Melancolía de la Resistencia

La modelo desnuda

En este siglo XXI, entregado al rendimiento, a la productividad dineraria y a la velocidad, ya no hay tiempo para la contemplación, para la observación de las falanges, de las corvas, del arco que dinamiza el pie.

El pintor Amedeo Modigliani opinaba que “cuando una mujer posa para ti, te pertenece”. Aunque es verdad que la modelo que se desnuda ante un pintor está ejecutando un trabajo, un servicio, digamos, profesional, por el que se le paga, y que el pintor posa sobre ese cuerpo desnudo una mirada de especialista, no puede soslayarse que, con frecuencia, en esa mirada de especialista también va la del sátiro, y tampoco que la modelo, en ocasiones, no es inmune a esa mirada. El caso es otro pero recuerda, por el discurso que trata de ocultar lo que todos pensamos, al del ginecólogo, que observa y diagnostica ese órgano que para el resto de los hombres es el objeto del deseo. ¿De verdad el ginecólogo no siente cierto cosquilleo cuando examina a algunas de sus pacientes? A mí me cuesta trabajo creer que no hay cosquilleo, pero volvamos a los pintores y a sus modelos, esa interacción para la que, quizá, no sea deseable el profesionalismo total, la mirada aséptica, el riguroso distanciamiento porque, como lo demuestran los desnudos de Modigliani —o los de Picasso o Diego Rivera, sus contemporáneos—, la pasión por el cuerpo desnudo que estaban pintando, el deseo, se percibe, vibra todavía, en la obra terminada.

Pongamos el caso de Marevna, una modelo rusa que, alrededor de 1915, posaba para estos tres pintores y, además, era la amante oficial de Diego, que estaba en el proceso de abandonar a Angelina Beloff, su primera mujer en París. Diego Rivera, que sabía perfectamente lo que pasaba entre el pintor y su modelo, prohibía a Marevna que posara para Picasso y para Modigliani, pero el escritor Patrick Marnham nos cuenta cómo cuando la modelo quedó embarazada —supuestamente de Rivera— llevaba semanas posando para Modigliani, y añade que una noche Picasso, mientras los pintores de Montparnasse bebían copas en Le Dôme, abrazó a Marevna por la espalda y, mientras le acariciaba el vientre, le dijo a Rivera, con una crueldad socarrona: “No es tuyo, es mío”.

Esto viene a cuento porque ahora mismo en París, cien años después de las andanzas de Marevna, las modèles d’art exigen que la ley francesa del trabajo reconozca su oficio para ser integradas al paquete de beneficios que ofrece la seguridad social del Estado. Por posar una hora para un pintor, o un grupo, una modelo francesa cobra quince euros (265 pesos), un precio que está por debajo del esfuerzo físico y mental que requiere el posar inmóvil, durante horas, de acuerdo con las declaraciones que abundan en la prensa francesa (Libération, 24 de julio del 2014, por ejemplo). No puede uno más que apoyar las reivindicaciones de estas mujeres que ejecutan, con gran tenacidad, un oficio que va a contrapelo del mundo tardomoderno, de su ritmo ultrarrápido: la imagen de un pintor dibujando las líneas del cuerpo de una mujer desnuda que posa para él es patrimonio del siglo anterior, va contra los usos y costumbres del siglo XXI, que está entregado al rendimiento, a la productividad dineraria y a la velocidad. En este milenio ya no hay tiempo para la contemplación, para la observación de las falanges, de las corvas, del arco que dinamiza el pie; la vita contemplativa ha muerto y esto convierte a las modèles d’art en un entrañable grupo de resistentes. Y también es cierto que ya nadie tiene tiempo de invertir, como lo hacían aquellos pintores del siglo XX, tanto esfuerzo y tanto talento, tantas horas de carboncillo y de pincel, en seducir a una mujer.

La modelo favorita de Modigliani era Jeanne Hébuterne, que era a su vez pintora y, por supuesto, su amante. Era la modelo que ha quedado como el personaje principal de “Dancing Barefoot”, la famosa canción de Patti Smith. Modigliani, que era un entusiasta de la vida extrema, se desnudaba espontáneamente en público, en medio del bar y así, desnudo, “delgado y blanco, con el torso arqueado” (escribe Patrick Marnham), se subía a un banco y se ponía a recitar a Dante, mientras Picasso, según lo que cuenta el poeta Apollinaire, aporreaba la puerta de Irene Lagut, otra pintora que también era modelo, al tiempo que gritaba desesperado, y desorientado porque Lagut era herméticamente lesbiana: “¡Abre la puerta. Te amo. Te adoro. Y si no me dejas entrar te mataré con mi revólver!”.

La relación de Modigliani con sus modelos trascendía el territorio de su estudio y llegaba hasta la casa que compartía con Jeanne, donde todo el tiempo había, según sus colegas, mujeres desnudas que esperaban el momento de posar para él. Un día después de la muerte de Modigliani, Jeanne Hébuterne se arrojó a la calle por la ventana, desde un quinto piso, desesperada porque los ojos del maestro no la volverían a contemplar.