Melancolía de la Resistencia

La noche en el bosque surrealista

El tema de la autopromoción había sido cristalizado por el poeta francés André Breton en un ingenioso anagrama: las letras del nombre Salvador Dalí, luego de un malicioso "remix", formaron las palabras “Avida Dollars”

El pintor Salvador Dalí estaba en Monterey, California, la noche de año nuevo de 1942. Su pintura, siempre acompañada por su personalidad excéntrica, había hecho de él una superestrella que, sobre todo en Estados Unidos, atraía todas las miradas. Dalí aprovechaba su estancia en ese país para autopromocionarse y, sobre todo, para ponerse a salvo de la guerra que asolaba Europa. El tema de la autopromoción había sido cristalizado por el poeta francés André Breton en un ingenioso anagrama: las letras del nombre Salvador Dalí, luego de un malicioso remix, formaron las palabras “Avida Dollars”.

Desde esa famosa avidez por los billetes verdes, el pintor organizó una cena de fin de año en el Hotel del Monte, que tituló La noche en el bosque surrealista, a la que asistieron, sobre todo, millonarios y especuladores financieros, así como algún actor de Hollywood, como Bob Hope. Aquella cena de hace 73 años fue presidida por Gala, mujer y avidez del pintor, que recibía a los invitados disfrazada de unicornio, con un cachorro de león al que daba continuamente de beber, mientras su marido iba de un lado a otro con unas enormes orejeras que eran, en realidad, dos rostros de cartón que triplicaban el suyo. En YouTube hay una pieza noticiosa que da cuenta de aquella fiesta (“Dizzy Dali Dinner”). Mientras los comensales buscaban las partes comestibles de la cena, un chango brincaba por la mesa; en dos momentos del clip se ve a Bob Hope tratando de atacar los platillos que le han servido: un pescado metido en un elegante zapato de mujer, y una fuente de ranas vivas, que brincan cuando les acerca el tenedor.

El cachorro de león que acompañaba a Gala me remite a una pantera que tenía Dalí a sus pies una tarde en que comparecía ante la prensa española, en su suite  del hotel Ritz, en Barcelona. El pintor, en una de las cimas de su proverbial postureo, tenía una mano encima de la cabeza de la pantera, y otra en la cabeza del fémur de la bellísima cantante francesa Françoise Hardy, que era entonces la más célebre de las chicas yeyé, y una de las musas predilectas del pintor catalán. Hardy tiene un inquietante hit, de lánguida, y muy explícita sensualidad, titulado “Tous le garçons et le filles” (Todos los chicos y chicas), que grabó en 1962, y aderezó con un video (que también está en YouTube), donde se le ve cantando frente a la cámara mientras se desplaza por una calle brumosa de París; eso es todo: no es más que ella y su perturbadora sensualidad, rodada en un blanco y negro que todo el tiempo parece que está al rojo vivo. Pues en ese muslo posaba la mano el pintor Dalí mientras coqueteaba con la prensa, en los años setenta, en el hotel Ritz. Lo sé porque lo vi con mis propios ojos, mientras acompañaba a una periodista, prima de mi madre, que me llevó a la suite  del divino pintor. Yo era entonces un niño al que impresionaba más la pantera que la impresionante cantante francesa.

La cena de año nuevo en 1942 fue organizada por los Dalí con fines autopromocionales, pero también para recabar dinero y ayudar a los artistas europeos perjudicados por la guerra; en cambio, la comparecencia en el hotel era autopromocional a mansalva; quiero decir que todo lo que había era la exhibición de la persona del pintor (no había ni un cuadro suyo) y una parvada de periodistas que le hacían preguntas y que él respondía aleatoriamente. Por la suite revoloteaba media docena de asistentes del pintor, que repartían canapés en una gran charola y copas de champán. A mí, como era un niño, me tenían sin cuidado la comida salada y la bebida, pero me sentía fuertemente atraído por dos globos de helio que vagabundeaban sospechosamente por la suite. Eran dos globos grandes y alargados que, ahora que lo pienso desde mi adultez morbosa, debían ser dos falos que el pintor habría echado a flotar para cumplir con la cuota escatológica que se esperaba de él, que tenía en muy alta estima estética las zonas más comprometidas del cuerpo, y sus flujos, sus deyecciones y sus deposiciones. Los globos flotaban con engañosa libertad, con un sospechoso desenfado, porque si se les observaba detenidamente, se notaba que tenían un objetivo, una hoja de ruta oculta.

En algún momento los globos se quedaron suspendidos encima de la trinidad que formaban Salvador Dalí, la pantera y Françoise Hardy, precisamente cuando el pintor decía que el helio, el gas del que estaban llenos los globos, era el único gas inteligente. Inmediatamente después de esta declaración, y para probarnos que era verdad lo que decía el pintor, uno de los globos se posó en los muslos de Françoise Hardy.