Melancolía de la Resistencia

El método de Charles Darwin

Darwin, para escribir su ensayo pionero sobre las emociones, tenía que recurrir a comilonas campestres donde reinaba el chacoteo y a artistas que rayaban en lo facineroso.

En 1872, más de una década después de su célebre libro Sobre el origen de las especies, Charles Darwin publicó otro libro titulado La expresión de las emociones en los animales y en el hombre. Como el objeto de su estudio era, en esos años, rigurosamente original, no había publicaciones en las cuales basarse, ni siquiera datos que sirvieran para comparar las formas en que expresan sus emociones los animales y las personas. Así que Darwin se puso a organizar, en una casa campestre que tenía en Kent, una serie de cenas en las que mostraba a sus invitados una colección de once fotografías de rostros humanos que ensayaban una emoción particular. Los invitados observaban las fotografías, daban su opinión sobre el estado de ánimo representado y hacían comentarios, por ejemplo, sobre la forma en que caía el párpado en el ojo al ser afectado por tal o cual emoción. Las fotografías que entre la sopa y el cordero enseñaba el naturalista inglés, eran obra de Guillaume Duchenne, un médico francés dado a la investigación clínica y al experimento neurológico. Era otro pionero, igual que Darwin, cuyos métodos eran cuestionados por la academia, porque se aproximaba a las descargas eléctricas con mucho desparpajo. Su espíritu experimental lo hacía reclutar pescadores en pueblos remotos para someterlos a tratamientos eléctricos que aplicaba en distintos puntos de la cara, con el objetivo de definir la conexión que había entre los diversos haces musculares del rostro. Los descubrimientos que con tanto trabajo, y con tanto riesgo para los pescadores, hizo Duchenne hoy, en el siglo XXI, son calderilla para las trivias que preguntan: ¿Cuántos músculos de la cara mueves cada vez que sonríes? Eso era precisamente lo que quería averiguar Duchenne y, como parte del proceso de investigación, iba haciendo fotografías del rostro de los pescadores, en el momento de ser sometidos a una descarga eléctrica que, según en qué músculo se aplicara, los hacía sonreír o poner gesto contrariado, o angustiado o deprimido. Las fotos de aquellos experimentos que han llegado hasta nuestros días, nos muestran al doctor Duchenne aplicando en las sienes de un sujeto, que reacciona con un gesto desmedido, dos terminales cargadas de electricidad. Las once fotografías que mostraba Charles Darwin en la cena pertenecían a la serie de Duchenne, y las conclusiones que sacó a partir de los comentarios de sus comensales le sirvieron para seguir adelante con su investigación, aunque carecían de validez científica porque el universo de su encuesta era de solo veintitrés invitados y el ambiente, más bien festivo, entre suculentos platillos y generosas garrafas de vino, quedaba muy lejos de los parámetros académicos. El objetivo de Darwin era clasificar la expresión de las emociones básicas, y aquellas emociones, propiamente humanas, que estaban ligadas a la evolución de la especie, así que de los rostros electrificados de Duchenne, pasó a la expresión natural de las caras que fotografiaba Oscar Gustav Rejlander, otro hombre controvertido que se fue de Suecia a Inglaterra a hacer retratos de gamberros victorianos en la calle, y a fotografiar prostitutas desnudas, unas imágenes que en aquella época eran un escándalo y que hoy podrían tranquilamente ilustrar la publicidad de un yogur. Rejlander, y apunto esto para esponjar su currículum, fue el maestro de fotografía de Lewis Carrol, fue quien le enseñó a encuadrar a esas jovencitas, más bien niñas, que luego sirvieron de modelo al escritor para su historia de Alicia en el país de las maravillas. No sé si sea necesario hacer notar que Darwin, para escribir aquel ensayo pionero sobre las emociones, tenía que recurrir a comilonas campestres donde reinaba el chacoteo y a artistas que rayaban en lo facineroso. Con Rejlander trabajó en la búsqueda de más rostros, ya sin el acicate de la electricidad, y montó otras tantas cenas con las nuevas fotografías. Cuando tuvo más o menos redondeado su estudio, pensó que lo que tenía en realidad era un ensayo sobre la expresión de las emociones, no del género humano, sino de sus vecinos de Londres y Kent, así que para universalizarlo, pidió a amigos y conocidos que vivían en otros países, que le respondieran un detallado cuestionario sobre las emociones, a partir de las observaciones que cada uno iba haciendo en El Congo, en Ceilán, en Australia, en Malasia, y en un montón de lugares que, poco a poco, le fueron dando un panorama más completo sobre el ensayo que estaba escribiendo. No sé si haga falta hacer notar que el celebrado método científico de Darwin tenía fundamentos francamente campechanos.