Melancolía de la Resistencia

Narcóticos contra el siglo XXI

Lo práctico, lo rápido, lo que deja ganancias dinerarias, sociales o políticas importa más que, por ejemplo, esa actividad solo inútil en apariencia que es sentarse a no hacer más que pensar.

“En general, la ciencia ha embrutecido a los hombres reduciendo su conciencia metafísica”, nos dice el filósofo rumano Emil Cioran, en un nuevo libro que acaban de rescatar, en nuestra lengua, de su desalmada bibliografía: Lágrimas y santos (Hermida editores, 2017).

¿La ciencia embrutece a los hombres?, me parece que no, pero es cierto que quita espacio a las cosas inútiles, a cuyo grupo pertenece la metafísica. El libro fue escrito en 1937, cuando la gente todavía consideraba la opción de hacer cosas inútiles, como reunirse a conversar alrededor de una mesa, caminar por la ciudad o el campo, aprender de memoria un poema, cosas que en el siglo XXI ya no existen porque a cada momento hay algo más útil que hacer.

El prestigio de lo útil se ha espumado en nuestra época, lo práctico, lo rápido, lo que deja ganancias dinerarias, sociales o políticas importa más que, por ejemplo, esa actividad solo inútil en apariencia que es sentarse a no hacer más que pensar.

Pero resulta que es a través de las actividades inútiles por donde se llega a la frecuencia más interesante de la vida: lo útil no es más que útil, en cambio lo inútil, al no servir para nada, nos ofrece un montón de posibilidades, nuevas estrategias para enfrentar la vida, nuevos caminos, ese punto de vista insólito que descubrimos después de repetir de memoria la línea luminosa de un poeta.

Dice Cioran: “A temperatura normal, no se descubre más que la tierra. ¿A 36º? ¿Qué otra cosa puedes hacer sino controlar tus ilusiones?” Hay que vivir, recomienda el filósofo, según entiendo, por encima de la temperatura normal, para escapar de la tierra y mirarlo todo desde arriba, lo cual sería una cosa inútil y hermosa. O más bien: sería hermosa por ser inútil.

“Amo a los poetas porque no llegan ni llegarán a nada. Su poesía no conduce a ninguna parte (….) de ellos aprendemos que no tenemos nada que perder”. Haciendo algo inútil, como leer despaciosamente un poema, no podemos tener más que ganancias infinitas; quien memoriza, y no solo lee, el primer canto de Altazor, de Vicente Huidobro, o I sing the body electric, de Walt Whitman, lleva dentro una constelación que puede reproducir en cualquier momento y observar cómo se ilumina el entorno, que puede ser un bosque, o la sala de un aeropuerto. Se trata de un acto que es solo bello porque no está lastrado por su utilidad. “¿Qué haríamos entonces sin poetas? Su veneno infinito es un oasis en el desierto de la vida”, dice el filósofo, y para no caer en la tentación de atribuirle al acto de leer alguna utilidad, nos advierte: “Nadie lee para saber, sino para olvidar”. Aquí, después de esta gruesa sentencia del maestro, tendríamos que detenernos a pensar en qué cosa es más inútil, aprender u olvidar.

Escuchar música es otra actividad inútil sumamente recomendable, siempre y cuando no se escuche mientras se hace algo útil, ni con audífonos mientras se camina a alguna parte, lo cual sería ya privilegiar la utilidad o, si se quiere, manchar la esplendorosa inutilidad de la música. La música hay que escucharla sentados en una silla, sin hacer nada más que sentir, con un reposado fervor, cada nota.

“No se puede conocer a un hombre sino por el nivel al que la música se ha elevado en su alma”, dice Cioran con toda razón y luego cuenta que Ana Magdalena, la segunda esposa de Bach, decía que su marido tenía ojos que escuchaban, “así me he imaginado siempre a un músico: un hombre que oye por todos sus sentidos”. Más adelante apunta una idea parecida a la de la ciencia que nos reduce el margen metafísico: “La música era el narcótico principal de los mortales. Degradándola a lo humano, se la privó de su embrujo desterrenalizador, asociándola al curso de las apariencias”.

Digamos que la música, una de las cosas inútiles más bellas que existen, se degrada cuando se le cuelga alguna utilidad, excepto cuando se trata de su utilidad como narcótico. Haciendo una hipérbole de la idea del filósofo, digamos que no solo la música, sino todas las cosas inútiles son el “narcótico” contra el utilitarismo del siglo XXI.

Regresemos a esa actividad solo inútil en apariencia que es sentarse a no hacer más que pensar, una actividad en proceso de extinción tan recomendable como sentarse a escuchar música. Si nos sentamos en una silla a pensar, podremos hacer un largo hiking por los laberintos de la memoria; se trata de una actividad inútil que nos conecta con todo lo que hemos sido, es decir, con lo que somos. Cuando hacemos algo útil quedamos relegados por la utilidad del acto, lo que de verdad nos representa son esos actos inútiles que iluminan la vida con un modesto resplandor.