Melancolía de la Resistencia

Formas de caminar

Los franceses inventaron el término flâneur para definir a esa persona que camina por las ciudades, sin rumbo definido ni un punto específico al cual llegar, dejándose arrastrar por el ritmo de las calles, y también dejándose influir por todo lo que le va saliendo al paso, un aparador, un perro, un aguacero. Las ciudades se mueven al ritmo de quien las camina. Hay un montón de Flâneurs ilustres, como Gérard de Nerval, o Walter Benjamin, o Alberto Giacometti, o Beckett, que se recorría París con él de arriba abajo y, cuando visitaba a su madre en Dublín, se pasaba el tiempo flaneando, porque le gustaba hacerlo pero también porque padecía una taquicardia ansiosa que solo se aplacaba con las caminatas, o con una botella de vino. Cuando Beckett, como pasaba con frecuencia, alargaba su flaneo y salía de la zona urbana hacía las colinas de Wicklow, dejaba de ser un flâneur para convertirse en un saunterer, según nos ilustra Henry David Thoreau, otro famoso caminador que en su Diario anota sus incursiones en el bosque del lago Walden, que eran unas largas caminatas sin rumbo, unas sauntering bárbaras para usar su propia terminología, que con el tiempo lo llevaron a construir una cabaña en ese bosque, en un terreno que le cedió el filósofo Emerson, que era su maestro. El saunterer es como un flâneur de los bosques, que camina dejándose influir por el entorno. Thoreau, que vivió en el siglo XIX, había leído a los sabios orientales que en esa época estaban de moda entre la intelectualidad estadunidense. Thoreau, Whitman, Emerson, James leían a los sabios orientales y adoptaban su forma de mirar el mundo. En el siglo XX volvió la fiebre oriental, ahora de la mano de los beatniks, de Ginsberg, de Kerouac y sus haikus y sus Vagabundos del Dharma. Y ahora en el siglo XXI ha vuelto otra vez la fiebre con especial furia, y ya no como material para unos cuantos intelectuales, sino convertida en producto mainstream con una multitud de tentáculos, todos masivos, que van de la yoga y el mindfulness hasta los libros de Basho o de Thich Nhat Hanh. Podría trazarse un psicohistoria de Estados Unidos a partir de la evolución del gusto por lo oriental en los últimos dos siglos.

El equivalente del flâneur en los países de habla inglesa es el stroller, ese que haciendo strolling se recorre, sin rumbo, una ciudad completa.

Cuando dos strollers, o dos saunterers o dos flâneurs se encuentran, lo primero que hacen es comparar con el otro el desgaste de las suelas de los zapatos, lo cual nos lleva a establecer que saunterers, strollers y flâneurs tienen un solo par de zapatos con el que caminan a todos lados, y cuando se despiden cada uno sigue su camino, sin más preparación ni calistenia que aquella fórmula que enuncia la bruja en El mago de Oz: “Siempre es mejor comenzar por el principio, todo lo que tienes que hacer es seguir el yellow brick road”.

A ese dejarse afectar por el entorno que suscriben strollers, flâneurs y saunterers, los situacionistas de París, a mediados del siglo XX, conducidos por Guy Debord, lo llamaron psicogeografía: “El estudio de las leyes puntuales y los efectos específicos del ambiente geográfico, conscientemente organizado o no, sobre las emociones y el comportamiento de los individuos”.

Los situacionistas eran unos flâneurs, o unos strollers, de tal calado que para dejarse influir, de manera extrema, por los accidentes de su desplazamiento, caminaban por París consultando en cada esquina el plano de Londres. A partir de aquellas experiencias trazaban sus mapas de la ciudad que organizaban por “unidades de ambiente”, las zonas específicas de cada barrio donde, según su experiencia, podía vivirse con mayor intensidad la psicogeografía.

Debord recomendaba la intervención psicogeográfica del plano de la ciudad: ponía un vaso al azar sobre el papel y con un lápiz trazaba su contorno para formar un círculo; luego iba al sitio de la ciudad que había quedado encerrado en el plano y se dedicaba a caminar por toda el área que estaba dentro del círculo. Estos métodos difieren de la simpleza inapelable de la bruja del mago de Oz, que invitaba a empezar a caminar desde el principio, no desde una “unidad de ambiente” previamente elegida.

Todos los caminantes coinciden en la psicogeografía, pero los métodos situacionistas, aunque tienen su interés, están lejos del flâneur o del stroller, cuyas caminatas se van haciendo en el momento, y son casi un absurdo para el saunterer, que camina siguiendo los inputs que le va proponiendo el bosque, guiado por el rumor de los animales, por las tonalidades de la luz y por ese murmullo que hacen los árboles cuando se aproxima una tormenta.