Melancolía de la Resistencia

Las invasiones bárbaras

Si en Europa se reinstalaran las fronteras, la humanidad completa daría un paso atrás, porque querría decir que no somos capaces de vivir juntos, que necesitamos un límite de consistencia física que detenga al otro.

Una de las grandes cosas que tiene la Unión Europea es que dentro de sus límites, en ese territorio que se denomina Espacio Schengen, puede uno pasar de un país a otro sin cruzar, y casi sin percibir, ninguna frontera. Cuando se va por carretera hay un letrero de color azul, no más grande que el resto de las señales, que anuncia el nombre del país, y si ese letrero pasa desapercibido, el conductor pronto se dará cuenta de que las señales están en otro idioma, tienen otro diseño, y de que el asfalto de la carretera lo ha puesto una compañía distinta.

Pero cuando se cruza de un país a otro por el campo, de España a Francia por ejemplo, no hay forma de saber en dónde termina uno y empieza el otro. Una vez estaba vagabundeando por los Pirineos, las montañas que dividen estos dos países, y no sabía en qué país estaba hasta que se me ocurrió ver la pantalla del teléfono celular, y ahí descubrí que según me fuera moviendo cambiaba la compañía que me daba el servicio, si aparecía Movistar estaba en España y cuando ponía un pie en Francia el teléfono cambiaba a Orange. En esa montaña la única forma de saber en qué lado de la frontera está uno es consultando el teléfono, y la línea es tan sutil, tan etérea, que uno puede equivocarse y hacer una llamada mientras está en el otro país que le costará tres veces más que si la hubiera hecho en el suyo, dos pasos antes. Este fenómeno casi cómico nos viene a decir que en Europa las fronteras más que suprimirse han cambiado de administrador.

Pero volviendo a la frontera física, a esa barrera que interrumpe el camino para que nos fisgonee la policía y que en Europa, de momento, no existe, no está de más hacer notar la curiosidad de que en un territorio donde puede uno cruzar, a pie o en coche, las fronteras de un montón de países, crecen cada vez con más violencia los nacionalismos y la xenofobia, dos patologías sociales que necesitan de la frontera y que al no tenerla la inventan, la imaginan o, por decirlo de otro modo: desde que Europa quitó sus fronteras una cantidad creciente de sus habitantes se empeñan en volverlas a poner.

Digo que las fronteras en Europa no existen de momento porque no sería difícil que un día el miedo terminé imponiéndose y regresen las barreras y los policías entre los países de la Unión; el miedo al éxodo sirio, el miedo a la inmigración africana, el miedo a los yihadistas, ese miedo que es la fuerza que mueve al mundo en el siglo XXI.

All you need is love, todo lo que necesitas es amor, decían los Beatles en los años sesenta y la fórmula parecía sensata, si amabas y te amaban ibas protegido por el mundo, pero cincuenta años después el panorama ha cambiado radicalmente y hoy tendríamos que decir all you need is fear, el miedo es todo lo que necesitas; si eres lo suficientemente temeroso correrás menos riesgos que aquel valiente que ama y al que aman que va por la vida sin ninguna precaución. El día que en Europa triunfe el miedo volverán las fronteras, las barreras con policías que interrumpen el tránsito de un país al otro, y los guardias fronterizos que nos indicarán, en la cima de los Pirineos, en donde termina España y comienza Francia.

En la frontera oriental de la Unión Europea, en el flanco por donde se teme que se cuele el éxodo sirio al Espacio Schengen, ya hay una alambrada, vigilada por policías, para impedir el paso. La alambrada denota más miedo que la barrera, pero menos que esos muros de concreto que me he encontrado en tres territorios distintos y cuyas piezas mastodónticas parecen fabricadas por la misma compañía. Uno divide el barrio católico del barrio protestante en Belfast, Irlanda del Norte; otro es el muro ya abolido, menos unos cuantos metros que se conservan como recordatorio y escarmiento, que dividía la ciudad de Berlín; y el otro es el que divide Israel de Palestina; los tres parecen, como digo, obra del mismo fabricante; debe haber por ahí un empresario que se hace rico gracias al miedo y que en algún momento en que el temor de los europeos alcance ciertos límites podría hacer su agosto vendiendo el pedido más jugoso de su historia.

Si en Europa se reinstalaran las fronteras la humanidad completa daría un paso atrás, porque querría decir que no somos capaces de vivir juntos, que necesitamos un límite de consistencia física que detenga al otro; significaría que los europeos se equivocaron al pensar que vivir sin fronteras era posible, y que lo que nos toca como especie es que cada clan vuelva a encerrarse detrás de una muralla, como en la edad media, para defendernos de las invasiones bárbaras.