Melancolía de la Resistencia

El padre doméstico

La degradación del padre lo ha orillado a invadir el territorio de la madre, o más bien, a ocupar el espacio que ésta deja.

El siglo XXI ha despojado al padre de casi todos sus atributos. Dentro del elenco familiar el padre se ha convertido en el personaje secundario que sostiene, y da juego, a los protagonistas que son los hijos.

Ya lo advirtió hace unos años el psicoanalista italiano Massimo Recalcati: "La autoridad simbólica del padre ha perdido peso, se ha eclipsado, ha llegado irremisiblemente a su ocaso"; esto dice en su estupendo ensayo El complejo de Telémaco (Anagrama, 2014).

Ya Lacan hablaba en su tiempo, que es anterior al de Recalcati, de la "evaporación del padre", lo cual, visto lo que sucede hoy con la figura paterna, no era tan mala noticia; seguramente el padre evaporado, gracias a su ausencia, tiene más peso que el padre de cuerpo presente que hoy ha sido relegado en el organigrama familiar. Digo organigrama para evitar decir la jerarquía familiar, porque todo se tuerce en cuanto aparece el jerarca.

En el siglo pasado, y en el XIX (irnos más atrás sería imprudente), el padre era un personaje distante que trabajaba todo el día y que aparecía en casa, propiamente, los fines de semana. Esta distancia lo dotaba de un aura mitológica, digámoslo así con el ánimo de subrayar su función de héroe, pues era el que salía a cazar el ciervo que se comería la familia y, además, el sabio del núcleo al que todos se acercaban en busca de orientación. Esa distancia, ese irse a cazar permanentemente el ciervo, lo salvaba del escrutinio de sus hijos. Hablo del aura mitológica porque los padres de antes transitaban por encima de la realidad y su figura estaba sostenida por las madres, que siempre han estado ancladas a la realidad y eran, hasta hace muy poco, las que lidiaban, solas y como podían, con la casa y con los hijos. La mitología del padre hubiera sido insostenible sin el fundamento que proveía la madre. El homenaje a la madre que debería seguir a continuación voy a dejarlo para otro artículo, para centrarme, no en la evaporación del padre que anunciaba Lacan, sino en su degradación o, para ser menos violento, en su domesticación.

El padre doméstico del siglo XXI está todo el tiempo que puede con sus hijos, se involucra en las labores de la casa, ayuda a hacer la tarea, trata de orientar de acuerdo con sus parámetros, se ha convertido en un elemento siempre presente y muy cercano, los hijos saben que está siempre ahí y esto les permite fiscalizarlo permanentemente, lo tienen controlado, no puede hacer nada sin que sus hijos lo juzguen, normalmente a la baja. No hay en todo el universo social una figura tan monitoreada como el padre (y la madre, claro), que ha pasado de ser el héroe, el cazador ausente en busca del sustento y, por tanto, difícil de monitorear, a reconvertirse en un activo de la intendencia del hogar, cargado de defectos. No es que la del padre sea una figura defectuosa, sucede que nada, ni nadie, puede resistir semejante escrutinio.

Además de haber perdido su estatura mitológica (no hay mito que resista tanta cercanía), el padre ha perdido también su papel de educador; cada vez que aporta un dato los hijos van a Google a comprobarlo y, cuando tienen dudas sobre las drogas, o el sexo, o la tarea de física, buscan la solución en la red; en la circunscripción educativa Google es el Darth Vader que le dice al hijo: "Soy tu padre".

La degradación del padre (lo de domesticación ya me parece muy suave) lo ha orillado a invadir el territorio de la madre, o más bien, a ocupar el espacio que ésta le deja; el padre del siglo XXI se ha convertido en una madre de segunda categoría, lo cual nos invita a pensar que el padre no se estaba evaporando, como decía Lacan, ni degradando como apunté hace un momento: lo que hacía era mutar, transformarse en una nueva figura a la que ya no le quedan ciertos arquetipos como, por ejemplo, Edipo: el hijo-Edipo que desafía al padre ya no viene hoy al caso: ya no es necesario matar simbólicamente al padre porque ya, otra vez simbólicamente, no representa ninguna amenaza.

Ahora conviene preguntarse: los padres hemos perdido o hemos ganado con esta restructuración. Lo que hemos perdido en el territorio de la mitología, me parece, lo hemos ganado en la zona afectiva; los padres ya no somos héroes, ni podemos competir con Google, pero a cambio estamos metidos en la trinchera sentimental, tuteándonos con nuestros hijos y enterrando los despojos del pinche Edipo. Los padres de hoy, más allá de los servicios y las vituallas que debemos proveer, somos un dispositivo sentimental y a mí, para qué nos vamos a engañar, me gusta ese papel.