Melancolía de la Resistencia

Los imitadores

¿Qué haría usted si ve en la calle a su abogado, o a su proctólogo, vestido de Elvis con uno de sus trajecitos blancos ajustados? ¿Por qué ese afán de imitar a Elvis?, ¿Por qué no a Jim Morrison o a Frank Sinatra? Seguramente porque Elvis es más imitable.

En la novela París no acaba nunca (2003), de Enrique Vila-Matas, el narrador cuenta que participa en un concurso de dobles de Ernest Hemingway. La competencia es en un bar de Cayo Hueso, Florida, y los aspirantes son "hombres robustos, de mediana edad y con poblada barba canosa, idénticos todos a Hemingway, idénticos incluso en su vertiente más estúpida". Hemingway tenía varias vertientes estúpidas, todas escrupulosamente documentadas por sus biógrafos y también por sus mujeres y sus hijos, que fueron los directamente afectados por esas vertientes, pero también los beneficiarios de la fortuna y del apellido del escritor. En todo caso esas vertientes no interfieren con sus novelas ni con sus extraordinarios cuentos. Me parece que A Clean, Well-Lighted Place (Un lugar limpio y bien iluminado) y Cat in the rain (Gato bajo la lluvia), son de los mejores cuentos que se han escrito nunca. El narrador de Vila-Matas escribe: "Yo llevo no se ya cuántos años bebiendo y engordando y creyendo —en contra de la opinión de mi mujer y de mis amigos— que cada vez me parezco más físicamente a mi ídolo de juventud, a Hemingway". Pero el narrador de París no acaba nunca es expulsado inmediatamente, porque no se parece en nada a Hemingway y "tras esta humillación" viaja a esa ciudad que no acaba nunca.

Pensaba en este doble desastroso, mientras leía la noticia de un concurso de dobles de Elvis Presley, que se celebra cada año en Australia, con gran repercusión mediática. Los talentosos cineastas argentinos Armando Bó y Nicolas Giacobone hicieron una aproximación al doble de Elvis Presley, en este caso argentino, en la película El último Elvis (2012). Ahí se aprecian las modestas satisfacciones y las tumultuosas patologías de un hombre que dedica su vida a imitar al famoso cantante. El oficio es raro, y más raro es el éxito que tienen estos imitadores; un éxito de bar, de público modesto desde luego, pero público al fin. No es lo mismo un músico que hace covers de las canciones de Elvis Presley, que uno que, además de cantar esas canciones, se disfraza de Elvis, se pone un traje como los que él usaba, se pinta el pelo negro azabache y se lo engomina, y además mueve la pelvis y se amanera como lo hacía el cantante original.

Esa descompensación que de por sí sufren los cantantes famosos, que arriba del escenario son una especie de dios y cuando bajan tienen que lidiar con las majaderías terrestres habituales, en esos imitadores debe ser una resaca monstruosa, porque han sido Elvis Presley durante una hora y al bajar del escenario son otra vez Juan Gutiérrez.

Ese curioso festival australiano, llamado Parkes Elvis Festival, se celebra cada año, lleva veinticuatro ediciones y comienza en la Estación Central de Sidney, a bordo de un tren llamado Elvis Express, que zarpa rumbo a la localidad de Parkes, que está a 350 kilómetros de distancia. La fecha coincide con el aniversario de Elvis (8 de enero) y este año el tema de la festividad fue Fun in Acapulco, Diversión en Acapulco. El festival no es ninguna broma, asisten un promedio de 22,000 personas, que son más del doble de los habitantes que tiene el pueblo, y deja unas ganancias de alrededor de diez millones de dólares. No solo hay dobles de Elvis, también las hay de su mujer Priscilla.

Esta sería la parte técnica del festival, que no es tan interesante como la parte sociológica, o psíquica u ontológica de estos personajes que, aunque difieran hondamente del modelo, como le pasa al narrador de Vila-Matas, se disfrazan del cantante y se suben muy orondos al Elvis Express, a tirarse un viaje de 350 kilómetros conviviendo con centenares de hombres, sesentones como ellos, que llevan el mismo disfraz. En ese amplio universo de élvises, debe haber abogados, terapeutas del lenguaje, ingenieros agrónomos y psicólogos freudianos, que durante dos o tres días se transfiguran en el cantante. ¿Qué haría usted si ve en la calle a su abogado, o a su proctólogo, vestido de Elvis con uno de sus trajecitos blancos ajustados? ¿Por qué ese afán de imitar a Elvis?, ¿Por qué no a Jim Morrison o a Frank Sinatra? Seguramente porque Elvis es más imitable, porque con los años se iba convirtiendo en un cliché de sí mismo. Hay que verlo cuando era joven, delgado, con ese movimiento de pelvis y esos estertores que volvían locas a las chicas y luego, para comprenderlo todo, hay que verlo en Las Vegas, ya viejo, moviendo la barriga más que la pelvis, flirteando con sus fans que ya eran señoras de su edad. Hay que ver ahí al verdadero Elvis que ya era, con todas las de la ley, uno más de sus imitadores.