Melancolía de la Resistencia

La memoria

No recordar veinte años de tu vida es, desde la perspectiva del que ha perdido la memoria, como no haberlos vivido.

El piloto Fernando Alonso sufrió, recientemente, un aparatoso accidente en la pista que, al margen del daño físico que lo llevó al hospital, nos dejó una secuela profundamente literaria. No puedo seguir adelante sin establecer mi posición ante las carreras de coches: no las entiendo, o mejor, no le veo el sentido a ese espectáculo en el que gana el que puede pagarse el mejor coche. Sin embargo me interesó mucho la reacción del piloto después del choque. Oí por la radio que Alonso, que es español, regresó de la inconsciencia, que le había provocado el golpe, hablando en italiano. Esto ya me pareció, de entrada, una asombrosa maniobra del cerebro, cuya inquietante autonomía lo lleva a expresarse en una lengua que no usa habitualmente la persona, sobre todo en casos extremos en donde la lengua que se impone es la materna. Hay que decir que Fernando Alonso había estado varios años corriendo en un Ferrari y que entonces hablaba con su equipo en italiano y esto, más la confusión que le dejó el golpe, hizo que, en ese momento, se expresara en esa lengua. Pero semana y media más tarde se completó el relato; uno de sus médicos reveló que inmediatamente después del golpe, se aplicó al piloto el protocolo de las tres preguntas: ¿quién eres?, ¿a qué te dedicas?, ¿cuáles son tus expectativas para el futuro? Alonso respondió con su nombre, dijo que era corredor de karts y que en el futuro quería ser corredor de Fórmula Uno. El golpe provocó que su memoria retrocediera veinte años y así estuvo el piloto, con la memoria veinte años más joven, doce días. ¿Cómo se vive si te quitan de golpe veinte años de memoria? Supongamos que el individuo que ha perdido veinte años de memoria tiene cuarenta de edad, ¿se acordará de cuando tenía veinte años como si hubiera sido ayer?, ¿percibirá esos veinte años olvidados como una zona vacía, o brumosa u oscura, que enturbia los veinte años que recuerda? No recordar veinte años de tu vida es, desde la perspectiva del que ha perdido la memoria, como no haberlos vivido. Si no recuerdo lo que he hecho, ¿lo he hecho? Por supuesto que sí, dirá quien te vio hacerlo, y esto nos llevaría a preguntar si lo que no recuerdo existe solo porque lo recuerda otro. Lo cierto es que si estuviéramos solos en el mundo y perdiéramos veinte años de memoria, esos veinte años dejarían de existir y no sería exagerado proponer, desde este punto de vista, que somos lo que hemos hecho pero, sobre todo, lo que recordamos de esto, la memoria que tenemos de nuestra vida.

Salman Rushdie propone, en su novela Hijos de la medianoche, un proceso de enamoramiento que deja al descubierto la forma en que opera la memoria en los asuntos del corazón. Un doctor visita a una paciente que lo recibe cubierta de pies a cabeza con una sábana, que tiene un agujero en la zona del cuerpo donde se encuentra, supuestamente, la dolencia. El médico revisa la rodilla, o el talón, sin ver nada más del cuerpo de su paciente. Este médico, que es un joven que ha estudiado en Inglaterra, trata de establecerse en su pueblo, en India, y los padres de la paciente están interesados en él, quieren seducirlo para que se case con ella y, para conseguirlo, han ideado esa estrategia, la de llamarlo cada día para que revise solo una pequeña parte del cuerpo de ella, un día un codo, otro un pedazo de muslo, otro un pie, o el ombligo o, por fin, un pecho. El trabajo que hacen las piezas aisladas de esta mujer en la memoria del médico obra el milagro; cuando, después de muchas visitas, el médico revisa el rostro de la mujer, ya está completamente enamorado de ese cuerpo que ha ido conociendo a pedazos, de esa colección de partes mínimas con la que sueña todas las noches. Pensé en este episodio de la novela de Rushdie cuando leí la historia de esos veinte años de memoria que perdió Fernando Alonso. Lo de Rushdie es una novela y lo del piloto es una pieza dura de la realidad; sin embargo los dos casos nos sugieren que la memoria es un elemento crucial de existencia. Empecé estas líneas diciendo que el caso de Alonso era profundamente literario porque pensé en el personaje de Rushdie, no exactamente en lo que nos cuenta el escritor, sino en el proceso opuesto. Pensé en esa tortura común de la memoria que sufre el enamorado que no es correspondido, en ese pobre individuo que no deja de recordar el cuerpo de la amada y pensé que, como solución, podría tenderla en un diván y poco a poco, un día tras otro, ir tapándole partes, primero una rodilla, luego un codo, después el ombligo y así hasta que la cubra completamente y la haga desaparecer de su memoria, y la condene a la inexistencia.