Marqués de Altimira, un noble de Barcelona que vivía solo en su palacete, con la única compañía de su chango que le servía de mayordomo. La función de aquel animal era asistir al Marqués en todas sus tareas domésticas, y además recibir y anunciar a las visitas, cosa que el chango resolvía presentándose en la puerta, cada vez que alguien tocaba, con una librea, un gorrito rojo de botones de hotel, y una bandeja de plata en la que el interesado ponía su tarjeta de visita. El chango le llevaba la tarjeta a su amo y este decidía si lo invitaba a entrar.

Aunque el marqués se comportaba como si fuera un personaje del siglo XIX, este episodio que voy contando aquí sucedía en la segunda mitad del XX. Cuentan que el chango no se despegaba de su amo, dormía en una camita adjunta a la del marqués y lo acompañaba en todas sus actividades domésticas, que eran casi todas pues el hombre salía poco de su palecete; así que desayunaban juntos y después el mayordomo apoyaba con jabón, cepillo para la espalda y toallas a la hora del baño, y espuma y loción para el momento del afeitado. A lo largo del día el marqués leía la prensa deportiva en catalán, escribía cartas en alemán a sus parientes los Habsburgo y escuchaba canciones en inglés del Captain Beefheart.

Dicen que cuando recibía a algún invitado, con el riguroso procedimiento de la tarjeta de visita en la bandeja, el chango preparaba unos gin tonic muy cargados de ginebra, que todavía hay quien recuerda a pesar de que el Marqués murió hace años, y de que su palacete es hoy una escuela de música y sus ampulosos jardines un parque abierto al público.

Pero estábamos en lo que es capaz de aprender un chango. Antes que el Marqués murió su chimpancé, que lo adoraba y lo admiraba de tal manera que una tarde, queriendo imitarlo, se embadurnó de espuma la pelambre del cuello y al tratar de afeitarse como lo hacía Marqués, se rajó la carótida y quedo ahí el pobre, degollado frente al espejo.