Melancolía de la Resistencia

La novia comprada

Después de leer una historia sobre el dinero que la familia del novio da a la de la novia cuando se casan, en países como Sudáfrica, Kenia y Nigeria, a la hora de fijar el dinero que vale la novia, el asunto se convierte en una transacción comercial.

El aristócrata español José Luis de Vilallonga cuenta cómo se caso con su primera mujer, Pip Scott-Ellis, que pertenecía a la aristocracia inglesa. En determinado momento de sus vidas, cuando eran los dos muy jóvenes, el regreso de Pip a Inglaterra amenaza con separar a la pareja. Cuando están discutiendo de qué manera van a enfrentar esa eventualidad, Pip sugiere que, si estuvieran enamorados, se casarían y el problema quedaría resuelto, e inmediatamente después añade, “pero no lo estamos”. Esta escena de amor sucedió al final de la Segunda Guerra Mundial, en Barcelona, en una época en que para resolver este tipo de conflictos no había más opciones que la separación o el matrimonio, no había grises, la cosa iba del para siempre al nunca más. Vilallonga, que también era escritor, cuenta en unas curiosas memorias que grabó, de viva voz, en casets, la forma en que resolvió el planteamiento amoroso de su novia Pip: “Mira, no estamos enamorados, pero nos queremos mucho. Tenemos los dos un gran sentido de la complicidad. Nos divierten y nos fastidian las mismas cosas. Tenemos ya en común todo lo que no tienen aquellos que se casan enamorados cuando se les pasa el amor. Así que no hagamos el idiota y casémonos”. Vilallonga era un hombre, como puede verse, muy práctico; de hecho su visión práctica del matrimonio tiene que ver con el título que le puso a estas memorias grabadas en caset, y que luego fueron publicadas como libro: La nostalgia es un error. Quién no tiene nostalgia, ni se enamora, decide con más objetividad que el nostálgico enamorado pero, en esos dos territorios, el amor y la nostalgia, tan ricos en matices, tan nutritivos para el cuerpo y el espíritu, ¿de verdad es tan importante la objetividad? Pensaba en esto, y en la practicidad aristocrática de Vilallonga, después leer una historia sobre el dinero que la familia del novio da a la de la novia cuando se casan, en países como Sudáfrica, Kenia y Nigeria. Lobola es el término que se utiliza en estos países para designar esta transacción, que es un método para formar una pareja bastante más radical que el aplicado por Vilallonga, porque puede que los novios ni siquiera tengan en común el cariño y la complicidad que tenían los dos aristócratas. A la hora de fijar el dinero que vale la novia, el asunto se convierte en una transacción comercial que, en estos países, suele ser un intercambio, de la mujer por tal cantidad de vacas, o de camellos, como pasa en algunas zonas de Egipto. El intercambio de la mujer por las vacas es el producto de una larga y trabajosa negociación, llena de regateos, sin más referentes que aquello que se ve a simple vista (los dientes del novio, los muslos de la novia, la condición física de los dos), o las virtudes que las familias aseguran que su hija, o hijo, poseen; se trata, en suma, de una negociación en la que reina la subjetividad. Para poner remedio a esta arbitrariedad, el ingenioso inventor Kopo Robert Matsaneng, puso la costumbre de la dote en el plató electrónico del siglo XXI y presentó una app, que puede bajarse al teléfono celular, que calcula la lobola de manera muy objetiva. La teoría de la App dice, grosso modo, que una mujer que haya ido a la universidad, soltera y sin hijos, sale más cara a la familia del hombre que una viuda con hijos y sin universidad. La aplicación también baraja variables como las deudas, o las posesiones, o las herencias que pueda tener la candidata. Si la mujer tiene 27 años, mide 1.65, pesa 58 kilos, usa talla 38, tiene estudios universitarios y empleo, es soltera, no tiene hijos y puede ser considerada atractiva (todas estas son variables que la familia introduce en la App), su familia recibirá 9 vacas o 6,651 dólares. En cambio, si tiene 40 años, mide 1,60, pesa 80 kilos, usa talla 46, ha llegado solo hasta secundaria, no trabaja y ha estado casada y tiene hijos, la App de Matsaneng arroja un saldo negativo de dos vacas o 1,399 dólares, que la familia de la novia deberá pagar a la del marido. La aplicación tiene una modalidad para los usuarios sudafricanos, que pueden conocer el valor de su novia en dólares o en rands (la moneda de aquel país). La discusión alrededor de este instrumento de medición es bastante espesa; hay quién argumenta que desvirtúa la tradición y fomenta el machismo, y hay quienes lo encuentran muy práctico. Todo queda en esa lucha arquetípica de los románticos contra los pragmáticos. De momento los pragmáticos han descargado la aplicación, en unas cuantas semanas, 20,000 veces. También es verdad que la discusión quedará zanjada, y todo resuelto, el día que se erradique esa costumbre tribal de la lobola.