Melancolía de la Resistencia

El microviaje

Los viajes ilustran, dice el dicho. ¿Ilustran? Depende de lo que se entienda por ilustración y, sobre todo, de la persona que hace el viaje. Hace dos siglos, cuando la gente se desplazaba poco, los viajeros cumplían la función de contarle a sus vecinos de las maravillas y las rarezas que había en otros pueblos, en ciudades distantes y en países lejanos. El viajero era una persona admirable porque había estado en sitios que sus vecinos no podían ni imaginar y, para llegar hasta allá, se había sometido a incomodidades y a peligros que nadie podía comprobar, pero tampoco desestimar.

El dicho “los viajes ilustran” viene de esa época en la que el viajero efectivamente se ilustraba, y después regresaba a ilustrar a los demás. En el siglo XXI los viajes algo ilustran, pero sobre todo elevan el estatus socioeconómico, que a lo largo del viaje se va consolidando en Instagram. La economía social del viaje es tan cristalina como elemental: quien hace un viaje a África o a China, tiene más dinero que el que viaja a Manzanillo o a Veracruz.

En la era de Google ya es difícil que los viajes ilustren, ya no puede venir un viajero a pretender ilustrarte contándote que en la provincia de Atyrau los niños nacen con barba de nueve meses y, más allá de la fabulación tan propia de los viajeros, ya cualquier región del planeta está cuadriculada para el turista, el flujo de gente que viaja está controlado, gestionado y domesticado por la gran industria del turismo que provee sitios históricos, monumentos, edificios emblemáticos, restaurantes, todo rumiado y digerido en una guía, o en audioguía para los que les gusta ilustrarse pero les da pereza leer.

El viajero de hoy es precisamente lo contrario del viajero de hace dos siglos: mientras aquel viajaba para descubrir lo que nadie había visto nunca, el de hoy viaja para ver, o experimentar, lo que ya han visto los demás; el viajero de antes iba por delante y el de hoy lo que quiere es no quedarse atrás.

¿Qué tanto puede ilustrar, a un ciudadano hiperinformado de este milenio, el Big Ben, la muralla china, los canales de Xochimilco? Me parece que
bastante poco. Más que la ilustración lo que le queda al viaje es, quizá, la experiencia del desplazamiento, la vivencia de estar en otro sitio.

Pensando en la experiencia del desplazamiento cabe preguntarse, ¿por qué voy a Serbia o a Hong Kong si no conozco el territorio que se extiende, digamos, a un kilómetro de mi casa?

Atendamos esa pulsión atávica que sobrevive, como un náufrago, en nuestro disco duro, esa pulsión que llevaba a nuestros ancestros, hace noventa mil años, a explorar los alrededores de su casa, para asegurarse de que su familia podía pasar la noche sin sobresaltos. Esa misma pulsión que todavía mueve a las fieras: la del microdesplazamiento alrededor de la casa, que sirve para cosechar microexperiencias que, a su vez, suelen ilustrar más que un viaje por los castillos del Loira o por la zona gaélica del Oeste irlandés.

Frente al gran desplazamiento que ilustra poco, hay que optar por el microdesplazamiento, que con frecuencia ilustra más porque nos enseña cosas de nuestro entorno, es decir, de nosotros mismos. Hay que conseguir un mapa, sacarlo de Google o dibujarlo, cuyo centro sea nuestra casa. Partiendo del centro hay que trazar un círculo con un radio de cinco kilómetros. Para quién vive en una ciudad todas las cosas interesantes caben en un círculo de esa dimensión. Una vez acotado el plano hay que echarse a caminar, cada día en una dirección distinta eligiendo,  siempre que se pueda, la ruta menos transitada. Hay que echarse a andar con los ojos bien abiertos, poniendo atención a las casas, a los edificios, a los postes de luz, a esas calles que hemos visto siempre pero sin la atención suficiente. Hay que caminar hasta agotar el círculo y, después de cada microviaje, hay que señalar en el plano los elementos relevantes, humanos, emocionales, urbanísticos, gastronómicos o arquitectónicos, hay que ir formando paulatinamente la cartografía de ese microuniverso cuyo centro es nuestra propia casa.

“En la mañana el hombre camina con todo el cuerpo. En la tarde solo con las piernas”. Si hacemos caso a esta idea del filósofo Emerson, lo recomendable sería ir recorriendo nuestro círculo en las mañanas, pero también habrá quien prefiera caminar en la noche o en el atardecer. La idea es desplazarse dentro de esa órbita, recorrerla y explorarla a fondo, abrazar el sistema dentro del cual vivimos y descubrir que el verdadero viaje, el que de verdad ilustra, es el que hacemos alrededor de nuestra casa.