Melancolía de la Resistencia

El mejor trabajo del mundo

Después de haber aceptado ser parte del grupo de jueces para elegir la novela ganadora del premio IMPAC, durante el proceso de selección tuve la impresión de que estaba participando del mejor trabajo del mundo, ese en el que te pagan por leer en tu casa.

A principios de septiembre del año pasado llegó a mi casa un cargamento de libros que me había comprometido a leer, después de haber aceptado ser parte del grupo de jueces, que se reúne cada año en Dublín, para elegir la novela ganadora del premio IMPAC. El jurado cambia cada año y el premio es uno de los más prestigiosos de la lengua inglesa. El ganador se lleva, además de la gloria que supone el premio, 100 mil euros y la difusión masiva de su novela. Se trata de un premio más nuevo que el Booker inglés, o el Pulitzer de Estados Unidos, cuya lista de ganadores, de escritores que escriben en inglés, o tienen libros traducidos a esa lengua, es bastante elocuente; por ejemplo, y por citar solo a algunos, Javier Marías, Michel Houellebecq, Orhan Pamuk, Herta Müller. La selección de los libros que leen los jueces, la long list, la hacen las bibliotecas públicas de un montón de países, México incluido. Lo que llegó a mi casa en septiembre pasado fue, precisamente, los libros de la longlist que, según mis cálculos, medio fundamentados en otras experiencias que he tenido como juez, debía ser un paquete con unos cincuenta libros que, seguía calculando yo, podía leer con tranquilidad entre septiembre y mayo, más o menos en 200 días, es decir, un promedio de una novela cada cuatro días. Con esa idea abrí la puerta al señor de Federal Express, una novela cada cuatro días me parecía un ritmo razonable, incluso tomando en cuenta los libros que debo leer para cumplir con mi oficio de columnista de periódico y, sobre todo, las horas que paso cada día escribiendo páginas de mis propias novelas. Abrí la puerta preparado para recibir mi paquete de 50 novelas y lo que me encontré fue un señor, sudoroso y acezante, con dos diablitos que cargaban los 140 libros que tenía que leer, no de septiembre a mayo, como había yo calculado, sino entre septiembre y finales de noviembre, para llegar a la primera reunión de los jueces con un panorama completo de la long list. Así que mi perspectiva de una novela cada cuatro días se modifico de manera violenta; tenía que leer, cada día, novela y media. Lo primero que hice fue ir a la tienda IKEA a comprar un librero que llené de arriba abajo con las novelas del premio. Luego adelanté tres horas mi jornada de escritura, para dejar un buen tramo libre antes de la comida y, en la noche, adelanté el momento de irme a la cama para leer tres o cuatro horas antes de que me venciera el sueño. A finales de noviembre viajé a Dublín, con un cuaderno completo de notas y cierta idea de cuales novelas podrían llegar a la short list, a la selección final. El panel de jueces estaba escorado hacia Inglaterra, había un escritor inglés, un profesor de Oxford, una novelista canadiense que lleva años viviendo en Londres, una novelista irlandesa y un novelista veracruzano (servidor).

Las deliberaciones eran secretas, en el salón del hotel en el que estábamos hospedados, y a los jueces nos instalaron en pisos distintos para evitar al máximo los contactos fuera del espacio de deliberación. Durante tres días, y en otras tres ocasiones a lo largo de los siguientes meses, los jueces tuvimos largas, y muy gratificantes, conversaciones sobre los libros que habíamos leído; en ese microcosmos literario de 140 libros, en el que estaban, aproximadamente, las mejores novelas publicadas en lengua inglesa en el año 2013, había de todo, grandes nombres y escritores radicalmente desconocidos pero, sobre todo, había un número exagerado de novelas que se atenían a la siguiente fórmula, y que constituyen toda una tendencia, probablemente pasajera, en ese mercado literario: novelas escritas por mujeres étnicamente significadas, casi todas de países africanos que escriben, desde alguna capital de Occidente, sobre su pueblo natal y sobre su cotidianidad, por ejemplo, en Nueva York; novelas del estilo de Americanah (Chimamanda Ngozi Adichie) o We Need New Names (NoViolet Bulawayo) o Ghana Must Go (Taiye Selasi). Al final, después de 10 meses de lecturas, relecturas y deliberaciones, donde siempre se impuso la conversación civilizada, esa envidiable característica inglesa, elegimos la novela Harvest, de Jim Crace, una obra extraordinaria que pronto será publicada en español, con el probable título de La cosecha. Varias veces, durante el proceso de selección con los jueces, tuve la impresión de que estaba participando del mejor trabajo del mundo, ese en el que te pagan por leer en tu casa, y por conversar largamente, en una mesa de gente amable en Dublín, de los libros que se han leído.