Como explicación para el dato de que los estadunidenses hoy tienen menos relaciones sexuales que nunca (desde que el coito se disecciona estadísticamente, claro), se dice que los divertimentos electrónicos atenúan y hasta sustituyen la energía libidinal. A estos divertimentos también se achacan —no en la totalidad pero si en una buena parte— la baja productividad, el desinterés político y la escandalosa complacencia con la que la sociedad en general observa cualquier fenómeno.
Pongámosle nombre a las causas de ese enfriamiento sexual: Netflix y PlayStation, por citar dos ejemplos. Como si la proverbial calentura que nos ha mantenido durante decenas de milenios como especie en el planeta se debiera, exclusivamente, a que no teníamos otra cosa qué hacer. La televisión, la radio y los libros no pudieron con el sexo; todas esas distracciones, según las estadísticas, convivían pacíficamente con la vida sexual de las personas. ¿Será que los divertimentos electrónicos de hoy son más adictivos? Quizá, pero también resulta más cómodo, y seguramente más decoroso, culpar a Netflix de esa realidad para la que cualquier otra explicación resultaría más desconcertante. A lo mejor es al revés, y el bajón general de la libido en Estados Unidos está siendo paliado por estos divertimentos electrónicos. Después de todo en Japón, que es un país que está casi siempre en el futuro, el sexo importa cada vez menos. Y no olvidemos aquel verso de Leonard Cohen: “Un hombre y una mujer desnudos ya son solo un deslumbrante artefacto del pasado”.
El enfoque recuerda el empeño con el que se empieza a responsabilizar a la cadena de televisión rusa Russia Today (RT) de la desestabilización de Occidente, con fake news que no hacen más que envenenar el ambiente para debilitar a nuestra sociedad. Desde luego que Netflix puede afectar al sexo y a la productividad, y que RT puede perturbar el ambiente occidental, pero, si se atienden otras evidencias, más bien parece que todo esto son manifestaciones de un estrepitoso colapso.
En su ensayo The Complacent Class (St. Martin’s Press, 2017), Tyler Cowen concluye, a partir de una serie irreprochable de datos duros, que la segunda parte del siglo XX fue un periodo casi feliz para la humanidad, sin guerras mundiales, sin grandes descalabros económicos, sin demasiadas epidemias, y que el siglo XXI está afincado en un polvorín: la gente desconfía cada vez más del sistema democrático, y la manera en que crece el fundamentalismo religioso y se multiplican los nacionalismos étnicos nos invita a mirar el futuro con desconfianza. Este ensayo, y también las reflexiones con las que empieza este artículo, parten de Estados Unidos, un país que no se parece al nuestro pero que tiene una influencia tremenda sobre nosotros: cada cosa que les pasa a ellos, sobre todo cuando es negativa, repercute aquí. Y en el mundo virtual, donde está situado Netflix ya no hay fronteras: si es verdad que estos divertimentos afectan la estadística sexual de nuestros vecinos, afectan sin duda también la nuestra.
En el ensayo de Cowen queda claro que la economía estadunidense no ha hecho más que decaer desde hace cincuenta años; no se trata de la mala o buena gestión de los distintos gobiernos sino de un alud que les va pasando a todos los presidentes por encima. La sociedad estadunidense se ha vuelto estática, ha perdido el gusto por aventurarse; el número de personas que salían de su Estado para ir a buscar una oportunidad en otro ha disminuido, en cincuenta años, a la mitad.
De los años ochenta para acá, el número de ciudadanos menores de treinta años que son dueños de un negocio se ha reducido en un 65 por ciento, lo cual apunta que los millennials serán la generación empresarial menos productiva de la historia de Estados Unidos. Otros datos completan el panorama estancado que ofrecen estos primeros años del siglo XXI: los empleados cambian menos de trabajo que sus padres y tienen mucho menos energía para proyectar e innovar, según los números de la oficina de patentes, que vienen decayendo desde 1999. Otro dato, que es la metáfora del pasmo y el estancamiento: el número de gente que aplica para conseguir su licencia de manejar decae continuamente desde la década de los ochenta.
Los ensayos, repito, están basados en Estados Unidos, pero aquella realidad no difiere mucho de la de los países europeos y, en muchos aspectos, me temo, tampoco de la nuestra.
No son los rusos ni Netflix los causantes de la decadencia: Occidente se derrumba solo desde hace medio siglo, mientras nosotros, pobres mortales, vivimos distraídos, abismados frente a la pantalla del teléfono.