Melancolía de la Resistencia

La música de la repetición

La impronta de la India es muy evidente en la música de Philip Glass, que va y viene dibujando un patrón mandálico, un patrón que desespera a buena parte de la crítica musical de su país.

Cuando era un niño Philip Glass, que con el tiempo sería un famoso músico, espiaba las clases de piano que daba a su hermano una maestra. La economía familiar no daba para pagar una clase doble, así que Philip escuchaba detrás de la puerta y después, cuando la maestra se había ido, reproducía la clase en el teclado con mucho más talento que su hermano. A este inicio musical digamos clandestino, se suma la circunstancia de que Philip y su hermano trabajaban en la tienda de discos que tenía su padre. Esa tienda era, alrededor de 1950, una fuente inagotable de conocimiento musical; había ahí una cantidad de discos que en esos años era insólita y que hoy cabría tranquilamente en la memoria de un iPod. Este es el primer fundamento musical de Philip Glass, si se descuenta el factor genético de su tío Henry, que era un músico, más bien desangelado, que iba tocando la batería, con diversos grupos, por las ciudades residuales de Estados Unidos. Esto lo cuenta él mismo en las memorias que acaba de publicar (Words Without Music, 2015). Philip Glass es un músico extraño, toca una música repetitiva, a veces hipnótica, que lo mismo medra en el jazz que en la ópera, y él va por los escenarios con un halo de estrella de rock. Yo he oído un montón de discos suyos, su música no me interesa mucho, con frecuencia me aburre y sin embargo regreso a ella con cierta asiduidad; sus piezas obsesivas activan el pensamiento, ese ir y venir, ese vaivén matemáticamente perfecto y ligeramente enfermizo, estimula el ir y venir de las ideas. Además durante más de una década abusé de su álbum Solo Piano para fondear las lecturas que hacía en mi programa nocturno de radio. Philip Glass nació en Baltimore y cuando se convirtió en un joven que quería ser músico, se fue a probar suerte a Nueva York, que entonces era una ciudad muy estimulante en la que tocaban Bud Powell y John Coltrane, y por la que deambulaban Allen Ginsberg y Jack Kerouac. Glass terminó estudiando en la academia Julliard y después se fue a estudiar a París, con una maestra de gran reputación cuyo nombre se me ha extraviado en las notas electrónicas del Kindle. Los libros electrónicos tienen sus cosas maravillosas, pero también tienen el gran defecto de que, una vez leídos, es complicado encontrar los subrayados que uno mismo hizo. En París Philip Glass coqueteó con el teatro y husmeó en el mundo de la ópera, y también afianzó su relación con su primera mujer y apuntaló su amistad con el escultor Richard Serra, otro neoyorquino. Durante meses Serra y él se apostaron en la mesa de un café con la ilusión de ver llegar a sus ídolos. Serra esperaba a Giacometti y Glass a Beckett, y a ninguno de los dos se le cumplió la ilusión. Glass conoció a Serra en Nueva York, el escultor lo contrató como asistente, en los tiempos libres que le dejaba al músico su trabajo de base que era el de plomero. Durante diez años Glass se dedicó a hacer trabajos de plomería para sostener sus composiciones musicales que tardaron muchos años en producir dinero. En sus memorias dedica una cantidad exagerada de páginas a la explicación técnica de su quehacer, nos cuenta de los tubos que usaba, de las aleaciones del metal, del ángulo en que hay que colocar el aliviadero de un retrete. Richard Serra es hoy uno de los escultores más importantes del mundo, tiene unas piezas monumentales de acero que pueden caminarse por dentro y que, por el momento, están instaladas en el Museo Gugenheim de Bilbao. Serra es una suerte de alquimista del metal y su gusto por este material viene de la época en que Philip Glass era plomero y asistente suyo, de los recorridos que hacían por las ferreterías de Nueva York buscando piezas, laminas de acero, resortes y codos de cobre para recomponer los retretes. Glass hizo cuando era joven un viaje iniciático a la India, es entusiasta del budismo, admirador de Ghandi y medio alumno de Ravi Shankar; también ha incursionado en el territorio huichol y, según dice, practica el esoterismo “tolteca del México central”. La verdad es que no estoy al tanto de ese esoterismo. La impronta de la India es muy evidente en su música que va y viene dibujando un patrón mandálico, un patrón que desespera a buena parte de la crítica musical de su país que lo considera, de acuerdo con lo que él mismo nos dice en su libro, “a musical idiot”. Antes de que su música por fin le dejara dinero, y entreverado con su oficio de plomero, Glass trabajó como cargador de mudanzas y de taxista nocturno. Una noche, según nos cuenta, subió a su taxi a Salvador Dalí y no se atrevió a decirle ni una palabra.