Melancolía de la Resistencia

El teléfono de Marcel Proust

Cuando los alemanes bombardearon París, en 1918, una plaga de ratones se apoderó de la ciudad. Salían de entre los escombros de los edificios, de las coladeras y por la boca de las cañerías. El escritor Marcel Proust sentía una aversión patológica por esas criaturas, tanta que, según confesó, le daba más miedo un ratón que los bombardeos de los alemanes.

Proust estaba lleno de manías. No comía más que una vez al día y tenía que sentarse a la mesa cuando menos ocho horas antes de irse a la cama porque, de otra forma, su prolongada digestión no lo dejaba dormir. El menú era siempre el mismo: dos huevos, un ala de pollo rostizado, tres croissants, un plato de papas fritas, uvas, café y una botella de cerveza. El menú no variaba nunca, excepto cuando comía en el Ritz, que era el único restaurante que frecuentaba; ahí hacía unas comilonas, famosas por su duración y su abundancia y al final, como era su costumbre, dejaba doscientos por ciento de propina.

Proust era un hombre aprensivo y lleno de apegos, a la pregunta “¿Qué es para usted la infelicidad?”, que le hizo un periodista, el escritor respondió, cuando ya era un autor famoso y muy adulto: “estar separado de mamá”.

De la suma de achaques que lo atormentaban cada día, desde el dolor de dientes, o de codos, hasta el estreñimiento o el ardor en el momento de orinar, Proust proponía una interesante imagen, que ilustra lo indefenso que se sentía frente a la morbosa autonomía del organismo: “pedirle piedad a nuestro cuerpo es como tratar de hablar con un pulpo, para el que nuestras palabras no tienen más significado que el sonido de las mareas”.

Como tenía la piel muy delicada no podía usar ni jabón, ni crema, ni colonia porque enseguida le brotaba una aparatosa irritación así que, en lugar de darse un baño, se limpiaba el cuerpo con un juego de toallas húmedas, no menos de veinte cada día, que habían sido previamente lavadas en una tintorería donde utilizaban un detergente inocuo. A esa misma tintorería, quizá por las mismas razones, llevaba su ropa Jean Cocteau. Después de limpiarse con el juego de toallas húmedas Proust se vestía con ropa muy usada y, consecuentemente, muy lavada en esa misma tintorería. Su vestimenta iba invariablemente cubierta por un grueso abrigo de piel; no solamente cuando efectuaba su única salida semanal a la intemperie, al restaurante del Ritz, sino dentro de su casa, porque era un hombre sumamente friolento que tenía aversión por el humo que producían las estufas que a principios del siglo pasado calentaban las casas; en lugar de estufas utilizaba bolsas de agua caliente que se iba poniendo en diversas partes del cuerpo y su infaltable abrigo, que no se quitaba ni cuando estaba sentado comiendo en su mesa del Ritz, que era restaurante escrupulosamente caldeado.

Alexander Graham Bell inventó el teléfono en 1876 y para el año 1900 había en Francia, repartidos en las casas de las familias pudientes, 30 mil aparatos. Uno de estos lo tenía Marcel Proust, que no era pudiente por las obras maestras que escribía sino porque su padre sí lo era. El número telefónico del escritor era 29205, un número corto que indica la modesta cantidad de suscriptores que tenía la compañía. Por el teléfono se comunicaba con sus amigos, sin tener que abandonar la cama, donde pasaba el día metido, sin el abrigo pero con unos largos calzones de lana que le llegaban, para mantener caliente el paquete intestinal, más arriba del ombligo. Pero sobre todo usaba su teléfono para aprovechar un servicio que se llamaba théâtre-phone y que ofrecía la transmisión en directo de la Ópera. Proust encontraba en el teléfono la cima de la modernidad, era un aparato que le permitía hablar con sus amigos y escuchar Ópera sin necesidad de moverse de su cama: “un instrumento sobrenatural cuyo milagro solía asombrarnos, y que ahora utilizamos sin ninguna contemplación, para hablar con el sastre u ordenar un helado”, escribía Proust sobre ese aparato que no dejaba de maravillarlo.

El escritor tenía razón, no deberíamos nunca dar por sentados esos inventos maravillosos, como el teléfono, que en los últimos cien años no ha hecho más que multiplicar las maravillas que nos ofrece. Si Proust viviera hoy podría no sólo oír, también ver la Ópera en la pantalla de su android.

Desde que leí la historia de su teléfono cada vez que estoy en París, y que me he bebido más de dos whiskys marco, añadiendo los números que hoy tienen los teléfonos del barrio donde vivía, el 29205 y espero, emocionado, aun cuando sé que es absurdo, o precisamente porque lo es, a ver quién me contesta del otro lado.