Melancolía de la Resistencia

La irritación

Una fría mañana de invierno, el embajador me llamó a su oficina para contarme que el escultor Sebastian (y aquí empecé a ponerme tenso) tenía una pieza monumental que iba a colocarse en Japón y al final algo había fallado...

A rebufo del revuelo que ha provocado la nueva pieza del escultor Sebastian, voy a contar aquí mi historia personal con otra de sus obras controvertidas. En aquel episodio, que se convirtió en uno de los capítulos de mi novela Diles que son cadáveres (2011), se contaba, entre otras cosas y todas muy arropadas por la ficción, de las desventuras de un agregado cultural que se ve obligado a imponer una pieza, estentórea y monumental, del escultor mexicano que menos entusiasmo le produce, en la hermosa ciudad de Dublín, Irlanda. En aquella novela, para reforzar la ficción que se parecía demasiado a la realidad, cambié el nombre del escultor y le puse Federico. Desde entonces, cada vez que me topo con un lector de aquella novela, me increpa: “Federico es en realidad Sebastian, ¿no?” Pues sí, el episodio está basado en un capítulo de la vida real, y tiene un origen poliédrico que me atormentó durante meses en el año 2002.

Una fría mañana de invierno, el embajador me llamó a su oficina para contarme que el escultor Sebastian (y aquí empecé a ponerme tenso) tenía una pieza monumental que iba a colocarse en Japón y al final algo había fallado (supongo, y no los culpo, que no les gustó), y ya que la pieza estaba empaquetada (en Japón), podía subirse a un barco y ser depositada en Dublín (que no es que quedara muy de paso) con la intención de que el “pueblo de México” obsequiara esa pieza (que no hallaba su sitio en el mundo) al siempre muy agradecido “pueblo irlandés”. Acto seguido el embajador me enseñó unas fotos de la pieza que ya venía de Japón (y aquí la tensión inicial se me transfiguró en una devastadora tortícolis). Lo primero que se me ocurrió decir, desde mi asombro, fue: “el obsequio sería de Sebastian, no del ‘pueblo de México’, un respeto por favor”; pero no lo dije y en cambio pregunté: “y eso, ¿dónde lo vamos a poner?”.

Ahora tengo que hacer un flashback hacia el interior penumbroso de un PUB, cerca de la embajada, donde solíamos comer todos los días. Ahí, a la hora del café y los postres, en un imprudente ataque de locuacidad, conté al embajador, que era un hombre muy amable con quien siempre tuve una cálida y variada conversación, del motivo que me llevaba todos los días a ponerme unas botas de agua, verde pistache, y a caminar por la enorme extensión de arena que dejaba el mar en las horas de marea baja. El mar baja ahí trescientos metros, quizá medio kilómetro, y lo que queda al descubierto es el fondo, con zonas encharcadas donde pululan las criaturas acuáticas. La explicación iba al caso porque la secretaria de la embajada se había ido a quejar con el embajador, de las arenillas marinas que dejaban mis botas en la alfombra al pasar rumbo a mi oficina. Quiero decir que mi locuacidad también tenía algo de disculpa. Luego complementé mi explicación diciéndole al embajador que esa playa me encantaba porque es la escenografía de uno de los capítulos de la novela Ulises, de James Joyce. “La playa se llama Sandymount strand”, dije para coronar mi imprudencia. Aquí termina el flashback y volvemos a la oficina del embajador, al momento en el que pregunto, ya muy perjudicado por la tortícolis psicosomática que iba in crescendo, “y eso, ¿Dónde lo vamos a poner?”; a lo que el embajador respondió, “en esa playa tan joyciana de la que me hablaste el otro día”, y en ese momento a la tortícolis galopante se sumó un conato de ceguera histérica. Como se trataba de un sitio delicado, tuvimos que hablar con los vecinos, explicar que era un obsequio del “pueblo de México” al “pueblo irlandés”; los vecinos se quejaban, argumentaban que el obsequio iba a arruinarles las vistas y, sobre todo, que no se trataba de una pieza muy bella y que en lugar de añadir a la playa belleza más bien, como un agujero negro, la absorbía. “¿De verdad le gusta a usted eso?”, me preguntaban los vecinos; “yo no hago más que cumplir con mi trabajo, ¿qué quieren que les diga?”, balbuceaba yo, desolado. El 13 de noviembre de ese año el presidente Vicente Fox y Dermot Lacey, el alcalde de Dublín, develaron la figura que entonces se llamaba The White lady (la dama blanca), y hoy se llama, a saber por qué (quizá por respeto a las damas), Awaiting themariner (Esperando al marinero), pero todo el mundo la conoce como “sore on the shore” (dolor, o más bien irritación, en la playa). Cada vez que regreso a Dublín me encuentro con alguien, un escritor, un funcionario del Ayuntamiento o de la Biblioteca Nacional (como fue el caso hace tres semanas) que me pregunta, “¿a quién se le ocurrió poner ahí a la irritación en la playa?” “Al pueblo de México”, digo yo, y me va usted a disculpar; no puedo llevar solo esa carga.

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