Melancolía de la Resistencia

La invención de la realidad

La obra de Coetzee es un auténtico desafío pues el margen de ficción que maneja un novelista, un margen que a veces se cuela a la vida real desde sus novelas, podría ser considerado una patología en un paciente que no fuera escritor de novelas.

En un raro libro que acaba de publicar, con traducción inmediata al español, el escritor J.M Coetzee, recuerda una carta que escribió Gustave Flaubert a Louise Colet, en la que cuenta su deseo de escribir una novela sobre nada, decenas de páginas que se articulen exclusivamente con las fuerzas, los contrapesos y los resortes que sustentan  una novela, pero sin contar ninguna historia. No se refería, desde luego, a esa historia del escritor que nos cuenta, durante doscientas páginas, que es incapaz de escribir una historia; porque eso ya es una historia; lo que él pretendía era escribir doscientas páginas sin contarnos nada.

Flaubert nunca escribió su novela sobre nada y todo quedó en esa carta que le escribió a su amiga, pero Coetzee llama la atención sobre la anomalía de que un escritor como Flaubert, “al que se considera un archirrealista, tuviera una opinión tan baja de la realidad”.

En ese margen que hay entre el realismo de las novelas de Flaubert y la irrealidad de su novela sobre nada, J.M Coetzee intercambia epístolas, como lo hacían el escritor francés y Louise Colet, con la psicoanalista Arabella Kurtz que, en honor a la verdad, parece uno de los personajes del mismo Coetzee.

Coetzee y Kurtz razonan, proponen y discuten sobre la frontera entre realidad y ficción en la que vive el novelista, y sobre el porcentaje de ficción que maneja un paciente de psicoanálisis a la hora de contar episodios de su vida a su psicoanalista. El título del libro es tan largo que refleja perfectamente el contenido: El buenrelato. Conversaciones sobre la verdad, la ficción y la terapia psicoanalítica (Literatura Random House, 2015). El experimento de Coetzee es un auténtico desafío pues el margen de ficción que maneja un novelista, un margen que a veces se cuela a la vida real desde sus novelas, podría ser considerado una patología en un paciente que no fuera escritor de novelas.

“Ficción viene del latín fingire, que quiere decir ‘moldear’ o ‘dar forma’”, dice Coetzee, al tiempo que Arabella Kurtz considera que la verdad sólida, la verdad absoluta y sin fisuras para la invención es, en un paciente, difícil de encontrar, porque todos moldeamos los recuerdos a nuestra conveniencia, y a la hora de contárselos al psicoanalista lo que se expone no es un acontecimiento, sino la interpretación, con frecuencia interesada, de ese acontecimiento. “La historia verídica de uno mismo que alguien puede contar siendo niño será distinta de la crónica que ese alguien puede hacer de las mismas experiencias siendo adolescente o adulto”, escribe Kurtz y sugiere que la verdad es más bien elástica, se amolda a los intereses de quién la dice.

Coetzee recuerda la desconfianza que le producían a Platón los poetas, que a la hora de elegir entre la verdad y la belleza sacrificaban la verdad sin ningún remordimiento, porque consideraban que la belleza era en sí misma una verdad (el poeta Keats nos recuerda eso mismo con su célebre verso Beauty is truth, truth beauty), y más adelante el Nobel sudafricano hace ver que la verdad sobre uno mismo, la verdad de los recuerdos, está tocada de origen porque los recuerdos que tiene uno de niño son frecuentemente recuerdos implantados por los padres que reiteran ciertos pasajes (¿te acuerdas de lo que hicimos aquel día?) que a ellos les interesa que el niño recuerde. “Yo no tengo recuerdos de antes de los cuatro años de edad que no me hayan venido impuestos, o incluso instalados, ya sea por las palabras de mi madre o bien por alguna fotografía que mi madre ha interpretado para mí”, confiesa Coetzee.

El novelista no tiene que contar la verdad, su trabajo es escribir una historia que parezca verdad, en cambio el psicoanalista necesita disponer de la mayor cantidad posible de verdad para poder ayudar a su paciente pero, inevitablemente y como todo el mundo, el paciente retoca su pasado, es el autor, en un sentido literario, de los episodios que expone y al final lo que cuenta tiene cierto porcentaje de ficción.

En algún momento Coetzee y Kurtz se preguntan, ¿está mal retocar tu propio pasado?, ¿qué pasa si ese retoque, ese hermoseo que has hecho de una experiencia horrible, te ayuda a llevar una vida normal?, ¿por qué, si tiene la oportunidad de reescribirlo, ha de arrastrar uno durante toda su vida un pasado que le abochorna o no le gusta? A estas alturas Coetzee ya ha llevado la conversación a sus terrenos, dice que lo que nos une al mundo real, a la verdad, es la muerte y concluye: “Te puedes inventar historias sobre ti mismo hasta quedarte satisfecho, pero no tienes libertad para inventarte el final”.