Melancolía de la Resistencia

La ciudad canónica

En las ciudades de hoy la vista topa siempre con una pared, con un anuncio, con el coche que va delante del nuestro, nunca hay horizonte suficiente para que la vista se eche a volar.

Una ciudad a escala humana es aquella que tiene unos 60 mil habitantes, una densidad de 150 personas por hectárea y una extensión que permita a todos llegar al centro en no más de diez minutos. Así era la Atenas de Pericles y la Florencia de los Medicis.

Este canon ya es difícil de aplicar en el siglo XXI; hoy las ciudades están superpobladas porque la gente se apiña, cada vez más, en las áreas urbanas. La escala ha cambiado y quizá hoy una ciudad a la medida de las personas tiene el tamaño de Barcelona, un millón y medio de habitantes y un tiempo de caminata hasta el centro que rara vez pasa de media hora. La escala humana de las ciudades empieza ahí, en la posibilidad que tienen sus habitantes de llegar caminando a cualquier sitio, porque las distancias nunca son excesivas, pero también por el diseño de sus calles y por sus particularidades topográficas, además de su clima y de otros factores determinantes como la polución o el índice de criminalidad.

El canon de la Atenas de Pericles nos queda ya muy lejos, le queda lejos incluso a la misma Atenas, que hoy es una ciudad mastodóntica y llena de humo, demasiado extensa y con zonas impracticables para alguien que desea caminarla. En el área metropolitana de Atenas hay alrededor de 4 millones de habitantes, una cifra que la sitúa muy lejos de nuestra Ciudad de México que ya necesita, para su comprensión, un canon especial. Precisamente el canon de Pericles también tenía que ver con la comprensión de la ciudad, cualquier griego habitante de la polis, podía contemplar la ciudad completa con todos sus detalles; desde una altura modesta veía los edificios del centro, las casas, el mercado, los límites urbanos y más allá la zona agrícola y las granjas y los establos que abastecían a la polis. No necesitaba un medio de transporte ni un plano, ni una Guía Roji para orientarse porque todo lo controlaba a simple vista y, de paso, al contemplar el horizonte ilimitado que había más allá de la ciudad, en el campo o en el mar Egeo, ejercitaba los ojos y este factor incidía en el bajísimo índice de miopes que había en Atenas. En las ciudades de hoy la vista topa siempre con una pared, con un anuncio, con el coche que va delante del nuestro, nunca hay horizonte suficiente para que la vista se eche a volar, y si a esto sumamos que la mayoría de los ciudadanos viven en casas pequeñas, en departamentos sin jardines para que la vista se estire, encontramos que hay una notable población de urbanitas miopes.

Los 60,000 habitantes de la Atenas de Pericles, son pocos hasta para una colonia del Distrito Federal, aunque son más de los que propone el canon de Platón, que en su libro La república sugiere que en la ciudad debe haber 5 mil ciudadanos, que con todo y sus familias no excedan las 50 mil personas, más o menos la mitad de la gente que cabe en el estadio Azteca. El cálculo de Platón más que urbanístico era de corte sociopolítico, tenía que ver con la comunicación entre los ciudadanos, con la forma en que se emite y se transmite un mensaje sin sufrir ninguna alteración. La cifra de 5 mil obedecía a la cantidad de personas que pueden oír simultáneamente el discurso a viva voz de un orador y además replicar, responderle y cuestionarlo. También consideraba Platón que era importante, para que la ciudadanía quedara bien articulada, que cada persona conociera el carácter de los demás. Esas 5,000 personas que contemplaba Platón cabían en la plaza pública y ahí era donde hablaba el orador, la gente se concentraba para oírlo, iba hacia a él, precisamente lo contrario de lo que pasa con los oradores en el siglo XXI, que serían los políticos, porque son ellos, desde esa plaza pública ubicua que son las redes sociales, los que van hacia la gente, los que se aproximan a la multitud desde el ágora electrónica.

No solo se han malogrado esas ciudades canónicas que proponían Platón, Pericles y los Medicis, también lo ha hecho la comunicación entre los ciudadanos, que hoy ven a sus oradores por la televisión o en el Periscope, y esta distancia sideral que existe entre, digamos, el gobernante y la gente, deja unos espacios enormes para la corrupción que, cuando todo se dirimía frente a los 5 mil que llenaban la plaza pública, no existían. Lo malo de haber perdido la ciudad canónica, no es solo que hoy todo nos queda muy lejos, ni que no logramos comprender la urbe en la que vivimos, también es que hemos perdido de vista a la autoridad que, en los tiempos de Pericles, teníamos al alcance de la mano. "Las distancias apartan las ciudades, las ciudades destruyen las costumbres", dijo con gran clarividencia José Alfredo Jiménez, el más influyente de nuestros filósofos.