Melancolía de la Resistencia

El hombre más valiente del mundo

La suerte de Tancredo consistía en plantarse en el centro del ruedo y no moverse, sobre todo cuando el toro corría hacia él para embestirlo.

En un artículo fechado el 24 de noviembre de 1923, Ernest Hemingway contaba, en las páginas del diario canadiense The Toronto Star, la historia de Tancredo, un curioso artista del no-hacer que abarrotaba las plazas de toros españolas a finales del siglo XIX y principios del XX. Hemingway enviaba artículos desde Europa al Toronto Star, entre 1920 y 1924, y en ellos ensayaba sobre los temas que le interesaban, escribía sobre política, deporte, la guerra, las ciudades en las que iba viviendo y también escribía sobre los toros, sobre la plaza, la fiesta y los toreros, y todo ese microcosmos que ejercía sobre el escritor una atracción magnética, y que terminaría destilando en su novela Fiesta: The sun also rises (1927).

Desde luego que la atracción que sentía Hemingway por los toros, la fiesta y los toreros ha producido, en los psicólogos de la literatura, toda clase de interpretaciones que los llevan a concluir que Ernest Hemingway era homosexual. Quien de verdad necesita un psicólogo es aquel que husmea en la orientación sexual de un escritor, en lugar de leer su obra.

Don Tancredo, al haber sido parte esencial de ese microcosmos taurino, fue objeto de uno de los agudos artículos de Hemingway. Tancredo "fue conocido en su tiempo como el hombre más valiente del mundo"; cobraba por su trabajo, que no duraba más allá de cinco minutos, cinco mil dólares de aquella época, una fortuna que con frecuencia superaba lo que cobraban los toreros en esa misma corrida. Tancredo ganaba esa fortuna porque su nombre en el cartel significaba plaza llena. "Aparecía después de la muerte del tercer toro. Vestido de blanco, con la cabeza cubierta por un paño blanco y la cara empolvada con harina, salía de la barrera entre aplausos ensordecedores y ocupaba su lugar en el centro de la arena, como una estatua mirando hacia el toril, de donde el toro saldría al resplandor de la plaza", nos cuenta Hemingway. La suerte de Tancredo consistía en plantarse en el centro del ruedo y no moverse, sobre todo cuando el toro corría hacia él para embestirlo. Cuentan los que lo vieron que no movía ni un músculo, ni siquiera parpadeaba y que el toro, en cuanto lo tenía a tiro para embestirlo, se detenía en seco, desconcertado por la inmovilidad pétrea del intruso y, sobre todo, por su intimidante mirada. El no-hacer tan artístico de Tancredo era una combinación de valor descomunal y una mirada autoritaria que acaba acobardando al toro. La idea de ese raro quehacer la tuvo Tancredo en un momento de necesidad y su éxito fue tan contundente que durante años abarrotó las plazas españolas con su acto. O más bien, con su no-acto. Durante todo el tiempo que practicó el tancredismo, nunca fue corneado, ni siquiera golpeado por un toro; cada domingo, a lo largo de los años, controlaba con la mirada un toro y se embolsaba el equivalente en pesetas a cinco mil dólares que, siguiendo la escuela de sus colegas los toreros, dilapidaba en un sonoro guateque. Es curioso que aquel hombre que se ganaba la vida silencioso e inmóvil invirtiera sus ganancias en el bullicio y el bailoteo que implica la pachanga. Pero arte semejante no podía durar para siempre y un buen día apareció un imitador, un profesional del tancredismo y después otro y otro y, dice Hemingway, "entonces apareció una rival femenina y le estropeó el juego", a él y a los otros Tancredos.

Cuando aparecieron sus imitadores el valor descomunal de Tancredo se volvió en su contra, porque aquellos, mucho menos valientes que él, flaqueaban en cuanto el toro los embestía y algún músculo terminaban moviendo, un temblor en las piernas, un gesto, un suspiro del susto, y el caso es que el toro, al percibir el movimiento, los embestía y los corneaba. Ahí empezó la ruina de Tancredo, cuando la gente empezó a preferir la sangre de sus imitadores porque a él, que era tan valiente, no lo corneaban nunca, no ofrecía el suspense adicional que tenían sus imitadores. Pronto Tancredo, el hombre más valiente del mundo, se quedó sin trabajo, ¿por qué iban a pagarle cinco mil por su elegante no-hacer, si sus imitadores cobraban veinte y encima ofrecían un sangriento espectáculo? Tancredo se retiró, y más tarde tuvieron que hacerlo sus imitadores porque la sociedad taurina no soportó la irrupción de una Tancreda, la "rival femenina", y optó por erradicar la suerte.

"Al final" —nos dice Hemingway— "Tancredo perdió su popularidad por culpa de su propia perfección". Y tiene razón, aquel artista del no-hacer lo perdió todo a causa de esta oscura evidencia: el valor no siempre es un valor y la perfección no siempre es perfecta.